¡Es la leche!

El 1 de junio es el día elegido por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) para celebrar cada año el Día Mundial de la Leche. Para celebrar este importante día y recordar no solo los beneficios de este alimento para nuestra salud y nuestro medio rural, sino también los problemas y las dificultades a las que se enfrentan las pequeñas ganaderías y queserías, este artículo trae un pequeño resumen sobre las cualidades de la leche y la situación actual de la producción, así como un recopilatorio de todos los artículos relacionados con la producción láctea publicados en este blog 🙂

La leche: el alimento más completo

La leche es el alimento más completo que existe, posee los tres principios inmediatos que son las proteínas, los lípidos y los glúcidos y también tiene un alto contenido en vitaminas A y D y en minerales como el calcio.

La leche de pasto: la mejor

Hay que destacar, que no es igual la leche procedente de ganaderías intensivas, que no salen al campo y se alimentan en gran medida a base de piensos transgénicos procedentes de la deforestación de la Amazonía, que la de ganaderías extensivas, donde la alimentación es principalmente a base de piensos y forrajes propios, ya que la leche de vacas alimentadas a pasto tiene un mayor contenido de ácido linoleico conjugado, un ácido graso esencial para la salud, como demuestra este estudio realizado por el Centro de Investigaciones Agrarias de Mabegondo (CIAM, La Coruña).

La industria: la gran enemiga de la producción

Sin embargo, a pesar de los enormes beneficios de la leche producida en sistemas extensivos, muy ligada a pequeñas granjas familiares, la industria láctea está acabando con este sistema de producción, tirando los precios de la leche y apostando por macroindustrias, como puedes leer en este artículo. Por otro lado, consumir productos lácteos procedentes de ganaderías familiares, ayuda a fijar población en el medio rural.

Artículos lácteos en Mallata.com

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Hablemos de la leche cruda

S.O.S. del sector lácteo

Mala leche

Oportunidades, ventajas y retos de la producción de leche ecológica

¿Por qué en España no pasa?

300.000 litros de leche al día a la basura. ¿Quieres saber por qué?

El secreto está en el queso

Los cuernos de la tudanca

¿Desmontamos un McDonalds?

Apoyar la producción artesanal es apoyar la biodiversidad

El 80% de las ganaderías lácteas con problemas se queda sin ayudas

En los territorios ocupados por la vaca frisona

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El secreto está en el queso

Artículo publicado el 4 de febrero en la sección La Braña de Eldiario.es Cantabria.

Acabo de abrir el Facebook y lo primero con lo que me encuentro es un post en el que aparece la fotografía de una carta enviada por una industria que fabrica queso para una conocida cadena de pizzerías. En la carta, la empresa láctea anuncia a sus proveedores que para el nuevo periodo (que comienza el 1 de abril de este año y finaliza el 31 de marzo de 2017), pagarán la leche a “un precio base de 0.25 €/litro”, y además, añaden, “el compromiso de volumen será el mismo que el contratado en la campaña 2015/2016”.

La carta continúa, y la empresa justifica la bajada del precio de compra alegando que el queso que producen “es fabricado también por otros competidores en el norte de Europa, donde los precios de la leche son mucho más bajos que en España, por tanto nos vemos forzados a actualizar nuestros precios de compra para poder ser más competitivos siempre intentando dar prioridad a nuestros proveedores de confianza”.

La verdad es que lo leo y no doy crédito. Si la empresa quisiera dar prioridad a sus “proveedores de confianza”, digo yo que intentaría elaborar un producto diferenciado, local, distinto de lo que pueda producir otra industria en Suecia, y de calidad, de forma que en vez de venderse en una empresa de pizzas que paga poco y mal a sus empleados, y que paga poco y mal por ese queso; se pudiese servir en restaurantes que ofrecen “quesos del país”.

Pero no. El hecho de que “fabriquen” quesos en vez de producirlos ya da idea de que su producto es 100% artificial, tan artificiales como pueden parecer las ganaderías que les suministran, porque si se estima que producir un litro de leche cuesta entre 34 y 38 céntimos, ¿cómo puede ser que les estén pagando solo 25? Pues es posible gracias a que el pasado año el Ministerio aprobó un paquete de ayudas de 20 millones de euros destinadas a aquellas ganaderías que reciben menos de 0,285 € por cada litro. Es decir, que en vez de obligar a industria y distribución a garantizar el pago de los costes de producción, desde el Ministerio de Tejerina lo que primó fue que la industria pague el precio que estime, y entre todos ponemos lo que falte.

