Programa radiofónico especial de Mallata

Mallata participó el pasado sábado 8 de noviembre en la V edición de la emisión especial de Radio Topo en lenguas minoritarias de Aragón, D’estrela a estrela, con este programa realizado a propósito para la ocasión.

El programa, que dura 40 minutos, fue posible gracias a la colaboración del etnógrafo Félix A. Rivas, y trata sobre la influencia del pastoralismo en la cultura popular aragonesa.

¡Esperamos que os guste!

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Mallata en el D’estrela a estrela V

Este fin de semana, 7 y 8 de noviembre, Mallata participará en la emisión especial en aragonés y catalán que organiza Radio Topo y que ya va por su quinta edición. D’estrela a estrela busca ser un espacio desde el cual acercar las lenguas minoritarias de Aragón a la sociedad, demostrando que se puede hacer radio en cualquier idioma. Esta emisión nació en 2011 como conmemoración de la firma de la Carta Europea de las Lenguas Minoritarias.

El programa especial que emitirá Mallata se podrá escuchar el sábado 7 a las 14 horas y contará con la presencia de la etnógrafo Félix Rivas, quién nos acercará al mundo pastoril y a su importancia en la cultura aragonesa.

La emisión completa de esta quinta edición del D’estrela a estrela podrá oirse en directo a través del streaming de Radio Topo, y en el 101.8 de la FM zaragozana. La semana que viene lo compartiremos en este blog para quienes no puedan escucharlo en directo. Además, podrá seguirse en las redes sociales con el hashtag #estrela5.

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Lobos y pastores

Este texto de Félix Rivas fue publicado el 27 de diciembre de 1998 en “El Diario del AltoAragón”.

Aunque hace décadas que fue abatido el último de los lobos del Alto Aragón, cualquier pastor que oiga hablar de este mítico animal recordará los miedos y temores que despertaba hasta hace pocos años entre los habitantes del medio rural.

Es bien sabido de todos que, antaño, los grandes rebaños de ovejas del Pirineo iban siempre acompañados de varios mastines, protegidos por gruesos collares de clavos, y cuya única función era plantar cara a los lobos.

En la Sierra de Guara me contaron que a comienzos de siglo eran frecuentes los ataques al ganado. Al parecer, aprovecharon el atardecer para salir por los caminos y, con sus aullidos, se juntaban para formar un pequeño grupo. Si su objetivo era un rebaño de ovejas podía ocurrir como en un corral del pueblo, ahora deshabitado de San Pelegrín, en el que entró la lobada y acabó con todo el ganado. Pero el temor era mucho mayor si el amenazado era algún caminante solitario, como aquél que se dirigía hacia Eripol y en los pinares de Asque tuvo que subirse a un árbol y esperar con paciencia. Este temor era seguramente el origen de la creencia según la cual, si al ir andando se te desataban las alpargatas de miñón, quería decir que los lobos te estaban persiguiendo y lo mejor era buscar un árbol bien alto para refugiarse entre sus ramas.

Hoy, sin embargo, aunque los lobos del norte de la meseta castellana no lleguen, por ahora, hasta nuestras tierras, su leyenda sigue viva entre los pastores altoaragoneses. Ya no se ven lobos, pero otras fieras similares continúan recorriendo nuestros montes como aquélla que, hace unos pocos años causaba estragos entre los rebaños de las sierras que se encuentran a caballo entre el Viello Aragón y las Altas Cinco Villas. Tal como me lo describieron, tenía la cabeza más alargada que la de un lobo, pero parecía una “mezcla rara, ni perro ni lobo, como si lo hubieran traído de fuera”.

Pero dejando a un lado las fieras no identificables, el peligro para los ganaderos de hoy no son ya los lobos sino sus parientes lejandos los perros asilvestrados que forman bandadas después de ser abandonados por sus dueños. En cualquier parte se pueden oír historias de ataques al ganado. Un pastor me contaba el caso de una paridera en Santalecina en la que entró una manada de estos perros y acabaron con más de doscientas ovejas. Incluso muy cerca de la Pardina de Ayés, junto a Rapún, pude acompañar a dos pastores del pueblo de Ara mientras perseguían a tres perros que esa misma noche habían matado y herido a varias ovejas de su rebaño.

