
Si me acompañas en estas líneas, te contaré un secreto. Te contaré la historia de un animal que nació en esta tierra nuestra, que hizo de ella un paisaje, que se adaptó al diferente paisanaje que ha ido poblando estos montes en los últimos 2.000 años. Una criatura a la que la gran mayoría de la gente desconoce.
Porque a veces nos empeñamos en buscar especies en peligro de extinción en otros países, en otros continentes… Y por querer descubrir lo exótico y lejano, nos pasan desapercibidos los otros mundos que nos rodean, los que tenemos al lado. Preferimos empaparnos de la cultura indígena al sur del Ecuador, buscar baobabs y soñar con canguros, y acabamos desconociendo a quienes son indígenas de nuestro propio territorio, a nuestras oliveras milenarias y nuestros autillos.
Pero, si vienes conmigo, nos pararemos a observar esta áspera tierra que nos rodea. La escucharemos, y nos contará ésta y otras historias. Nos revelará secretos de nuestros ancestros, nos mostrará los cimientos de antiguos hogares, antiguos refugios de quienes supieron levantar un hogar en esta tierra dura y salvaje.
Y es que hace muchos, muchos años, milenios, que nuestros antepasados supieron fusionarse por primera vez con este entorno hostil. Durante tantos siglos nos han moldeado las ramas de las carrascas y observado de cerca los milanos… Y, sin embargo, hacemos como si nunca hubiera ocurrido. Cuando, más que nunca, deberíamos recuperar esa sabiduría ancestral. Seguir fusionándonos con esta tierra. Seguir siendo raíz.
No han sido protagonistas de una superproducción de Hollywood, como Sansón o Benhur, pero nuestros antepasados también fueron mujeres y hombres que lucharon contra la fuerza del Imperio Romano.
Allí donde parece que emerge un oasis en medio de esta tierra sin mar, levantaron Bílbilis, una ciudad celtíbera que supo convertir este pedregal en un universo de recursos con los que sobrevivir, con los que levantar una comunidad.
Su lengua, sus costumbres, fueron asimilándose por la recién llegada cultura romana. Con todo, 2000 años después, todavía resiste, silenciosa, la herencia ancestral de aquellas tribus celtibéricas, pasando desapercibida para quienes no saben apreciar la cultura que hace territorio, que se impregna en el paisaje y en el paisanaje. No obstante, si el ojo curioso posa su mirada sobre los montes del entorno de lo que un día fue Bilbilis, verá moverse unas manchas del mismo color de la tierra: un rojo fosco, un negro royo. Son las ovejas de aquellos nativos celtibéricos que hicieron de esta tierra hogar y paisaje: nuestras royas bilbilitanas.

A pesar de ser nuestra raíz, nuestros cimientos, nuestros orígenes, son desconocidas, desapreciadas, desapercibidas en esta provincia a la que llevan siglos esculpiendo. Sin embargo, hubo un tiempo en el que las royas bilbilitanas, junto con otras razas ovinas ibéricas, eran admiradas y alabadas por su lana. El historiador romano Diodoro Sículo hablaba de los mantos de los celtíberos hechos de lana negra. Y también las reconocía como el pariente salvaje de la oveja.
De igual manera, Plinio alababa la calidad de la lana negra de Hispania. Y es que, a pesar de que han pasado más de 2.000 años, los alrededores de Calatayud siguen conservando una raza de oveja indígena, adaptada a este horizonte. Una oveja que resiste, todavía y como siempre, al invasor. Que ha sobrevivido a multitud de conflictos desde aquellas lejanas Guerras sertorianas, y sigue siendo la dueña y señora de la antigua Bílbilis, a pesar de que casi no sobrevive a la absurda modernidad de la segunda mitad del siglo XX.
De los 107.000 animales de esta raza que se contaban en 1955, se ha descendido a las 32.000 ovejas reproductoras que hay en la actualidad. La despoblación del medio rural y, con ella, la pérdida de la ganadería extensiva, y el auge de la ganadería industrial, son las principales causas de que esta raza esté desapareciendo. Y, con ella, todo el legado que ha atesorado durante 2.000 años: paisajes, cultura, historias, secretos…
Si supiésemos ver más allá del camino, si siguiésemos sus rastros, si hablásemos con los indígenas de nuestra tierra, nos contarían la importancia de luchar para evitar que desaparezca esta raza. Nos hablarían de otros tiempos, de tesoros, de celtíberos, de otro paisaje que poco tiene ya que ver con el de ahora.
Aunque yo confío en el poder de las royas bilbilitanas. En la magia de sus vellones, en su resistencia. Quizás nos convenzan de que tenemos que consumir diferente, consumir mejor, mirar la etiqueta y el origen de lo que consumimos: de nuestra comida, de nuestra ropa. Porque solo con ellas, nuestras irreductibles royas, que alimentaron y vistieron a nuestros antepasados en un mundo sin industrias y sin plástico, podremos sobrevivir al contexto de emergencia climática en el que nos encontramos y que, cada vez, va a ser más duro.
Por eso, si pasas por Calatayud, no preguntes por la Dolores, busca a las royas bilbilitanas y preséntales tus respetos. Son el secreto mejor guardado de Zaragoza.
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