El problema, en realidad, no es quien paga el queso, el problema es mucho más complejo, porque la bajada de precios no es mas que una excusa para dejar de comprar la leche a las pequeñas ganaderías tradicionales, que más allá de producir leche, fijan población al territorio y conservan el ecosistema. ¿Qué pasaría si de repente el sector decidiese dejar de comprar leche a todas las granjas familiares de la cornisa cantábrica? ¿De qué vivirían esos pueblos? Pues eso es lo que está pasando: desde la desaparición de las cuotas lácteas, la distribución prefiere comprar el producto a explotaciones industriales de gran tamaño situadas en el sur peninsular, donde no hay pasto pero sí los cereales con los que se fabrican los piensos de los que se alimentan esas vacas; y donde, además, concentran toda la producción en pocas macrogranjas bien situadas y no tienen que ir casa por casa para recoger pequeñas cantidades. Mucho más cómodo para la distribución, pero un serio problema para el medio rural.

Sigo bajando por el muro de Facebook y me encuentro otra noticia: El sector lácteo anuncia el inicio de un ‘duro boicot’ a Lactalis. Mejor no sigo leyendo, no vaya a ser que me entere de cosas que no debo y cuando vaya a encargar unas familiares me arrepienta al recordar que el secreto no está en la masa, el secreto está en el queso.

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S.O.S. del sector lácteo

Artículo publicado en la Revista Soberanía Alimentaria nº23 (invierno 2015). En este enlace se puede encontrar el artículo en castellano, aragonés, asturianu, galego, catalá y euskera.

En las últimas tres décadas, el sector lácteo ha experimentado un intenso proceso de ajuste y transformación como respuesta a las políticas de la Unión Europea, primero con la llegada de las cuotas y ahora con su eliminación. El resultado ha sido la desaparición de multitud de ganaderías familiares, un incremento del tamaño e intensificación de las vaquerías y la adopción de nuevas fórmulas societarias. ¿Cómo podemos abordar esta situación desde la soberanía alimentaria? Nos sumergimos en este tema para empezar el debate entendiéndolo en toda su complejidad.

LAS CUOTAS LÁCTEAS Y EL MERCADO INTERNACIONAL

Hasta el pasado 1 de abril, la Unión Europea establecía un límite máximo de litros de leche de vaca que cada Estado miembro podía producir. El sistema de cuotas comenzó el 1 de enero de 1986, aunque su implantación en España se llevó a cabo unos años más tarde, y supuso la desaparición de miles de vaquerías, dado que, aunque el consumo en España rondaba los 9 millones de toneladas, tenía asignado un volumen de producción de solo 4,5 millones de toneladas, por lo que, podríamos decir que se «obligó» a España a importar la mitad de los lácteos que consumía. El sistema de cuotas llevó a que las ganaderías que querían crecer compraran o alquilaran cuota de otras ganaderías.

[cml_media_alt id='1130']ordeño-intensivo[/cml_media_alt]La justificación para eliminar las cuotas por parte de la UE ha sido la previsión de que la demanda de lácteos a nivel mundial se incrementaría a un ritmo del 2 %, y las cuotas se convertirían en un obstáculo para el crecimiento de las producciones en Europa. Sin embargo, estas expectativas se han visto truncadas al empezar a producir China su propia leche, lo que hace difícil predecir sus futuras importaciones, y con la decisión de Rusia de dejar de consumir leche europea con motivo del conflicto con Ucrania. Esta situación ha supuesto una bajada de precios en origen no solo en Europa, sino también en otras zonas productoras como EE. UU., Nueva Zelanda o América Latina, que ha conllevado una bajada del precio del producto final para el consumidor en buena parte del mundo. En el Estado español esta caída del precio final ha sido mínima en comparación con la bajada de precios en origen, ya que el precio en los establecimientos de venta acumula una caída anual del 4,6 %, mientras que en origen el descenso es del 16,9 %.

Otro elemento central para entender la situación del sector en nuestro territorio es la distribución de las ganancias. Mientras que en países como Canadá la producción se queda con un 54 % del margen de beneficio, aquí las ganancias se las reparte la distribución (que percibe entre un 60 % y un 90 %) y la industria. De forma que, finalmente, quien ha producido la leche no obtiene ninguna parte de dicho margen, es más, a menudo no se cubren ni los costes de producción.

La diferencia fundamental entre un modelo y otro radica en la forma de tomar las decisiones en cada Estado. En el caso de Canadá, hay dos instrumentos esenciales. La Comisión de Productos Lácteos del Canadá, es una estructura central cuyo objetivo es «ofrecer a los productores eficientes de leche y nata la posibilidad de obtener una remuneración equitativa por su trabajo y sus inversiones y garantizar a los consumidores de productos lácteos una oferta ininterrumpida, suficiente y de calidad». Para ello, existe en cada provincia una Junta de Negociación de venta de leche compuesta por las ganaderías y el gobierno, cuya competencia es «la apertura y administración de los contingentes, la mancomunación de los ingresos obtenidos, la fijación de precios y el mantenimiento de los registros de productores».

