La Europa que juega con la comida

Artículo publicado originalmente en Arainfo el día 11 de octubre de 2015.

Cuando vivía en Cochabamba (Bolivia), una vez fui con unos amigos a un supermercado en la zona norte de la ciudad. Era un supermercado dirigido a la clase alta, al estilo de los hipermercados europeos. Paseándome por los pasillos, me detuve durante un rato largo en el de los dulces. Había nutella, tabletas de chocolate… y otras delicias que hacía tiempo que no veía. La que más me llamó la atención, fue la leche condensada, y no porque echara de menos su sabor, sino porque era increíblemente barata. Lo más curioso es que era holandesa. ¿Cómo podía costar 1€ una lata de leche condensada importada de los Países Bajos? Reconozco que me dio un escalofrío y por mi mente se derramaron los litros y litros de leche que Nestlè, y otras multinacionales, vendieron en forma de leche en polvo a países latinoamericanos y africanos tras el accidente nuclear de Chernobyl por estar prohibido el consumo de este producto contaminado en Europa.

Sin embargo, la leche condensada que yo tuve entre mis manos no estaba prohibida en Europa, simplemente, estaba altamente subvencionada por la Unión Europea gracias a la Política Agraria Común (PAC) y por eso tenía un precio de venta tan bajo. Pero para entender esto, primero, tenemos que conocer un poco más sobre la más famosa de todas las políticas europeas. Resulta que la PAC nació en el seno de una Europa de postguerra en la que la producción agropecuaria se había visto disminuida y el abastecimiento de alimentos estaba en peligro, en unos años de grandes migraciones del campo a la ciudad. Con este panorama, no hubo más remedio que desarrollar medidas que favoreciesen la producción agrícola, garantizando un suministro estable a los consumidores, para lo cual, había también que asegurar unos precios elevados a los agricultores. Las medidas fueron tan eficaces, que la UE no sólo alcanzó su autosuficiencia alimentaria, sino que, en los años 80, el problema pasó a ser la sobreproducción y la solución terminó siendo exportar el exceso de productos de origen agroganadero a terceros países.

En este punto es donde se cruza la historia de la PAC con la de mi leche condensada, y donde comienzan los problemas y una historia muy turbulenta. Resulta que a la UE no le gusta tirar la comida, pero también da la casualidad de que los países en vías de desarrollo producen alimentos mucho más baratos que los europeos, así que si Europa no quiere tirar cantidades ingentes de comida tiene dos opciones: producir menos o venderlas a un precio muy inferior al de producción a terceros países, y Europa opta por la segunda. Esta decisión provoca en los países receptores una disminución de la producción local (porque los agricultores no pueden competir con los precios tirados de los productos subvencionados europeos) y, a su vez, grandes desplazamientos de campesinos hacia las ciudades.

Para garantizar la producción local, algunos países optaron por proteger a sus agricultores poniendo aranceles a la importación de productos europeos, pero Europa respondió amenazando a aquellos países que tratasen de impedir las importaciones europeas con perder los préstamos y las ayudas en materia de cooperación que les da la Unión Europa, obligándoles de esta manera a comprar comida europea y perdiendo su autosuficiencia.

Puede resultar curioso que, a pesar de la sobreproducción, la UE siga subvencionando los productos agrícolas para competir con países donde los costes son más bajos, y, sin embargo, no proteja de la misma manera a otros sectores que desplazan sus industrias a terceros países para abaratar los costes de producción. Lo que pasa es que el sector primario es primario por algo, quiero decir, que llegado un momento de escasez o de guerra, en el que los países cerraran fronteras, podríamos sobrevivir sin un montón de cosas, pero no podríamos sobrevivir sin comida. Dice la frase popular “piensa mal y acertarás” y, si pensamos mal, resulta que la UE está consiguiendo que muchos países sean dependientes de ella en materia agroalimentaria. Resulta que los efectos de que un país cierre fronteras a la venta de productos europeos (como pasó el año pasado con el veto ruso) implica para la UE tener una gran cantidad de producto por el que ha pagado grandes cantidades para producirlo y que al que no pueda dar salida. Sin embargo, al revés, las consecuencias son mucho más nefastas. Si la UE cerrase de pronto la venta de productos agrícolas a un país al que ha obligado a ser dependiente de ella, se vería afectado por el hambre, dado que la mayoría de sus productores han abandonado las labores agrícolas y tendrían que empezar de cero en la producción, lo que llevaría un tiempo hasta la autosuficiencia y no podrían garantizar el abastecimiento de alimentos a toda su población.

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Dos mujeres ordeñan una vaca en una granja boliviana.

En Bolivia, el sector lácteo local intenta asomar la cabeza en un país en el que no hay tradición de consumir este producto y donde Perú y Europa intentan imponerse. Para rebelarme contra la leche condensada europea, decidí pasarme al mate de coca, de producción y tradición local y apoyar a los ganaderos y agricultores bolivianos que luchan por vivir de su tierra. Pero hay países en situaciones mucho peores que Bolivia, donde sus labradores se han cansado de luchar, y han abandonado la azada por el humo de grandes ciudades. Países condenados a depender de Europa, hasta que en Europa digamos basta.

De todos los movimientos especulativos que se mueven a nuestro alrededor, probablemente el más cruel sea el de la alimentación. No sabemos nada de los alimentos que consumimos, y no sabemos nada de los alimentos que subvencionamos, porque la PAC, que supone un 40% del presupuesto de la UE, la pagamos todos.