En la construcción de muchos de los antiguos corrales se tenía en cuenta la presencia de los lobos y, en la parte superior de sus muros, se colocaban ramas y grandes piedras o zaborras, para impedir la entrada de alimañas a su interior. Hoy en día, sin embargo, el problema de los perros asilvestrados puede volverse especialmente grave con la difusión de un moderno tipo de aprisco denominado pastor eléctrico (aunque en Ribagorza le llaman chulet, igual que a aquel zagal que servía de aprendiz en los antiguos grupos pastoriles y que en el resto del Alto Aragón era conocido como repatán o rabadán) y que consiste en un vallado de media altura formado por una red entre la que discurren unos finos cables conectados a una simple batería de coche.

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La paridera, un espacio vivido

Comparto este texto de Félix Rivas, publicado en El Diario del AltoAragón el 7 de febrero de 1999.

Como lugar de albergue de los rebaños de ovejas, el corral o paridera ha sido el entorno en el que los pastores del Alto Aragón han pasado y continúan pasando muchas de sus horas de trabajo y muchos de sus esfuerzos cotidianos. En la paridera hay que cuidar de las ovejas enfermas o de los corderos recién nacidos, hay que limpiar su interior periódicamente, hay que separar el ganado que sale a pastar del que se queda todo el día bajo techo, hay que repartir el forraje o el pienso, hay que hacer el señal en la oreja de los corderos de poca edad… Y todo esto en la actualidad, ya que antaño la paridera estaba más presente en la vida de los antiguos pastores. En ella, muchos días había que quedarse a dormir a veces por las inclemencias del tiempo otras por la larga distancia hasta el núcleo de población más cercano y otras en la época de parizón cuando había que dormir con un ojo abierto y otro cerrado para estar muy atento de las ovejas que estaban a punto de parir. En verano, además, podían pasar la noche en compañía de algunos labradores que, mientras segaban y trillaban, preferían no desplazarse cada día hasta sus casas. Incluso en algunos momentos históricos de gran peligro, como en la última Guerra Civil, las parideras sirvieron de refugio a las gentes de algunos pueblos.

Se puede considerar, por tanto, a la paridera como un espacio vivido, un entorno plenamente modelado por las experiencias y la memoria del Alto Aragón. Tan vivido y modelado que en él se reflejan algunas de las actividades más profanas, sagradas y mágicas que la cultura tradicional sabía asumir e integrar sin gran dificultad. Unas actividades y unas creencias que hoy nos llenan de asombro, e incluso de incredulidad, pero que han estado presentes hasta hace pocos años en todas las comarcas altoaragonesas.

[cml_media_alt id='531']Pastores chesos haciendo queso en la puerta de una cabaña en el Valle de Guarrinza (Foto: Ricardo Compairé)[/cml_media_alt]

Pastores chesos haciendo queso junto a una cabaña en el Valle de Guarrinza en los años 20 del siglo pasado. (Foto: Ricardo Compairé)

Uno de los casos más curiosos se daba en Robres, donde, como todos los rebaños se podían encerrar en cualquier paridera que estuviese libre, se utilizaba este método para reservar una de ellas (coger la vez, diríamos en otro contexto): bastaba con colocar un saco colgado de la puerta de entrada y si otro pastor llegaba más tarde, ya sabía que esa noche iba a estar ocupada. En Serrablo, los pastores se servían del humo que salía de la chimenea de la caseta para predecir el tiempo: si subía en vertical quería decir que iba a llover muy pronto y, al igual que todos sus componentes, la noche de Todos los Santos se recogía antes de lo normal en el corral, lo mismo que las personas lo hacían en sus viviendas. Una serie de prácticas persiguen el objetivo común de proteger a la paridera de posibles enemigos. Algunas son bien expeditivas como ocurre en un corral de Valcarca, cerca de Binaced, donde, para evitar que los palomos se coman el grano que se da a los corderos, cuelgan varios palomos muertos en los frentes de los cubiertos. Otras conservan un fuerte contenido mágico. Una de ellas es la que consiste en enterrar la cabeza de una oveja modorra (en el Biello Aragón esta oveja tenía que ser además negra) que ha muerto de esa enfermedad en la entrada del corral para proteger a las demás. Para el mismo fin se solía colgar dentro del cubierto una piedra foradada, con un agujero creado de forma natural. Esta piedra, en algunos lugares como Fonz, tenía un valor y se transmitía de pastor a pastor, de tal manera que sólo podía ser utilizada por aquella persona a la que pertenecía. En esa población del Cinca Medio se colgaba cerca de la puerta y su utilidad era la de proteger contra los rayos.

Aunque si un mal o una enfermedad producía la muerte a muchos animales, podía pensarse que era una bruja la responsable, y en ese caso habría que recurrir a un esconchuro, por lo menos…

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