Estas Juntas, donde la industria y la distribución tienen voz pero no voto, se aseguran de cubrir los costes de producción, por lo que no son necesarias las ayudas económicas. Por otro lado, se procura que la leche sea consumida en la provincia de origen, por lo que es más fácil que la producción se adapte a la demanda y no haya que buscar salida a un exceso de leche. También es importante señalar que así se impulsa la economía de la región y que al distribuirse en circuitos cortos de comercialización no solo disminuyen los gastos por transporte, sino que también puede ofrecerse leche pasteurizada, de mayor calidad que la UHT, que es la más consumida en el Estado español.

Mientras en Canadá se aborda la regulación láctea con instrumentos estructurales, descentralizados y con la participación central del sector productivo, en el Estado español seguimos funcionando a base de acuerdos puntuales según cada situación. El pasado 23 de septiembre se firmó en el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente un acuerdo lácteo que no fue apoyado por las dos organizaciones agrarias mayoritarias, COAG y UPA, que representan al 70 % de las ganaderías, pero sí por la industria y la distribución. Este acuerdo no incluye un precio mínimo sobre la leche que garantice cubrir los costes de producción, estimados entre 34 y 38 céntimos por litro de leche (de hecho, el pasado mes de octubre, el precio medio estatal del litro de leche era de 0,309 €, por lo que no se alcanzan los costes de producción). Fruto de ese acuerdo lácteo se presenta un paquete de ayudas de 20 millones de euros, publicadas el 28 de septiembre en el BOE, destinadas a aquellas ganaderías que reciban menos de 0,285 € por cada litro. Teniendo en cuenta que son la industria y la distribución quienes fijan los precios, en realidad la ayuda es para estas, que compran a precios por debajo de coste, y no para las ganaderías.

LA INDUSTRIA Y LA DISTRIBUCIÓN VERSUS EL MUNDO RURAL

Así que nos encontramos que, en los últimos 30 años, el sector lácteo español ha cambiado radicalmente, pasando de tener capacidad para producir toda la leche que consumía a tener que importar la mitad de los lácteos, desapareciendo de esta forma multitud de vaquerías familiares. Además, paradójicamente, la decisión actual de eliminar las cuotas para que no haya límites de producción supone un nuevo impulso a las granjas intensivas, que mayoritariamente buscan instalarse en zonas cerealistas para tener mejor acceso a los piensos con los que alimentan a sus animales.

Si la industria, por su parte, buscando la maximización de los beneficios, tiende a centralizar aún más sus compras en estas zonas de concentración de grandes vaquerías, ¿para qué van a recogerla en pequeñas ganaderías de las zonas tradicionalmente productoras?

Por otro lado, la actividad ganadera tradicional ha estado siempre diversificada —se combinaba la producción lechera con la huerta familiar y otras actividades— mientras que en los últimos años muchas vaquerías se han tecnificado, aumentando e intensificando la producción a costa de elevadas inversiones en instalaciones, maquinaria y cuota. El resultado es una especialización productiva, convirtiéndose la producción lechera en su única fuente de ingresos. Entonces, ahora que solo viven de las vacas, ¿qué pueden hacer si ya no es viable?

[cml_media_alt id='1131']santona-2[/cml_media_alt]El hecho de que se esté favoreciendo una ganadería no ligada a la tierra y se esté acabando con un modelo tradicional a base de pasto, implica no solo dejar de producir leche a menor coste, sino también de mayor calidad, pues la leche de vacas alimentadas con pastos y forrajes tiene mayor contenido de ácidos grasos insaturados, que son más beneficiosos para la salud, y más antioxidantes. Es decir, es una leche mucho más saludable, característica que demanda el mercado, y más sostenible desde el punto de vista económico, social y medioambiental. Esto es especialmente importante si tenemos en cuenta que desde el año 2000 el consumo de leche líquida en España ha disminuido un 30 %, principalmente en beneficio de las leches vegetales, que son presentadas y percibidas como más sanas.

Por otro lado, la flora y la calidad del pasto varían según la época del año, lo que da la posibilidad de ofrecer una alta variedad de productos transformados, principalmente queso, de una gran calidad tanto organoléptica como nutricional. En la medida que gana terreno la ganadería intensiva, los pastos, las praderas, y el paisaje tal y como lo conocemos, irá desapareciendo, perdiéndose con él la flora y la fauna locales y dejando de ser un atractivo turístico.

Uno de los compromisos recogidos en el acuerdo lácteo es la «promoción del consumo de lácteos españoles». Parece una definición confusa e insuficiente pues, como hemos visto, lo que tendremos en el mercado es más leche producida de forma intensiva a base de pienso en buena parte compuesto de soja transgénica, de origen nada español. Si realmente se quiere incentivar el consumo y la economía local, ¿no se debería apostar por aquellas vaquerías familiares que no solo producen leche de mayor calidad, sino que también cuidan el paisaje y fijan población en el olvidado medio rural? ¿No debería primarse que la industria pague un precio que cubra los costes de producción, dignificando esta actividad, frente a dar ayudas por el bajo precio que industria y distribución imponen? ¿No será que lo que quieren promover son las ventas y los ingresos de la última parte de la cadena engañando a la población consumidora? ¿Por qué no pensamos en políticas parecidas a las de Canadá donde la parte productora está en el centro de las decisiones?

