Una de osos

Portada del libro «El Pirineo Contado» de Enrique Satué

Este texto pertenece al libro «El Pirineo contado», de Enrique Satué y publicado por Prames.

Además de decir que del oso se ha hecho un mito y una leyenda, poco más cabe añadir. Mientras parte de los habitantes estaban con el ganado en Tierra Baja, al amparo de las chimeneas ennegrecidas y resplandecientes, ancianos, mujeres y niños engrandecieron, tergiversaron y transmitieron en cerrado círculo pedagógico tradiciones que, muchas veces, eran de un origen muy remoto.

La historia oral del oso no escapa a estas pautas y si alguien me pidiese un ejemplo, yo le contaría siempre “La caza del oso de Yésero”.

No es extraño que esta leyenda se gestase en esta localidad, que a los pies de la gran osera de Tendeñera, dio buenos cazadores de plantígrados.

La fiera desapareció de sus montes a finales del siglo XIX, y procedente de la siguiente centuria he recogido bastante información sobre encuentros con aquella. Nuestra leyenda la he recogido también cerca de Yésero, en Biescas (parecidas se registran en todo el ámbito troncal indoeuropeo). En esta última localidad se habla de un grupo de cazadores de la villa que llevaban a un magnífico tirador del primer pueblo que, cómo no, encajando etnocentrismo, quedaría ridiculizado por el oso. Allí precisamente ya había “hablado al escuchete” el oso a uno de Casa Usla, pues se la arrancó; y es que las leyendas, cuando se crean, colean por todas partes…

De cualquier manera, la tradición asocia con mayor insistencia la historia a Antón Samper y Ramón de Chacón, viejos amigos unidos por las artes de un rudo oficio (Saturnino Salvador Pardo, nacido en Yésero en 1902).

Vista de Yésero (Foto: Wikipedia)

El Yésero del siglo XIX era una bonita aldea rodeada de picachos, en el interfluvio Gállego-Ara. Desde el pueblo, la Sierra de Tendeñera, con sus bosques y neveros, parecía que en cualquier momento pudiera desplomarse y caer sobre él. La verdad es que causaba respeto, máxime habida cuenta de que desde aquellos hielos bajaba el Barranco del Infierno. Tenía treinta y seis casas, con una preciosa escuela porticada, donde no faltaba el detalle del reloj solar. Su iglesia estaba dedicada a San Saturnino y además tenía dos ermitas: la de la Virgen de las Nieves que, cómo no, miraba a Tendeñera, y la de San Julián. Contaba con muy buenas gentes, como aún sucede hoy. Parcas, prudentes, reservadas; con “corazón de tieda”, como dice un amigo maestro que ejerció y se enamoró en su juventud por esos parajes. De esa cofradía eran nuestros Antón y Ramón, aunque demasiado optimistas y confiados; en eso sí que no eran auténticos montañeses. Una noche de sanmiguelada nuestros amigos se juntaron en la taberna a echar planes. Corrió el buen vino, también la cecina y sobre todo, se habló mucho, demasiado… Más que planear estrategias de caza, lo que se hizo fue despellejar al oso antes de cazarlo. Todo lo consumido quedaría a cuenta de la piel que al día siguiente iban a cazar. Salieron de noche y en dos horas llegaron a las cercanías del Paso de l’Onso. Sin embargo, parece que el animal se anticipó. El resuello, los tragos y el creer que el trabajo ya estaba hecho, impidió que saltase la adrenalina y que se movilizasen los reflejos. Tras dudar, Ramón acertó en encaramarse a un abeto. No lo hizo así Antonio, que pronto estuvo debajo de la tripa del oso. Aguantó, sin respirar, zarandeos y mil perrerías que hizo con él el bicho, hasta que este se quedó convencido de su muerte. Sólo cuando el oso se hubo marchado se atrevió a descender Ramón. Cuando llegó junto al socio se agachó y le dijo: “Ascuita, Antonio, ¿qué t’iciba l’onso al escuchete?”. Antonio aún en el suelo, sacudiéndose la ropa y sujetando los vuelcos del corazón, bien le pudo decir lo de la fábula del oso de Samaniego: “Aparta tu amistad de la persona/ que si te ve en riesgo te abandona”.

Sin embargo, más pragmático, entonces sí haciendo gala a su condición de montañés, cambió aquello por: “Na mocé. Que a piel, antes de cazata en hay que espellejata”. Lo que no venía a decir otra cosa que “no eches cuentas, montañés, que te saldrán al revés”, o, dicho de otro modo, que no vendas la piel del oso antes de cazarla.

Afortunadamente el Pirineo no sólo tiene topónimos, historias, leyendas y mitos del oso ya que todavía sobreviven ocho plantígrados. Justo es, pues, que se compensen los procesos aniquiladores del pasado. El Pirineo dejará de llamarse así si desaparece el oso. Cuando llegue ese día –Dios no lo quiera- la gota habrá colmado el vaso y comenzará la inflexión definitiva de estas montañas: ni habrá leyendas, ni gentes que las sepan, ni animales, como el oso, que las originen. Para entonces, recordar el mensaje decimonónico del indio Sealth a los escolares será ejercicio de puro cinismo:

“(…) Esto sabemos: la tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra. Esto sabemos. Todo va enlazado, como la sangre que une a una familia. Todo va enlazado. Todo lo que ocurra a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra. El hombre no tejió la trama de la vida; él es sólo un hilo. Lo que hace la trama se lo hace a sí mismo. (…)”