Hijo de las estrellas

Traducción de la copla ganadora en el año 2014 del XVII concurso de coplas en aragonés que organiza el Ayuntamiento de Zaragoza. La versión original puede encontrarse aquí.

Cuántas coplas cabrán
en el morral del pastor
que en los días de verano
camina bajo el sol.

Cuántos sueños apedecaus
bajo las piedras del otoño
cuántas recuerdos tristes
congela la nieve del invierno.

Hijo de las estrellas es
el pastor cuando pastorea
a él le vigilan los astros
él cuida a las ovejas.

La única patria que encuentra
es el humo de las chimeneas
que viejas historias cuenta
en las noches calientes o frías.

Por las sendas y por montes
él va defendiendo esta tierra
y con cada paso suyo
la biodiversidat conserva.

Sus palabras son
las semillas de un mundo nuevo
semillas de las que ha de brotar
nuestro futuro.

Si desaparece el pastor
morirán estas montañas
y en silencio con los árboles
morirá nuestro habla.

No quiero que desaparezcan
flora y fauna en estos bosques
por eso digo que viva
la causa agroganadera.

Lucía López Marco

Cuando las tradiciones curan

Artículo publicado el 21 de enero de 2016 en la sección La Braña de Eldiario.es Cantabria.

A principios de año, Marcos Pereda sugería en este diario, como propósito para este 2016, que fuésemos conservadores, y nos animaba a conservar nuestro patrimonio inmaterial, nuestra cultura, las palabras, los caminos, los árboles… Yo he decidido aceptar su invitación e intentar ser un poco más conservadora, y a la vez que hago los deberes, compartirlos para que más gente pueda sumarse. Así que hoy utilizaré estas líneas para hablar de plantas, de tradiciones y de cómo los saberes ancestrales pueden ser nuestra salvación en un futuro.

Durante siglos, los conocimientos sobre remedios naturales se han ido transmitiendo de generación en generación, teniendo una gran influencia en la medicina moderna, que a lo largo del tiempo ha ido asimilando los saberes del campesinado. Sin embargo, de un tiempo a esta parte estos conocimientos han ido cayendo en el olvido en beneficio de las grandes farmacéuticas, y a pesar de que la ciudadanía cada vez está más concienciada sobre el uso responsable de los fármacos de síntesis, hay muy pocos estudios relacionados con la materia.

Es curiosa, la ignorancia que tenemos sobre los tesoros que nos rodean, y apuesto a que la gran mayoría de la población de Cantabria desconoce que una planta tan conocida por todo el mundo como el helecho, se ha utilizado tradicionalmente en esta tierra como alimentación para el ganado; que los niños y niñas de antes utilizaban el raquis de las frondes o el eje de la hoja para jugar a toros y vacas; que se empleaba como aislante para rellenar jergones, para envolver patatas y evitar que se helaran, o en las techumbres; o que con las frondes de los helechos se fabricaban escobas…

Otra planta que nos resulta familiar y que sin embargo desconocemos es la hiedra, que se empleaba no sólo como planta trepadora para dar más consistencia a los muros, sino que también se hacían coronas con sus hojas para llevar a los difuntos; con su cocimiento se hacía un enjuague que aliviaba el dolor de muelas; y con aceite, saúco, cera y hiedra se hacía una pomada que se aplicaba para aliviar quemaduras, grietas de la piel, sabañones o hemorroides. Además, a las vacas que abortaban se les daba de comer esta planta, a los caballos capados se les lavaba con el cocimiento de las hojas y la saliva producida al masticar sus hojas se aplicaba sobre los ojos de las vacas con nube o cataratas; y, por si fuera poco, la ropa negra se lavaba en el cocimiento de hiedra para quitarle el color pardo.

[cml_media_alt id='1154']opinión[/cml_media_alt]

Si dos plantas albergan todos estos usos, ¿qué pasaría si inventariásemos toda la sabiduría popular en torno a las plantas que nos rodean? Por eso, resulta interesante consultar libros como ‘Estudios etnobotánicos en Campoo’, de Manuel Pardo de Santayana, o ‘Etnobotánica en Miera: El léxico, los usos de las plantas y la vida tradicional en las montañas de Cantabria’, de Javier Herrera Rovira, e investigar sobre los usos que tradicionalmente se han dado a las plantas que hay a nuestro alrededor.