Por si todo esto fuera poco, la aprobación del Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión entre los EE. UU. y la Unión Europea (TTIP), serán las grandes granjas de Oregón, con más de 60 000 vacas alimentadas con piensos transgénicos y estimuladas con hormonas de crecimiento, las que ganarían el pulso a nuestra producción.

Analizar cómo se está abordando el sector lácteo en Europa es un anticipo de cómo se irán abordando el resto de sectores agrarios. La tendencia es globalizar cada vez más el mercado de leche, impulsando una ganadería con cada vez menos bienestar animal, basada en materias primas kilométricas y con mano de obra barata, en vez de apostar por una producción local, sostenible y que fije población en las zonas rurales.

PASADO, PRESENTE Y… ¿FUTURO?

La ganadería tradicional es una de las actividades que más población fija en el medio rural, pero tal y como está el panorama, ¿quién va a querer incorporarse? Si tenemos en cuenta la falta de servicios, el aislamiento al que se somete al mundo rural y las dificultades para iniciar actividad en el sector primario, es normal que a día de hoy solo el 5 % de las personas activas en la agricultura y la ganadería tenga menos de 35 años, y que un 33 % sea mayor de 65. Solo un 3,5 % de quienes perciben la PAC tienen menos de 35 años.

El futuro de la ganadería pasa por seguir aprovechando los recursos del entorno para conseguir no sólo productos de la máxima calidad, sino también la conservación de un paisaje ancestral que lleva siglos viviendo en armonía gracias a la ganadería extensiva. La clave es integrar un buen modelo productivo a pequeña escala, diversificado e incorporar la transformación artesanal con la venta en circuitos cortos. A pesar de que las administraciones anteponen otros intereses a la sostenibilidad ecológica y económica de nuestro medio rural, lo cierto es que la ciudadanía cada vez está más concienciada con una serie de valores relacionados con el bienestar animal, el medio ambiente y la calidad de los alimentos que consume.

Hay que ser consciente de que si hemos llegado hasta aquí, es en buena medida por la fuerza de la gran industria y su influencia sobre nuestras administraciones. ¿Cómo contrarrestamos este poder? Las movilizaciones que estos meses se han ido convocando por toda Europa demuestran que una articulación del sector productivo es fundamental, sí, pero también lo es el acercamiento de este a la ciudadanía para ganar su complicidad. Sin duda, es una tema que nos afecta independientemente de estar en el campo o en la ciudad.

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¿Desmontamos un McDonald’s?

Artículo publicado el 12 de noviembre de 2015 en El diario.es Cantabria.

El otro día estaba dando una clase a ganaderos cuando uno de ellos estalló. Al principio no entendí a qué venían sus declaraciones, cuando no era ni el momento, ni el lugar, ni tenía nada que ver lo que dijo con lo que estábamos tratando. Luego comprendí que todo tiene que ver. El chico en cuestión empezó a vomitar su rabia en clase, ante el asombro de sus compañeros y el mío, y a decir verdades llenas de dolor, como duelen las cosas que nos parecen injustas y ante las que, aparentemente, no podemos hacer nada. Estaba molesto con el nuevo sistema de saneamiento ganadero en Cantabria, con que le matasen a vacas bajo la sospecha de tener tuberculosis y que luego diesen negativo, teniendo que contentarse con una indemnización, como si todo pudiese pagarse con dinero. Le dolía su oficio, ya que pasa más tiempo entre líos burocráticos que con las vacas, el olvido, las dificultades, la impotencia…

[cml_media_alt id='1001']Cartel-publicitario-Baviera-leche-fuerta_EDIIMA20151111_0581_5[/cml_media_alt]El caso es que yo lo oía hablar y no podía evitar acordarme de mi época de estudiante Erasmus, cuando iba por granjas cercanas a Múnich y veía unos carteles en las cuadras donde decía “Unsre Milch macht Bayern stark” (Nuestra leche hace fuerte a Baviera). Recuerdo que en Baviera, a pesar de que había un fuerte choque entre la sociedad urbana y la rural, los ganaderos de la región eran motivo de orgullo, ya que se les consideraba los conservadores de la cultura bávara. Es más, siempre me asombró del cartel que no pusiese “Unsere”, en alemán estándar, sino “Unsre”, como lo diría un auténtico bávaro, y que las gentes de la ciudad se enorgulleciesen de que sus ganaderos siguieran diciendo “Unsre” y luchasen porque esas peculiaridades de la lengua bávara no se perdiesen. Me pregunto de qué tacharían a la gente rural si mañana hiciesen publicidad de sus productos con un cartel en cántabru que dijera “La muestra lechi jaz juerti a Cantabria”, las burlas que tendrían que aguantar.

