Las vacas que pararon el cambio de hora

Septiembre ha llegado para muchos a deshora, y con el molesto sonido del despertador como banda sonora. Quizás sea por eso que la Unión Europea haya aprovechado estos días para sacar del cajón el recurrente debate sobre la desaparición del cambio de hora y haya dado a conocer los resultados de una encuesta llevada a cabo durante este verano por el ejecutivo comunitario, en la que el 84% de las personas consultadas se mostraba a favor de no seguir cambiando la hora cada otoño y cada primavera.

Aunque actualmente todos los países europeos cambian puntualmente de hora para aprovechar mejor la luz solar, no siempre fue así, y durante un tiempo Suiza no cambiaba de horario para el verano. ¿La razón? ¡Sus vacas! Resulta que las ganaderías suizas argumentaron que el cambio de horario alteraba enormemente los hábitos de sus animales, viéndose disminuidas la cantidad y la calidad de la leche de sus vacas.

Sin embargo, en 1981 el Consejo Federal Suizo impuso el horario de verano para alinearse con el resto de países europeos, a pesar de las quejas de los ganaderos. Si finalmente se aprueba un único horario para todo el año en la Unión Europea, es muy probable que los suizos vuelvan a seguir los pasos de sus vecinos. Entonces sabremos si las ganaderías suizas tenían razón y las vacas dan más leche al no cambiar la hora. 😉

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Terra Madre

Este texto será locutado el próximo domingo 2 de octubre en El Bosque Habitado de Radio 3, en el que la Red Jóven Ibérica de Slow Food contará su paso por Terra Madre, un encuentro con personas productoras, transformadoras, cocineras y consumidoras de todo el mundo organizado por Slow Food, movimiento internacional del que también se hablará en el programa.

Slow Food es una flor que acaba de brotar para anunciar la llegada de la primavera. Una flor nacida de una semilla que depositó una oveja en el desierto de Gobi, y que una mujer nómada, con manos repletas de vivencias, trasladó esta pasada semana hasta Turín, para que fuese mimada por unas manos finas que esbriznan cada otoño el azafrán a orillas del Jiloca, y para que nosotros pudiésemos leer en sus pétalos historias de indígenas que luchan por que nadie les robe su mayor tesoro: sus semillas. Historias, que recuerdan a cuentos, de gentes que suben cada verano a los pastos alpinos acompañando a unas cabras cuyos genes no esconden la patente de ningún laboratorio, sino que guardan en ellos la adaptación durante siglos al ecosistema que las vió nacer, para que podamos seguir disfrutando del queso que antaño se forjaba en las manos del abuelo de Heidi.
Relatos de indios americanos que luchan con sus árboles y sus huertos contra unas multinacionales que escupen a la tierra, provocando cáncer en niñas que sólo pedían descubrir la vida…
…Historias que son realidades en peligro de extinción, y que llaman a los jóvenes del mundo a unirse y luchar por conservar lo que más une: el alimento.
Es cierto que luchamos contra gigantes, pero nosotras somos millones.

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