Y una vez contagiados con el entusiasmo conservador, ir más allá, e incitar a familiares, amigos, o a gente que encontremos en cualquier lugar a que nos hablen de los usos que conocen de las plantas, minerales, etc… Y no limitarnos a recoger únicamente los usos medicinales, porque sería una pena que se nos escapasen otros, como los destinados a la alimentación y la curación del ganado, que hoy en día, con el auge de la ganadería ecológica, cobran más importancia que nunca al suponer una alternativa a los alimentos transgénicos y a los fármacos de síntesis. Igual que sería una pena dejar que se perdieran en el olvido aquellas especies y variedades locales destinadas al consumo, verdaderas delicias que no podemos quedarnos sin descubrir. Por otro lado, recogiendo estos usos, contribuimos a conservar la tradición y la biodiversidad locales.

Así que sumerjámonos en esta sabiduría, transmitámosla, y ayudemos a conservar este tesoro que no es sólo parte de nuestra historia y de nuestra cultura, sino que también puede ser la llave que nos abra las puertas del futuro. Porque cuando hayamos abusado tanto de los antibióticos que ya no tengan efectos, o cuando todas las semillas sean propiedad de multinacionales, las tradiciones pueden ser las que nos libren de las enfermedades y del hambre. Y no, no me llamen hippie, llámenme conservadora.

S.O.S. del sector lácteo

Artículo publicado en la Revista Soberanía Alimentaria nº23 (invierno 2015). En este enlace se puede encontrar el artículo en castellano, aragonés, asturianu, galego, catalá y euskera.

En las últimas tres décadas, el sector lácteo ha experimentado un intenso proceso de ajuste y transformación como respuesta a las políticas de la Unión Europea, primero con la llegada de las cuotas y ahora con su eliminación. El resultado ha sido la desaparición de multitud de ganaderías familiares, un incremento del tamaño e intensificación de las vaquerías y la adopción de nuevas fórmulas societarias. ¿Cómo podemos abordar esta situación desde la soberanía alimentaria? Nos sumergimos en este tema para empezar el debate entendiéndolo en toda su complejidad.

LAS CUOTAS LÁCTEAS Y EL MERCADO INTERNACIONAL

Hasta el pasado 1 de abril, la Unión Europea establecía un límite máximo de litros de leche de vaca que cada Estado miembro podía producir. El sistema de cuotas comenzó el 1 de enero de 1986, aunque su implantación en España se llevó a cabo unos años más tarde, y supuso la desaparición de miles de vaquerías, dado que, aunque el consumo en España rondaba los 9 millones de toneladas, tenía asignado un volumen de producción de solo 4,5 millones de toneladas, por lo que, podríamos decir que se «obligó» a España a importar la mitad de los lácteos que consumía. El sistema de cuotas llevó a que las ganaderías que querían crecer compraran o alquilaran cuota de otras ganaderías.

[cml_media_alt id='1130']ordeño-intensivo[/cml_media_alt]La justificación para eliminar las cuotas por parte de la UE ha sido la previsión de que la demanda de lácteos a nivel mundial se incrementaría a un ritmo del 2 %, y las cuotas se convertirían en un obstáculo para el crecimiento de las producciones en Europa. Sin embargo, estas expectativas se han visto truncadas al empezar a producir China su propia leche, lo que hace difícil predecir sus futuras importaciones, y con la decisión de Rusia de dejar de consumir leche europea con motivo del conflicto con Ucrania. Esta situación ha supuesto una bajada de precios en origen no solo en Europa, sino también en otras zonas productoras como EE. UU., Nueva Zelanda o América Latina, que ha conllevado una bajada del precio del producto final para el consumidor en buena parte del mundo. En el Estado español esta caída del precio final ha sido mínima en comparación con la bajada de precios en origen, ya que el precio en los establecimientos de venta acumula una caída anual del 4,6 %, mientras que en origen el descenso es del 16,9 %.