Quizás ese sea parte del problema, esa superioridad infundada con la que desde las ciudades se mira al medio rural, esa burla hacia su ancestral forma de hablar, descendiente de una lengua hoy en peligro de extinción, y a su forma de ganarse la vida: empiezo a sospechar que hay gente que cree que la comida la fabrica una máquina escondida en el almacén del supermercado, y que hay quien piensa que los prados son verdes por arte de magia, no porque haya vacas comiendo la hierba, diseminando semillas y abonando los campos.

El caso, volviendo a mi ganadero indignado, es que la otra (gran) parte del problema son los propios productores, y así se lo hice saber, hablándole de los ganaderos de la localidad de Millau. He de reconocer que admiro mucho a José Bové, y que alguna vez me han advertido de que no debería hablar tanto de él, al menos no a los ganaderos, no vaya a ser que alguno me escuche y actúe (que es, precisamente, lo que estoy deseando). Para quienes no lo sepan, Bové era un ganadero del Macizo Central francés que, cuando en 1999 Estados Unidos decidió aumentar los aranceles del queso Roquefort como respuesta a la prohibición de la Unión Europea de importar carne con hormonas del país americano, reunió a 300 ganaderos en Millau (el municipio más importante de la zona de producción de este tipo de queso) y desmontaron pieza por pieza el McDonald’s del pueblo. Diez de estos ganaderos, entre ellos Jose Bové, fueron condenados a tres meses de cárcel, gracias a lo cual la noticia se extendió por toda Francia, enterándose así todo el país de lo que estaba pasando con el queso Roquefort y decidiendo apoyar a sus paisanos. Por este tipo de protestas, nadie les tose a los ganaderos franceses y consiguen que los políticos les escuchen y que no se firmen acuerdos sin su presencia, además de que son muy conscientes del poder del voto rural en las urnas y saben utilizarlo.

Los ganaderos de vacuno de leche europeos han anunciado para hoy diversas movilizaciones y actos de protesta bajo el lema “Your policy ruins dairy farmers” (Vuestra política arruina a los ganaderos de leche) para denunciar la crisis del sector. Me pregunto si los ganaderos españoles se habrán hartado ya, si harán algo más allá de lo que han hecho hasta ahora, algo que, en vez de provocar la risa en Madrid, provoque respeto. Si sabrán ser conscientes de lo que su voto supone de cara al 20 de diciembre y si sabrán transmitírselo a los políticos. No hace falta desmontar un McDonald’s, pero es necesario llevar a cabo acciones que tengan una mayor repercusión. Es una vergüenza lo que está pasando con la ganadería, pero aún más vergonzoso es que los ganaderos no den un puñetazo sobre la mesa y digan “hasta aquí”.

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La Europa que juega con la comida

Artículo publicado originalmente en Arainfo el día 11 de octubre de 2015.

Cuando vivía en Cochabamba (Bolivia), una vez fui con unos amigos a un supermercado en la zona norte de la ciudad. Era un supermercado dirigido a la clase alta, al estilo de los hipermercados europeos. Paseándome por los pasillos, me detuve durante un rato largo en el de los dulces. Había nutella, tabletas de chocolate… y otras delicias que hacía tiempo que no veía. La que más me llamó la atención, fue la leche condensada, y no porque echara de menos su sabor, sino porque era increíblemente barata. Lo más curioso es que era holandesa. ¿Cómo podía costar 1€ una lata de leche condensada importada de los Países Bajos? Reconozco que me dio un escalofrío y por mi mente se derramaron los litros y litros de leche que Nestlè, y otras multinacionales, vendieron en forma de leche en polvo a países latinoamericanos y africanos tras el accidente nuclear de Chernobyl por estar prohibido el consumo de este producto contaminado en Europa.

Sin embargo, la leche condensada que yo tuve entre mis manos no estaba prohibida en Europa, simplemente, estaba altamente subvencionada por la Unión Europea gracias a la Política Agraria Común (PAC) y por eso tenía un precio de venta tan bajo. Pero para entender esto, primero, tenemos que conocer un poco más sobre la más famosa de todas las políticas europeas. Resulta que la PAC nació en el seno de una Europa de postguerra en la que la producción agropecuaria se había visto disminuida y el abastecimiento de alimentos estaba en peligro, en unos años de grandes migraciones del campo a la ciudad. Con este panorama, no hubo más remedio que desarrollar medidas que favoreciesen la producción agrícola, garantizando un suministro estable a los consumidores, para lo cual, había también que asegurar unos precios elevados a los agricultores. Las medidas fueron tan eficaces, que la UE no sólo alcanzó su autosuficiencia alimentaria, sino que, en los años 80, el problema pasó a ser la sobreproducción y la solución terminó siendo exportar el exceso de productos de origen agroganadero a terceros países.

