Cuando las tradiciones curan

Artículo publicado el 21 de enero de 2016 en la sección La Braña de Eldiario.es Cantabria.

A principios de año, Marcos Pereda sugería en este diario, como propósito para este 2016, que fuésemos conservadores, y nos animaba a conservar nuestro patrimonio inmaterial, nuestra cultura, las palabras, los caminos, los árboles… Yo he decidido aceptar su invitación e intentar ser un poco más conservadora, y a la vez que hago los deberes, compartirlos para que más gente pueda sumarse. Así que hoy utilizaré estas líneas para hablar de plantas, de tradiciones y de cómo los saberes ancestrales pueden ser nuestra salvación en un futuro.

Durante siglos, los conocimientos sobre remedios naturales se han ido transmitiendo de generación en generación, teniendo una gran influencia en la medicina moderna, que a lo largo del tiempo ha ido asimilando los saberes del campesinado. Sin embargo, de un tiempo a esta parte estos conocimientos han ido cayendo en el olvido en beneficio de las grandes farmacéuticas, y a pesar de que la ciudadanía cada vez está más concienciada sobre el uso responsable de los fármacos de síntesis, hay muy pocos estudios relacionados con la materia.

Es curiosa, la ignorancia que tenemos sobre los tesoros que nos rodean, y apuesto a que la gran mayoría de la población de Cantabria desconoce que una planta tan conocida por todo el mundo como el helecho, se ha utilizado tradicionalmente en esta tierra como alimentación para el ganado; que los niños y niñas de antes utilizaban el raquis de las frondes o el eje de la hoja para jugar a toros y vacas; que se empleaba como aislante para rellenar jergones, para envolver patatas y evitar que se helaran, o en las techumbres; o que con las frondes de los helechos se fabricaban escobas…

Otra planta que nos resulta familiar y que sin embargo desconocemos es la hiedra, que se empleaba no sólo como planta trepadora para dar más consistencia a los muros, sino que también se hacían coronas con sus hojas para llevar a los difuntos; con su cocimiento se hacía un enjuague que aliviaba el dolor de muelas; y con aceite, saúco, cera y hiedra se hacía una pomada que se aplicaba para aliviar quemaduras, grietas de la piel, sabañones o hemorroides. Además, a las vacas que abortaban se les daba de comer esta planta, a los caballos capados se les lavaba con el cocimiento de las hojas y la saliva producida al masticar sus hojas se aplicaba sobre los ojos de las vacas con nube o cataratas; y, por si fuera poco, la ropa negra se lavaba en el cocimiento de hiedra para quitarle el color pardo.

opinión

Si dos plantas albergan todos estos usos, ¿qué pasaría si inventariásemos toda la sabiduría popular en torno a las plantas que nos rodean? Por eso, resulta interesante consultar libros como ‘Estudios etnobotánicos en Campoo’, de Manuel Pardo de Santayana, o ‘Etnobotánica en Miera: El léxico, los usos de las plantas y la vida tradicional en las montañas de Cantabria’, de Javier Herrera Rovira, e investigar sobre los usos que tradicionalmente se han dado a las plantas que hay a nuestro alrededor.

Y una vez contagiados con el entusiasmo conservador, ir más allá, e incitar a familiares, amigos, o a gente que encontremos en cualquier lugar a que nos hablen de los usos que conocen de las plantas, minerales, etc… Y no limitarnos a recoger únicamente los usos medicinales, porque sería una pena que se nos escapasen otros, como los destinados a la alimentación y la curación del ganado, que hoy en día, con el auge de la ganadería ecológica, cobran más importancia que nunca al suponer una alternativa a los alimentos transgénicos y a los fármacos de síntesis. Igual que sería una pena dejar que se perdieran en el olvido aquellas especies y variedades locales destinadas al consumo, verdaderas delicias que no podemos quedarnos sin descubrir. Por otro lado, recogiendo estos usos, contribuimos a conservar la tradición y la biodiversidad locales.

Así que sumerjámonos en esta sabiduría, transmitámosla, y ayudemos a conservar este tesoro que no es sólo parte de nuestra historia y de nuestra cultura, sino que también puede ser la llave que nos abra las puertas del futuro. Porque cuando hayamos abusado tanto de los antibióticos que ya no tengan efectos, o cuando todas las semillas sean propiedad de multinacionales, las tradiciones pueden ser las que nos libren de las enfermedades y del hambre. Y no, no me llamen hippie, llámenme conservadora.