Otro elemento central para entender la situación del sector en nuestro territorio es la distribución de las ganancias. Mientras que en países como Canadá la producción se queda con un 54 % del margen de beneficio, aquí las ganancias se las reparte la distribución (que percibe entre un 60 % y un 90 %) y la industria. De forma que, finalmente, quien ha producido la leche no obtiene ninguna parte de dicho margen, es más, a menudo no se cubren ni los costes de producción.

La diferencia fundamental entre un modelo y otro radica en la forma de tomar las decisiones en cada Estado. En el caso de Canadá, hay dos instrumentos esenciales. La Comisión de Productos Lácteos del Canadá, es una estructura central cuyo objetivo es «ofrecer a los productores eficientes de leche y nata la posibilidad de obtener una remuneración equitativa por su trabajo y sus inversiones y garantizar a los consumidores de productos lácteos una oferta ininterrumpida, suficiente y de calidad». Para ello, existe en cada provincia una Junta de Negociación de venta de leche compuesta por las ganaderías y el gobierno, cuya competencia es «la apertura y administración de los contingentes, la mancomunación de los ingresos obtenidos, la fijación de precios y el mantenimiento de los registros de productores».

Estas Juntas, donde la industria y la distribución tienen voz pero no voto, se aseguran de cubrir los costes de producción, por lo que no son necesarias las ayudas económicas. Por otro lado, se procura que la leche sea consumida en la provincia de origen, por lo que es más fácil que la producción se adapte a la demanda y no haya que buscar salida a un exceso de leche. También es importante señalar que así se impulsa la economía de la región y que al distribuirse en circuitos cortos de comercialización no solo disminuyen los gastos por transporte, sino que también puede ofrecerse leche pasteurizada, de mayor calidad que la UHT, que es la más consumida en el Estado español.

Mientras en Canadá se aborda la regulación láctea con instrumentos estructurales, descentralizados y con la participación central del sector productivo, en el Estado español seguimos funcionando a base de acuerdos puntuales según cada situación. El pasado 23 de septiembre se firmó en el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente un acuerdo lácteo que no fue apoyado por las dos organizaciones agrarias mayoritarias, COAG y UPA, que representan al 70 % de las ganaderías, pero sí por la industria y la distribución. Este acuerdo no incluye un precio mínimo sobre la leche que garantice cubrir los costes de producción, estimados entre 34 y 38 céntimos por litro de leche (de hecho, el pasado mes de octubre, el precio medio estatal del litro de leche era de 0,309 €, por lo que no se alcanzan los costes de producción). Fruto de ese acuerdo lácteo se presenta un paquete de ayudas de 20 millones de euros, publicadas el 28 de septiembre en el BOE, destinadas a aquellas ganaderías que reciban menos de 0,285 € por cada litro. Teniendo en cuenta que son la industria y la distribución quienes fijan los precios, en realidad la ayuda es para estas, que compran a precios por debajo de coste, y no para las ganaderías.

LA INDUSTRIA Y LA DISTRIBUCIÓN VERSUS EL MUNDO RURAL

Así que nos encontramos que, en los últimos 30 años, el sector lácteo español ha cambiado radicalmente, pasando de tener capacidad para producir toda la leche que consumía a tener que importar la mitad de los lácteos, desapareciendo de esta forma multitud de vaquerías familiares. Además, paradójicamente, la decisión actual de eliminar las cuotas para que no haya límites de producción supone un nuevo impulso a las granjas intensivas, que mayoritariamente buscan instalarse en zonas cerealistas para tener mejor acceso a los piensos con los que alimentan a sus animales.

Si la industria, por su parte, buscando la maximización de los beneficios, tiende a centralizar aún más sus compras en estas zonas de concentración de grandes vaquerías, ¿para qué van a recogerla en pequeñas ganaderías de las zonas tradicionalmente productoras?

