La paridera, un espacio vivido

Comparto este texto de Félix Rivas, publicado en El Diario del AltoAragón el 7 de febrero de 1999.

Como lugar de albergue de los rebaños de ovejas, el corral o paridera ha sido el entorno en el que los pastores del Alto Aragón han pasado y continúan pasando muchas de sus horas de trabajo y muchos de sus esfuerzos cotidianos. En la paridera hay que cuidar de las ovejas enfermas o de los corderos recién nacidos, hay que limpiar su interior periódicamente, hay que separar el ganado que sale a pastar del que se queda todo el día bajo techo, hay que repartir el forraje o el pienso, hay que hacer el señal en la oreja de los corderos de poca edad… Y todo esto en la actualidad, ya que antaño la paridera estaba más presente en la vida de los antiguos pastores. En ella, muchos días había que quedarse a dormir a veces por las inclemencias del tiempo otras por la larga distancia hasta el núcleo de población más cercano y otras en la época de parizón cuando había que dormir con un ojo abierto y otro cerrado para estar muy atento de las ovejas que estaban a punto de parir. En verano, además, podían pasar la noche en compañía de algunos labradores que, mientras segaban y trillaban, preferían no desplazarse cada día hasta sus casas. Incluso en algunos momentos históricos de gran peligro, como en la última Guerra Civil, las parideras sirvieron de refugio a las gentes de algunos pueblos.

Se puede considerar, por tanto, a la paridera como un espacio vivido, un entorno plenamente modelado por las experiencias y la memoria del Alto Aragón. Tan vivido y modelado que en él se reflejan algunas de las actividades más profanas, sagradas y mágicas que la cultura tradicional sabía asumir e integrar sin gran dificultad. Unas actividades y unas creencias que hoy nos llenan de asombro, e incluso de incredulidad, pero que han estado presentes hasta hace pocos años en todas las comarcas altoaragonesas.

Pastores chesos haciendo queso en la puerta de una cabaña en el Valle de Guarrinza (Foto: Ricardo Compairé)
Pastores chesos haciendo queso junto a una cabaña en el Valle de Guarrinza en los años 20 del siglo pasado. (Foto: Ricardo Compairé)

Uno de los casos más curiosos se daba en Robres, donde, como todos los rebaños se podían encerrar en cualquier paridera que estuviese libre, se utilizaba este método para reservar una de ellas (coger la vez, diríamos en otro contexto): bastaba con colocar un saco colgado de la puerta de entrada y si otro pastor llegaba más tarde, ya sabía que esa noche iba a estar ocupada. En Serrablo, los pastores se servían del humo que salía de la chimenea de la caseta para predecir el tiempo: si subía en vertical quería decir que iba a llover muy pronto y, al igual que todos sus componentes, la noche de Todos los Santos se recogía antes de lo normal en el corral, lo mismo que las personas lo hacían en sus viviendas. Una serie de prácticas persiguen el objetivo común de proteger a la paridera de posibles enemigos. Algunas son bien expeditivas como ocurre en un corral de Valcarca, cerca de Binaced, donde, para evitar que los palomos se coman el grano que se da a los corderos, cuelgan varios palomos muertos en los frentes de los cubiertos. Otras conservan un fuerte contenido mágico. Una de ellas es la que consiste en enterrar la cabeza de una oveja modorra (en el Biello Aragón esta oveja tenía que ser además negra) que ha muerto de esa enfermedad en la entrada del corral para proteger a las demás. Para el mismo fin se solía colgar dentro del cubierto una piedra foradada, con un agujero creado de forma natural. Esta piedra, en algunos lugares como Fonz, tenía un valor y se transmitía de pastor a pastor, de tal manera que sólo podía ser utilizada por aquella persona a la que pertenecía. En esa población del Cinca Medio se colgaba cerca de la puerta y su utilidad era la de proteger contra los rayos.

Aunque si un mal o una enfermedad producía la muerte a muchos animales, podía pensarse que era una bruja la responsable, y en ese caso habría que recurrir a un esconchuro, por lo menos…