En este punto es donde se cruza la historia de la PAC con la de mi leche condensada, y donde comienzan los problemas y una historia muy turbulenta. Resulta que a la UE no le gusta tirar la comida, pero también da la casualidad de que los países en vías de desarrollo producen alimentos mucho más baratos que los europeos, así que si Europa no quiere tirar cantidades ingentes de comida tiene dos opciones: producir menos o venderlas a un precio muy inferior al de producción a terceros países, y Europa opta por la segunda. Esta decisión provoca en los países receptores una disminución de la producción local (porque los agricultores no pueden competir con los precios tirados de los productos subvencionados europeos) y, a su vez, grandes desplazamientos de campesinos hacia las ciudades.

Para garantizar la producción local, algunos países optaron por proteger a sus agricultores poniendo aranceles a la importación de productos europeos, pero Europa respondió amenazando a aquellos países que tratasen de impedir las importaciones europeas con perder los préstamos y las ayudas en materia de cooperación que les da la Unión Europa, obligándoles de esta manera a comprar comida europea y perdiendo su autosuficiencia.

Puede resultar curioso que, a pesar de la sobreproducción, la UE siga subvencionando los productos agrícolas para competir con países donde los costes son más bajos, y, sin embargo, no proteja de la misma manera a otros sectores que desplazan sus industrias a terceros países para abaratar los costes de producción. Lo que pasa es que el sector primario es primario por algo, quiero decir, que llegado un momento de escasez o de guerra, en el que los países cerraran fronteras, podríamos sobrevivir sin un montón de cosas, pero no podríamos sobrevivir sin comida. Dice la frase popular “piensa mal y acertarás” y, si pensamos mal, resulta que la UE está consiguiendo que muchos países sean dependientes de ella en materia agroalimentaria. Resulta que los efectos de que un país cierre fronteras a la venta de productos europeos (como pasó el año pasado con el veto ruso) implica para la UE tener una gran cantidad de producto por el que ha pagado grandes cantidades para producirlo y que al que no pueda dar salida. Sin embargo, al revés, las consecuencias son mucho más nefastas. Si la UE cerrase de pronto la venta de productos agrícolas a un país al que ha obligado a ser dependiente de ella, se vería afectado por el hambre, dado que la mayoría de sus productores han abandonado las labores agrícolas y tendrían que empezar de cero en la producción, lo que llevaría un tiempo hasta la autosuficiencia y no podrían garantizar el abastecimiento de alimentos a toda su población.

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Dos mujeres ordeñan una vaca en una granja boliviana.

En Bolivia, el sector lácteo local intenta asomar la cabeza en un país en el que no hay tradición de consumir este producto y donde Perú y Europa intentan imponerse. Para rebelarme contra la leche condensada europea, decidí pasarme al mate de coca, de producción y tradición local y apoyar a los ganaderos y agricultores bolivianos que luchan por vivir de su tierra. Pero hay países en situaciones mucho peores que Bolivia, donde sus labradores se han cansado de luchar, y han abandonado la azada por el humo de grandes ciudades. Países condenados a depender de Europa, hasta que en Europa digamos basta.

De todos los movimientos especulativos que se mueven a nuestro alrededor, probablemente el más cruel sea el de la alimentación. No sabemos nada de los alimentos que consumimos, y no sabemos nada de los alimentos que subvencionamos, porque la PAC, que supone un 40% del presupuesto de la UE, la pagamos todos.

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¿Por qué en España no pasa?

En el año 1999 la UE prohibió importar carne con hormonas de EEUU. La respuesta del país norteamericano fue aumentar los aranceles de varios productos agrícolas y ganaderos europeos, entre ellos el queso Roquefort, producto al que se impuso un gravamen del cien por ciento sobre sus importaciones.

Al mismo tiempo se inauguraba en Millau, localidad situada en el Macizo Central francés donde la principal fuente de ingresos de un amplio sector de los ganaderos es la producción de este tipo de queso, un establecimiento de la conocida cadena de restauración estadounidense McDonald’s. Los afectados no tardaron mucho en unir conceptos y el 12 de agosto de ese año, 300 ganaderos se dieron cita en el McDonald’s de Millau y lo fueron desmontando pieza por pieza. El desmantelamiento del establecimiento hubiese quedado en simple anécdota de no ser porque diez de los ganaderos que participaron en la “deconstrucción” del mismo fueron condenados a tres meses de cárcel, de manera que la noticia se extendió por toda Francia y gran parte del extranjero. Así fue como los consumidores franceses se enteraron de los aranceles impuestos al queso Roquefort en EEUU y decidieron apoyar a sus paisanos productores, aumentando el consumo de Roquefort en Francia y acudiendo a los eventos de apoyo a los encausados, llegando a juntarse hasta 47.000 personas en un acto en Millau (más del doble de la población de la localidad).