Por otro lado, la actividad ganadera tradicional ha estado siempre diversificada —se combinaba la producción lechera con la huerta familiar y otras actividades— mientras que en los últimos años muchas vaquerías se han tecnificado, aumentando e intensificando la producción a costa de elevadas inversiones en instalaciones, maquinaria y cuota. El resultado es una especialización productiva, convirtiéndose la producción lechera en su única fuente de ingresos. Entonces, ahora que solo viven de las vacas, ¿qué pueden hacer si ya no es viable?

[cml_media_alt id='1131']santona-2[/cml_media_alt]El hecho de que se esté favoreciendo una ganadería no ligada a la tierra y se esté acabando con un modelo tradicional a base de pasto, implica no solo dejar de producir leche a menor coste, sino también de mayor calidad, pues la leche de vacas alimentadas con pastos y forrajes tiene mayor contenido de ácidos grasos insaturados, que son más beneficiosos para la salud, y más antioxidantes. Es decir, es una leche mucho más saludable, característica que demanda el mercado, y más sostenible desde el punto de vista económico, social y medioambiental. Esto es especialmente importante si tenemos en cuenta que desde el año 2000 el consumo de leche líquida en España ha disminuido un 30 %, principalmente en beneficio de las leches vegetales, que son presentadas y percibidas como más sanas.

Por otro lado, la flora y la calidad del pasto varían según la época del año, lo que da la posibilidad de ofrecer una alta variedad de productos transformados, principalmente queso, de una gran calidad tanto organoléptica como nutricional. En la medida que gana terreno la ganadería intensiva, los pastos, las praderas, y el paisaje tal y como lo conocemos, irá desapareciendo, perdiéndose con él la flora y la fauna locales y dejando de ser un atractivo turístico.

Uno de los compromisos recogidos en el acuerdo lácteo es la «promoción del consumo de lácteos españoles». Parece una definición confusa e insuficiente pues, como hemos visto, lo que tendremos en el mercado es más leche producida de forma intensiva a base de pienso en buena parte compuesto de soja transgénica, de origen nada español. Si realmente se quiere incentivar el consumo y la economía local, ¿no se debería apostar por aquellas vaquerías familiares que no solo producen leche de mayor calidad, sino que también cuidan el paisaje y fijan población en el olvidado medio rural? ¿No debería primarse que la industria pague un precio que cubra los costes de producción, dignificando esta actividad, frente a dar ayudas por el bajo precio que industria y distribución imponen? ¿No será que lo que quieren promover son las ventas y los ingresos de la última parte de la cadena engañando a la población consumidora? ¿Por qué no pensamos en políticas parecidas a las de Canadá donde la parte productora está en el centro de las decisiones?

Por si todo esto fuera poco, la aprobación del Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión entre los EE. UU. y la Unión Europea (TTIP), serán las grandes granjas de Oregón, con más de 60 000 vacas alimentadas con piensos transgénicos y estimuladas con hormonas de crecimiento, las que ganarían el pulso a nuestra producción.

Analizar cómo se está abordando el sector lácteo en Europa es un anticipo de cómo se irán abordando el resto de sectores agrarios. La tendencia es globalizar cada vez más el mercado de leche, impulsando una ganadería con cada vez menos bienestar animal, basada en materias primas kilométricas y con mano de obra barata, en vez de apostar por una producción local, sostenible y que fije población en las zonas rurales.

PASADO, PRESENTE Y… ¿FUTURO?

La ganadería tradicional es una de las actividades que más población fija en el medio rural, pero tal y como está el panorama, ¿quién va a querer incorporarse? Si tenemos en cuenta la falta de servicios, el aislamiento al que se somete al mundo rural y las dificultades para iniciar actividad en el sector primario, es normal que a día de hoy solo el 5 % de las personas activas en la agricultura y la ganadería tenga menos de 35 años, y que un 33 % sea mayor de 65. Solo un 3,5 % de quienes perciben la PAC tienen menos de 35 años.

