Los castaños de indias de Kiev

Los dos miramos el cielo azul, el castaño sin hojas con sus ramas llenas de gotitas resplandecientes, las gaviotas y demás pájaros que al volar por encima de nuestras cabezas parecían de plata, y todo esto nos conmovió y nos sobrecogió tanto que no podíamos hablar.

Ana Frank

Hace justo una semana estaba en Huesca asistiendo a la gala de entrega de los Premios Félix de Azara. Un día antes había estallado la guerra en Ucrania. Es curioso, en los últimos meses he dedicado mis pocos ratos libres a investigar sobre heroínas y héroes de guerra -no reconocidos como tal- que arriesgaron sus vidas para salvar razas autóctonas y variedades locales de semillas. Porque en todas las guerras, además de los corazones que dejan de latir para siempre y de las pérdidas materiales, desaparecen conocimientos ancestrales y parte de nuestra biodiversidad, tanto salvaje como cultivada.

En el trayecto en coche hasta Huesca me percaté de que estaba nerviosa, muy nerviosa, pero no por el premio, sino por la guerra que se acababa de desatar en el Este de Europa. No paraban de venirme imágenes a la cabeza que se iban apilando como un collage mental. Me vino a la cabeza mi abuela, con la que había soñado un par de semanas antes. En el sueño, casualmente, estábamos en guerra y mi abuela me decía “no estoy bien, no estoy bien, no estoy bien”. Como si la Pachamama, la madre tierra, hubiera tomado forma en el cuerpo de mi difunta abuela para advertirme de que el planeta está peor de lo que nos imaginábamos. Porque hace dos semanas no nos esperábamos estar a las puertas de un conflicto de tal magnitud.

En el viaje me venía a la mente también Félix de Azara, que cansado de esperar en un punto perdido del Paraguay a una delegación portuguesa que nunca llegaba, decidió salir a ver el maravilloso y exótico mundo que le rodeaba, a dibujar especies de plantas, mamíferos, aves y reptiles y a informar al resto del universo de sus descubrimientos. Él, que se sentía un fracasado por no poder realizar una tarea que nunca le llegaban a encomendar, acabó inspirando a Darwin y siendo retratado por Goya. Entrenado para la guerra, terminó asombrado por un lugar en paz, anotando las formas de vida ancestrales -y sostenibles- de las personas nativas, enamoradas de un territorio al que respetaban por encima de todas las cosas.

Y todo eso se entremezclaba en mi collage mental con la imagen del castaño de indias de flores blancas de más de 170 años que, junto con los pájaros que sobrevolaban el cielo de Ámsterdam, fue el único resquicio de vida exterior que Ana Frank pudo ver durante los dos años que estuvo escondiéndose de los nazis en la Casa de Atrás. El castaño le hacía ansiar la libertad y le inspiraba esperanza y se refirió a él en varias ocasiones en su famoso diario. El 23 de febrero de 1944 escribía a su amiga ficticia Kitty (con la que fantaseaba patinar en una Suiza neutral y, por tanto, en paz) la siguiente carta:

Mi querida Kitty:

Desde ayer hace un tiempo maravilloso fuera y me siento como nueva. Mis escritos, que son lo más preciado que poseo, van viento en popa. Casi todas las mañanas subo al desván para purificar el aire viciado de la habitación que llevo en los pulmones. Cuando subí al desván esta mañana, estaba Peter allí, ordenando cosas. Acabó rápido y vino a donde yo estaba, sentada en el suelo, en mi rincón favorito. Los dos miramos el cielo azul, el castaño sin hojas con sus ramas llenas de gotitas resplandecientes, las gaviotas y demás pájaros que al volar por encima de nuestras cabezas parecían de plata, y todo esto nos conmovió y nos sobrecogió tanto que no podíamos hablar. Peter estaba de pie, con la cabeza apoyada contra un grueso travesaño, y yo seguía sentada. Respiramos el aire, miramos hacia fuera y sentimos que era algo que no había que interrumpir con palabras. Nos quedamos mirando hacia fuera un buen rato, y cuando se puso a cortar leña, tuve la certeza de que era un buen tipo. Subió la escalera de la buhardilla, yo lo seguí, y durante el cuarto de hora que estuvo cortando leña no dijimos palabra. Desde el lugar donde me había instalado me puse a observarlo, viendo cómo se esmeraba visiblemente para cortar bien la leña y mostrarme su fuerza. Pero también me asomé a la ventana abierta, y pude ver gran parte de Ámsterdam, y por encima de los tejados hasta el horizonte, que era de un color celeste tan claro que no se distinguía bien su línea.

—Mientras exista este sol y este cielo tan despejado, y pueda yo verlo —pensé —, no podré estar triste.

Para todo el que tiene miedo, está solo o se siente desdichado, el mejor remedio es salir al aire libre, a algún sitio en donde poder estar totalmente solo, solo con el cielo, con la naturaleza y con Dios. Porque solo entonces, solo así se siente que todo es como debe ser y que Dios quiere que los hombres sean felices en la humilde pero hermosa naturaleza. Mientras todo esto exista, y creo que existirá siempre, sé que toda pena tiene consuelo, en cualquier circunstancia que sea. Y estoy convencida de que la naturaleza es capaz de paliar muchas cosas terribles, pese a todo el horror.

¡Ay!, quizá ya no falte tanto para poder compartir este sentimiento de felicidad avasallante con alguien que se tome las cosas de la misma manera que yo.

Tu Ana.

Para el año 2005 se supo que el viejo castaño estaba enfermo, y antes de que muriera en agosto del 2010, se recogieron algunas de sus castañas y se dejaron germinar. Los nuevos brotes descendientes del castaño que hizo soñar a Ana Frank se regalaron a escuelas y 150 de ellos se plantaron en el Bosque de Ámsterdam. Otros viajaron a otros puntos del planeta, para recordar las miserias de la guerra y sembrar la importancia de la paz en otros puntos del mundo.

Curiosamente, el castaño de indias es el árbol más común en Kiev y se le considera un símbolo de la ciudad. De hecho, durante la época soviética, el escudo de Kiev representaba un arco y una hoja de castaño con la estrella de ciudad heroica. Está tan presente en la urbe que, según cuenta Jonathan Drori en La vuelta al mundo en 80 árboles, en Kiev “los folletos turísticos presumen de que no existe un lugar mejor para disfrutar de ellos”. 

Hoy muchos niñ@s en Ucrania estarán soñando con el fin de la guerra observando las ramas de un castaño de indias desde sus ventanas, reviviendo la historia. Repitiendo la historia. Ojalá las hojas de los árboles les hagan soñar y les protejan de las bombas. Ojalá la estrella de ciudad heroica, de ciudad pacífica, se vislumbre sobre los imponentes árboles de Ucrania y ciegue las ansias de guerra enemigas.

Ojalá aprendamos a salvarnos en la naturaleza que nos rodea, poniendo en el centro a la Pachamama, viviendo de acuerdo a los recursos de nuestro entorno, como las personas con las que se cruzó Félix de Azara en su periplo por América Latina, y no haya más guerras.

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