[cml_media_alt id='654']calf-362170_1280[/cml_media_alt]Pero no hace falta conocer la historia del caso McDonald’s de Millau para saber que los agricultores y ganaderos franceses siempre han sabido defender mejor sus intereses que los españoles, a pesar de encontarse todos bajo las normas de la misma política agraria común, y basta sólo con cruzar los Pirineos para darse cuenta. Mientras que pasando el Portalet cualquier atardecer de verano te encuentras a los ganaderos ordeñando a mano sus ovejas y vendiendo sus quesos en la misma granja, en el lado de Formigal queda sólo un productor de queso en Sallent de Gállego, pero éste tiene que vender sus quesos en el supermercado del pueblo. En la vertiente sur pirenaica, cualquier producto ha de comprarse siempre en un establecimiento destinado a ello, por desgracia no es tan fácil vender en la misma granja.

Estos días se están produciendo ataques a camiones cargados de alimentos en Francia. La semana pasada tocó a un camión aragonés cargado de carne de cerdo y a otro murciano que había sido cargado en Barcelona. Esta noche, bajo la consigna “coma francés” agricultores de los sindicatos JA y la FDSA han vuelto a asaltar un camión que transportaba 25 toneladas de carne, sin embargo, los medios de comunicación españoles apenas se hacen eco de la noticia, como tampoco se dice nada de las movilizaciones por parte del sector lácteo.

¿Qué está pasando en Francia?

[cml_media_alt id='652']cow-391291_1280[/cml_media_alt]La verdad es que nada diferente de lo que está pasando en España. El catedrático Eduardo Moyano, afirma que uno de los problemas que afectan a los ganaderos europeos es el efecto del veto de Rusia a ciertos productos alimentarios procedentes de la UE, EEUU, Japón y Canadá como represalia por las sanciones que se le impusieron al intervenir en el conflicto ucraniano. Como consecuencia de dicho veto, “muchos productores se ven obligados a acudir a los propios mercados europeos con agresivas estrategias de precios, generando una feroz competencia con sus conciudadanos agrícolas de la UE”, asegura Moyano en un artículo en El Diario de Cádiz. Además, la globalización de los mercados ha desequilibrado la cadena alimentaria, haciendo que los productores sean marionetas de las grandes empresas y padezcan las estrategias de precios de las mismas. A todo esto hay que sumarle, según Moyano, un escenario preelectoral donde el voto rural tiene mucho peso y que explicaría porqué los políticos franceses se muestran comprensivos con las protestas.

¿Por qué en España no pasa?

[cml_media_alt id='653']cow-472842_1280[/cml_media_alt]La pregunta, entonces, no es qué está pasando en Francia sino, más bien, ¿por qué en España no pasa?, en un contexto global igual que el francés, los agricultores y ganaderos españoles están mucho peor que sus colegas galos. A través de un comunicado publicado el pasado 25 de julio por la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos (UPA), productores de leche protestaban porque la crisis de precios de la ganadería en Francia derivó el día 24 de julio en un acuerdo auspiciado por el Ministerio de Agricultura francés por el que la industria y la distribución subirán hasta 4 céntimos de euro la leche a los ganaderos [franceses] hasta alcanzar un precio en origen de 0,34 euros/litro, “a años luz” del precio medio que estas mismas empresas de capital francés imponen en España: sobre los 0,22 euros/litro. Lorenzo Ramos, secretario general de UPA, señalaba que “es una vergüenza la doble moral y el chovinismo de estas empresas que actúan de una forma en Francia y de otra muy diferente en España. Además tienen la poca decencia de tirar camiones con nuestra carne”.

Por otro lado, a pesar de que las elecciones generales se encuentran mucho más cercanas en el tiempo aquí que en Francia y de la importancia que tiene, sobre todo en ciertas comunidades, el voto rural, ningún líder de ningún partido político se haya solidarizado públicamente con el séctor, ni parece que lo vayan a hacer. ¿Será que los agricultores y ganaderos de este lado del Pirineo son muy pacíficos y los políticos no los toman en serio?

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Entrevista a a Xurxo Álvarez, presidente de la Federación Rural Gallega

Xurxo Álvarez, tercero por la izquierda, tras la asamblea de FRUGA

Xurxo Álvarez, tercero por la izquierda, tras la asamblea de FRUGA (Foto: Praza Pública)

La Fruga (Federación Rural Gallega) celebró este pasado fin de semana en Lugo su segunda asamblea, la organización advierte de que seguirá luchando para contar con representación en las diferentes mesas de negociación que afectan a la agricultura, la ganadería y al sector forestal, y reivindican el medio rural como el futuro de Galicia. Tras un amplio debate sobre las diferentes “inquietudes” que afronta el campo gallego, Xurxo Álvarez fue reelegido como presidente de la entidad. Traducimos del gallego esta entrevista realizada por Miguel Pardo para el diario digital Praza Pública

¿Cuál fue el debate principal en la asamblea de Fruga?