El futuro de la ganadería pasa por seguir aprovechando los recursos del entorno para conseguir no sólo productos de la máxima calidad, sino también la conservación de un paisaje ancestral que lleva siglos viviendo en armonía gracias a la ganadería extensiva. La clave es integrar un buen modelo productivo a pequeña escala, diversificado e incorporar la transformación artesanal con la venta en circuitos cortos. A pesar de que las administraciones anteponen otros intereses a la sostenibilidad ecológica y económica de nuestro medio rural, lo cierto es que la ciudadanía cada vez está más concienciada con una serie de valores relacionados con el bienestar animal, el medio ambiente y la calidad de los alimentos que consume.

Hay que ser consciente de que si hemos llegado hasta aquí, es en buena medida por la fuerza de la gran industria y su influencia sobre nuestras administraciones. ¿Cómo contrarrestamos este poder? Las movilizaciones que estos meses se han ido convocando por toda Europa demuestran que una articulación del sector productivo es fundamental, sí, pero también lo es el acercamiento de este a la ciudadanía para ganar su complicidad. Sin duda, es una tema que nos afecta independientemente de estar en el campo o en la ciudad.

Los cuernos de la tudanca

Artículo publicado el 7 de enero en la sección La Braña de Eldiario.es Cantabria.

Hubo un tiempo en el que en los prados de Cantabria no había vacas pintas, sino unas vacas rojas con cuya leche se hicieron los primeros sobaos y quesadas pasiegas. Esas vacas, popularmente conocidas como rojinas, aunque oficialmente denominadas vacas pasiegas, se encargaron en el siglo XIX de satisfacer la creciente demanda de leche en todo el Estado español, de hecho, las gentes de los Valles Pasiegos se desplazaron con sus vacas hasta ciudades como Madrid o Bilbao para abastecer de lácteos a estas urbes.

Por desgracia, alguien decidió que aquellas vacas rústicas no eran lo suficientemente productivas y fueron cayendo en el olvido mientras se sustituían por vacas frisonas, originarias de Holanda y Alemania y cuya selección para la producción de leche llevaba ventaja a la pasiega.

Sin embargo, aquellas vacas rojas, cuya ubre no podía competir con la de las pintas, llevaba siglos adaptándose a Cantabria: a sus prados, a su clima, a sus enfermedades, a su gastronomía… Y es una auténtica pena que la única raza completamente adaptada para aprovechar al máximo los recursos naturales de esta zona del planeta, sin necesidad de fármacos, ni de soja transgénica, se encuentre hoy en peligro de extinción. De hecho, cuesta creer que sólo quede ya una granja que críe únicamente vacas pasiegas para la producción de leche.

Es una pena que estemos dejando desaparecer los recursos zoogenéticos cántabros, porque con ellos se pierden también el auténtico queso de nata, los auténticos sobaos y la auténtica quesada. Si tenemos en cuenta que es imposible encontrarlos elaborados con leche de vaca pasiega, que alguien me diga ¿qué queda de la auténtica gastronomía cántabra?

El problema no es sólo el desconocimiento existente sobre la vaca pasiega, sino que, por desgracia, es extensible a la vaca monchina, al caballo del mismo nombre, a la oveja carranzana, y a otras razas de caprino y equino que ni siquiera están reconocidas como tal dentro de Cantabria. Si preguntamos por la calle a una persona cualquiera si conoce alguna raza autóctona nos hablará seguro de la vaca tudanca, a lo que he de hacer una confesión: cada vez que veo un coche con una pegatina de una vaca tudanca, algo me duele dentro de mí.

Quizás sea porque cada vez que lo veo, algo me recuerda que la vaca tudanca, en mejor situación que su hermana la desconocidísima vaca monchina, no sobrevivirá por salir en pegatinas, ni porque hagamos camisetas con ella. No serán los cuernos los que garanticen la supervivencia de la vaca tudanca, sino el consumo de su carne. Pero os puedo asegurar que la gran mayoría de gente que lleva esas pegatinas consume, inconscientemente, carne de ternera y de porcino criada en intensivo, esto es, alimentada con piensos transgénicos, en una nave cerrada del Aragón oriental o de la Cataluña occidental, en muchos casos nacidos en lugares tan lejanos como Irlanda o Rumanía y de razas nada autóctonas, sino industriales, es decir, de razas seleccionadas para engordar y engordar y atiborradas a antibióticos porque no están nada adaptadas a las enfermedades del medio en el que viven.

