¿Qué comeremos entonces?

Hace tres años en estas mismas fechas de diciembre, yo me encontraba descubriendo los mágicos lagos bolivianos, perdidos cerca de un desierto de sal y bañados por cientos y cientos de flamencos y cientos y cientos de peces, además de visitados por tantas otras especies de aves y por manadas de vicuñas.

Yo había estado antes en la selva, en ese inmenso universo de vida, donde me acerqué a las luchas contra la carretera que el gobierno boliviano planeaba construir a través de Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Securé (TIPNIS) y que suponía arrasar con millones de hectáreas de selva. Al llegar a Uyuni, el desierto blanco, las amenazas eran otras, principalmente la instalación de multinacionales con el objetivo de explotar el litio de la zona, debido a la elevada demanda internacional de baterías de este mineral para la fabricación de móviles, coches eléctricos… Lo que supone, además de la destrucción de un ecosistema único en el mundo, la desaparición de la economía local, basada en la agricultura y la obtención de sal para consumo.

Imagen del lago Poopó, hoy seco, en 1991 (Fuente: Wikipedia)

Este fin de semana comencé a ver que amigos bolivianos compartían en sus perfiles de facebook una nueva desgracia ambiental. Hoy, ya eran demasiados: lo que al principio parecía un rumor, ya era una verdad llena de dolor. La semana pasada apareció seco el lago Poopó, el segundo más grande de Bolivia tras el lago Titicaca. Este lago, que situado a 3686 msnm era el segundo a mayor altitud de Sudamérica, tenía unas dimensiones de 84 km de largo por 55 km de ancho y un área de 2337 km². Estaba situado en el departamento de Oruro (Bolivia) y los ríos Desaguadero y Mauri vertían sus aguas en él.

Ya el año pasado, en noviembre de 2014, los habitantes de la zona denunciaron la muerte de cientos de peces en el lago Poopó a causa de la contaminación minera y pedían ayuda porque además de quedarse sin poder practicar la pesca, se congeló su siembra de quinua y la falta de totora (planta acuática típica de la zona) con la que fabricaban artesanía, provocó que se quedasen sin sus únicos medios de subsistencia. Esta situación obligó a emigrar a unas 70 familias de la zona.

El pasado sábado 12 de diciembre, la autoridad del lugar, Valerio Rojas, junto con miembros del Centro Ecológico de Pueblos Andinos (CEPA) y el periódico local La Patria, sobrevolaron la zona para comprobar el grado de desertificación del lago, incluido en la lista Ramsar de humedales de importancia internacional. Según publicaba el diario La Patria «el agua que circundaba a dicha superficie terrestre se evaporó y todo ese territorio se muestra como un gran desierto”. El panorama es desolador: donde antes se encontraba la orilla del lago se observan aún las embarcaciones, incrustadas en la tierra, y lo que antes era un lago lleno de vida, ahora es un desierto donde se amontonan peces y aves muertas. La gente de la zona ha informado de que el lago se ha secado en menos de dos meses, pues hasta septiembre aún había agua, y que se informó a las autoridades pero que «no hicieron caso».

Vivimos en un planeta finito, cuyos recursos son limitados, y deberíamos comprender que la sobreexplotación de los mismos está acelerando el calentamiento global y que las consecuencias son irreversibles. Tenemos que aprender a escuchar a la Tierra y a producir de forma sostenible de acuerdo a nuestras necesidades, porque sino acabaremos secando todos los lagos y deforestando todas las selvas y… ¿qué comeremos entonces?