Podemos decir que el que hay, en general, es inquietud. Fuimos debatiendo la situación de cada uno de los sectores básicos en el rural y, el que más y el que menos, mostró su inquietud ante lo futuro y que, en la mayoría de los casos, tiene que ver con los bajos precios que se le pagan al trabajador.

Esa inquietud de la que habla parece aún más evidente en el caso del sector lechero con el inminente fin de las cuotas…

En el tema de la leche, la novedad a mayores, además de la problemática de los precios, es precisamente esa desaparición de las cuotas, pero los precios que se pagan están bajos como en otros sectores. Se les obligó a los ganaderos a comprar cuota para tener accesos a mejores explotaciones, poder producir y tener buenos precios. Se metieron en gastos e inversiones que ahora quedan en papel mojado… No es muy diferente a lo que ocurrió con las preferentes y parece obvio que debería haber unas compensaciones. Ahora llega una liberalización sobre la que debe tomarse algún tipo de medida porque no puede hacer cada quién lo que le dé la gana. Para empezar, hay normas a nivel europeo que impiden que los productos agrarios puedan venderse por debajo de los costos de producción, así que habrá que sentarse a hablar y debatir y artellar soluciones a los problemas que llegan ahora.

Pero aquí parece que los problemas sólo afectan a una parte…

Como se suele decir, a río revuelto, ganancia de pescadores. La industria, con el beneplácito de la Xunta y de las administraciones, hace lo que le da la gana. Nuestros gobernantes deben administrar a todos los ciudadanos y no sólo a una parte de ellos. Hay que sentar las partes para llegar a acuerdos. La famosa Mesa de la Leche no está activa y no puede ser que una parte se aproveche de la otra. Además, es muy necesaria la puesta en marcha de una interprofesional láctea gallega, con la presencia de todos los actores implicados y buscando los mecanismos para garantizar los precios. Pero el presidente gallego está ausente, al igual que la consejera o el Ministerio e incluso la UE. Luego, de pronto, aparecen unas multas millonarias a la industria que, no obstante, les siguen compensando y les permiten seguir abusando.

Asamblea de Fruga en Lugo

Asamblea de Fruga en Lugo. (Foto: Praza Pública)

En la asamblea Fruga trató también la problemática de la despoblación rural.

Poco se puede hacer aquí si la Administración no interviene. Si las cosas están mal, es normal que el relevo generacional no se produzca. No se puede estar trabajando y gastando dinero para nada y son los gobiernos los que tienen que llevar a cabo políticas idóneas, invertir y cuidar el rural. Yo soy de Ourense y esta es la provincia [de Galicia] más desertizada a nivel agroganadero y luego no hay más que fuegos e incendios. Esas son también las consecuencias del abandono y la dejadez.

Habla Fruga de que el rural “es el futuro de Galicia”.

Debemos partir de la base de que si un país no es capaz de alimentar a la población está empobrecido y además es dependiente. Cada país tiene que poder producir alimentos para su producción y Galicia puede, pero por otro lado están las politicas agrarias y las subvenciones o ayudas que llegan de la UE. No puede ser que en la PAC, 3.000 explotaciones cobren igual que 600.000. Claro está, a quien están dirigidas estas aportaciones. No es un problema de dinero, sino de que los hay pero están mal repartidos. No se puede estar subvencionando a gente que no es agricultora, que no produce alimentos… La Fruga ya pudo comprobar en una junta en la UE que la administración comunitaria sigue enrocada en el incluso por intereses de los terratenentes y de diferentes poderes, pero si lo que se quiere es potenciar la agricultura, a quien hay que proteger es a los agricultores.

Dice también la organización que peleará por estar en las diferentes mesas de negociación de los asuntos que alcanzan al campo gallego. ¿Por qué no lo están?

Somos una organización, tenemos derecho a asociarnos y cumplimos todos los requisitos legales, pero la Administración no cuenta con nosotros a pesar de tener representación, por ejemplo, en todos los consejos reguladores menos en uno. Hablamos con la consejera varias veces sobre el tema e incluso con todos los grupos parlamentarios explicándoles nuestra situación. Todo el mundo está de acuerdo en que debemos estar presentes, pero falta que nos inviten o incluyan en las mesas donde se discuten las políticas agrarias. Dimos los pasos que teníamos que dar, pero claro está que ahora sólo nos queda protestar.

Luego, por que no los tienen en cuenta?

La Xunta nos da la razón como a los tontos, pero no nos da una solución. A lo mejor, les molesta que seamos una voz crítica y discordante, pero a eso se tienen que acostumbrar.

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