Creo que ninguna raza está adaptada a criarse en una nave cerrada, con decenas de animales hacinados y consumiendo alimentos poco o nada naturales, venidos del otro lado del Atlántico, por eso tienen que suministrarles fármacos: para que en vez de morir como animales, produzcan como máquinas.

Por eso, si realmente les preocupa el cambio climático, si quieren seguir disfrutando de los verdes prados cántabros, y quieren contribuir a mantener la biodiversidad cultivada y la espontánea, así como que perdure la cultura y la etnografía ligadas a esta tierra, por favor, utilicen lana de oveja carranzana, coman carne de tudancas y monchinas y pidamos que alguien haga auténticos sobaos pasiegos. Las razas autóctonas y el medio en el que viven no se salvarán por las subvenciones, sino porque haya gente que sepa valorar los productos que de ellas provienen.

Una de osos

Portada del libro «El Pirineo Contado» de Enrique Satué

Este texto pertenece al libro «El Pirineo contado», de Enrique Satué y publicado por Prames.

Además de decir que del oso se ha hecho un mito y una leyenda, poco más cabe añadir. Mientras parte de los habitantes estaban con el ganado en Tierra Baja, al amparo de las chimeneas ennegrecidas y resplandecientes, ancianos, mujeres y niños engrandecieron, tergiversaron y transmitieron en cerrado círculo pedagógico tradiciones que, muchas veces, eran de un origen muy remoto.

La historia oral del oso no escapa a estas pautas y si alguien me pidiese un ejemplo, yo le contaría siempre “La caza del oso de Yésero”.

No es extraño que esta leyenda se gestase en esta localidad, que a los pies de la gran osera de Tendeñera, dio buenos cazadores de plantígrados.

La fiera desapareció de sus montes a finales del siglo XIX, y procedente de la siguiente centuria he recogido bastante información sobre encuentros con aquella. Nuestra leyenda la he recogido también cerca de Yésero, en Biescas (parecidas se registran en todo el ámbito troncal indoeuropeo). En esta última localidad se habla de un grupo de cazadores de la villa que llevaban a un magnífico tirador del primer pueblo que, cómo no, encajando etnocentrismo, quedaría ridiculizado por el oso. Allí precisamente ya había “hablado al escuchete” el oso a uno de Casa Usla, pues se la arrancó; y es que las leyendas, cuando se crean, colean por todas partes…

De cualquier manera, la tradición asocia con mayor insistencia la historia a Antón Samper y Ramón de Chacón, viejos amigos unidos por las artes de un rudo oficio (Saturnino Salvador Pardo, nacido en Yésero en 1902).

Vista de Yésero (Foto: Wikipedia)

El Yésero del siglo XIX era una bonita aldea rodeada de picachos, en el interfluvio Gállego-Ara. Desde el pueblo, la Sierra de Tendeñera, con sus bosques y neveros, parecía que en cualquier momento pudiera desplomarse y caer sobre él. La verdad es que causaba respeto, máxime habida cuenta de que desde aquellos hielos bajaba el Barranco del Infierno. Tenía treinta y seis casas, con una preciosa escuela porticada, donde no faltaba el detalle del reloj solar. Su iglesia estaba dedicada a San Saturnino y además tenía dos ermitas: la de la Virgen de las Nieves que, cómo no, miraba a Tendeñera, y la de San Julián. Contaba con muy buenas gentes, como aún sucede hoy. Parcas, prudentes, reservadas; con “corazón de tieda”, como dice un amigo maestro que ejerció y se enamoró en su juventud por esos parajes. De esa cofradía eran nuestros Antón y Ramón, aunque demasiado optimistas y confiados; en eso sí que no eran auténticos montañeses. Una noche de sanmiguelada nuestros amigos se juntaron en la taberna a echar planes. Corrió el buen vino, también la cecina y sobre todo, se habló mucho, demasiado… Más que planear estrategias de caza, lo que se hizo fue despellejar al oso antes de cazarlo. Todo lo consumido quedaría a cuenta de la piel que al día siguiente iban a cazar. Salieron de noche y en dos horas llegaron a las cercanías del Paso de l’Onso. Sin embargo, parece que el animal se anticipó. El resuello, los tragos y el creer que el trabajo ya estaba hecho, impidió que saltase la adrenalina y que se movilizasen los reflejos. Tras dudar, Ramón acertó en encaramarse a un abeto. No lo hizo así Antonio, que pronto estuvo debajo de la tripa del oso. Aguantó, sin respirar, zarandeos y mil perrerías que hizo con él el bicho, hasta que este se quedó convencido de su muerte. Sólo cuando el oso se hubo marchado se atrevió a descender Ramón. Cuando llegó junto al socio se agachó y le dijo: “Ascuita, Antonio, ¿qué t’iciba l’onso al escuchete?”. Antonio aún en el suelo, sacudiéndose la ropa y sujetando los vuelcos del corazón, bien le pudo decir lo de la fábula del oso de Samaniego: “Aparta tu amistad de la persona/ que si te ve en riesgo te abandona”.

