Los cuernos de la tudanca

Artículo publicado el 7 de enero en la sección La Braña de Eldiario.es Cantabria.

Hubo un tiempo en el que en los prados de Cantabria no había vacas pintas, sino unas vacas rojas con cuya leche se hicieron los primeros sobaos y quesadas pasiegas. Esas vacas, popularmente conocidas como rojinas, aunque oficialmente denominadas vacas pasiegas, se encargaron en el siglo XIX de satisfacer la creciente demanda de leche en todo el Estado español, de hecho, las gentes de los Valles Pasiegos se desplazaron con sus vacas hasta ciudades como Madrid o Bilbao para abastecer de lácteos a estas urbes.

Por desgracia, alguien decidió que aquellas vacas rústicas no eran lo suficientemente productivas y fueron cayendo en el olvido mientras se sustituían por vacas frisonas, originarias de Holanda y Alemania y cuya selección para la producción de leche llevaba ventaja a la pasiega.

Sin embargo, aquellas vacas rojas, cuya ubre no podía competir con la de las pintas, llevaba siglos adaptándose a Cantabria: a sus prados, a su clima, a sus enfermedades, a su gastronomía… Y es una auténtica pena que la única raza completamente adaptada para aprovechar al máximo los recursos naturales de esta zona del planeta, sin necesidad de fármacos, ni de soja transgénica, se encuentre hoy en peligro de extinción. De hecho, cuesta creer que sólo quede ya una granja que críe únicamente vacas pasiegas para la producción de leche.

Es una pena que estemos dejando desaparecer los recursos zoogenéticos cántabros, porque con ellos se pierden también el auténtico queso de nata, los auténticos sobaos y la auténtica quesada. Si tenemos en cuenta que es imposible encontrarlos elaborados con leche de vaca pasiega, que alguien me diga ¿qué queda de la auténtica gastronomía cántabra?

El problema no es sólo el desconocimiento existente sobre la vaca pasiega, sino que, por desgracia, es extensible a la vaca monchina, al caballo del mismo nombre, a la oveja carranzana, y a otras razas de caprino y equino que ni siquiera están reconocidas como tal dentro de Cantabria. Si preguntamos por la calle a una persona cualquiera si conoce alguna raza autóctona nos hablará seguro de la vaca tudanca, a lo que he de hacer una confesión: cada vez que veo un coche con una pegatina de una vaca tudanca, algo me duele dentro de mí.

Quizás sea porque cada vez que lo veo, algo me recuerda que la vaca tudanca, en mejor situación que su hermana la desconocidísima vaca monchina, no sobrevivirá por salir en pegatinas, ni porque hagamos camisetas con ella. No serán los cuernos los que garanticen la supervivencia de la vaca tudanca, sino el consumo de su carne. Pero os puedo asegurar que la gran mayoría de gente que lleva esas pegatinas consume, inconscientemente, carne de ternera y de porcino criada en intensivo, esto es, alimentada con piensos transgénicos, en una nave cerrada del Aragón oriental o de la Cataluña occidental, en muchos casos nacidos en lugares tan lejanos como Irlanda o Rumanía y de razas nada autóctonas, sino industriales, es decir, de razas seleccionadas para engordar y engordar y atiborradas a antibióticos porque no están nada adaptadas a las enfermedades del medio en el que viven.

Creo que ninguna raza está adaptada a criarse en una nave cerrada, con decenas de animales hacinados y consumiendo alimentos poco o nada naturales, venidos del otro lado del Atlántico, por eso tienen que suministrarles fármacos: para que en vez de morir como animales, produzcan como máquinas.

Por eso, si realmente les preocupa el cambio climático, si quieren seguir disfrutando de los verdes prados cántabros, y quieren contribuir a mantener la biodiversidad cultivada y la espontánea, así como que perdure la cultura y la etnografía ligadas a esta tierra, por favor, utilicen lana de oveja carranzana, coman carne de tudancas y monchinas y pidamos que alguien haga auténticos sobaos pasiegos. Las razas autóctonas y el medio en el que viven no se salvarán por las subvenciones, sino porque haya gente que sepa valorar los productos que de ellas provienen.