Sin embargo, más pragmático, entonces sí haciendo gala a su condición de montañés, cambió aquello por: “Na mocé. Que a piel, antes de cazata en hay que espellejata”. Lo que no venía a decir otra cosa que “no eches cuentas, montañés, que te saldrán al revés”, o, dicho de otro modo, que no vendas la piel del oso antes de cazarla.

Afortunadamente el Pirineo no sólo tiene topónimos, historias, leyendas y mitos del oso ya que todavía sobreviven ocho plantígrados. Justo es, pues, que se compensen los procesos aniquiladores del pasado. El Pirineo dejará de llamarse así si desaparece el oso. Cuando llegue ese día –Dios no lo quiera- la gota habrá colmado el vaso y comenzará la inflexión definitiva de estas montañas: ni habrá leyendas, ni gentes que las sepan, ni animales, como el oso, que las originen. Para entonces, recordar el mensaje decimonónico del indio Sealth a los escolares será ejercicio de puro cinismo:

“(…) Esto sabemos: la tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra. Esto sabemos. Todo va enlazado, como la sangre que une a una familia. Todo va enlazado. Todo lo que ocurra a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra. El hombre no tejió la trama de la vida; él es sólo un hilo. Lo que hace la trama se lo hace a sí mismo. (…)”

Qué verde era mi valle

Artículo publicado el 24 de diciembre de 2015 en Eldiario.es Cantabria

«Pero, ¿cómo han podido hacer esto?, ¡con lo verde que era mi valle y ahora míralo! ¡No queda nada! ¿Quién ha hecho esto? ¿Por qué?», se pregunta desde el desconsuelo, la indignación y la incomprensión quien se ha criado feliz en un patrimonio que recibió gracias a que sus antepasados, y los antepasados de los antepasados que ya lo recibieron de sus antepasados, decidieron cuidar y conservar, porque, aunque nadie les había explicado la fotosíntesis, ni la simbiosis que practican algunas especies, sus antepasados sabían algo que han olvidado sus contemporáneos: que la tierra no es de nadie aunque tenga dueño, y que hay que cuidarla, respetarla y escucharla para que las siguientes generaciones puedan seguir obteniendo alimento y oxígeno de ella.

No entiende nada, pero es que no tiene entendimiento. ¿Cómo puede alguien quemar el entorno de Los Tojos en el impresionante Valle de Cabuérniga para acabar con toda la vida que habita en él? ¿Cómo puede alguien anteponer sus intereses al bien de las generaciones futuras?

Desde el sábado pasado la Cornisa Cantábrica está ardiendo. Casi cincuenta focos expandían el virus del fuego y el humo por los verdes valles cántabros. Y no, ni fueron casuales, ni bienintencionados, como tampoco hay apelativos suficientes para quienes los causaron. La duda es qué harán ahora: ¿Plantar eucaliptos?, ¿Levantar construcciones innecesarias? Y más allá de eso, ¿qué se hará para evitarlo?

El pasado verano se aprobó la polémica Ley de Montes que permite construir sobre terreno incendiado. Si esa ley jamás se hubiese aprobado, probablemente, Cantabria y Asturias no estarían infectadas por el fuego. Pero da igual, porque nos acostumbraremos al color negro tizón y nos olvidaremos. De hecho, ¿alguien recuerda ya quién aprobó esa ley y quién ha ganado las elecciones en pleno incendio? Los propios medios de comunicación estaban más pendientes de informar sobre cómo iba vestido Pedro Sánchez a la hora de votar que de cómo avanzaba el fuego.

Hoy la mayoría de la gente dedicará el día a disfrutar de su familia, otros no podrán porque se los ha llevado el fuego, como el piloto que falleció ayer en Asturias sofocando un incendio. Unos pocos estarán con la mirada fija en el monte, viendo negro su pasado y su futuro, mientras los culpables se llenan los bolsillos con unos billetes que, además de no darles la felicidad, espero que les dejen sin sueños, porque, como dice mi amiga Marta, «no hay palabras… no las hay», con lo verde que era mi valle…

¿Qué comeremos entonces?

Hace tres años en estas mismas fechas de diciembre, yo me encontraba descubriendo los mágicos lagos bolivianos, perdidos cerca de un desierto de sal y bañados por cientos y cientos de flamencos y cientos y cientos de peces, además de visitados por tantas otras especies de aves y por manadas de vicuñas.

Yo había estado antes en la selva, en ese inmenso universo de vida, donde me acerqué a las luchas contra la carretera que el gobierno boliviano planeaba construir a través de Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Securé (TIPNIS) y que suponía arrasar con millones de hectáreas de selva. Al llegar a Uyuni, el desierto blanco, las amenazas eran otras, principalmente la instalación de multinacionales con el objetivo de explotar el litio de la zona, debido a la elevada demanda internacional de baterías de este mineral para la fabricación de móviles, coches eléctricos… Lo que supone, además de la destrucción de un ecosistema único en el mundo, la desaparición de la economía local, basada en la agricultura y la obtención de sal para consumo.

Imagen del lago Poopó, hoy seco, en 1991 (Fuente: Wikipedia)

Este fin de semana comencé a ver que amigos bolivianos compartían en sus perfiles de facebook una nueva desgracia ambiental. Hoy, ya eran demasiados: lo que al principio parecía un rumor, ya era una verdad llena de dolor. La semana pasada apareció seco el lago Poopó, el segundo más grande de Bolivia tras el lago Titicaca. Este lago, que situado a 3686 msnm era el segundo a mayor altitud de Sudamérica, tenía unas dimensiones de 84 km de largo por 55 km de ancho y un área de 2337 km². Estaba situado en el departamento de Oruro (Bolivia) y los ríos Desaguadero y Mauri vertían sus aguas en él.

Ya el año pasado, en noviembre de 2014, los habitantes de la zona denunciaron la muerte de cientos de peces en el lago Poopó a causa de la contaminación minera y pedían ayuda porque además de quedarse sin poder practicar la pesca, se congeló su siembra de quinua y la falta de totora (planta acuática típica de la zona) con la que fabricaban artesanía, provocó que se quedasen sin sus únicos medios de subsistencia. Esta situación obligó a emigrar a unas 70 familias de la zona.

El pasado sábado 12 de diciembre, la autoridad del lugar, Valerio Rojas, junto con miembros del Centro Ecológico de Pueblos Andinos (CEPA) y el periódico local La Patria, sobrevolaron la zona para comprobar el grado de desertificación del lago, incluido en la lista Ramsar de humedales de importancia internacional. Según publicaba el diario La Patria «el agua que circundaba a dicha superficie terrestre se evaporó y todo ese territorio se muestra como un gran desierto”. El panorama es desolador: donde antes se encontraba la orilla del lago se observan aún las embarcaciones, incrustadas en la tierra, y lo que antes era un lago lleno de vida, ahora es un desierto donde se amontonan peces y aves muertas. La gente de la zona ha informado de que el lago se ha secado en menos de dos meses, pues hasta septiembre aún había agua, y que se informó a las autoridades pero que «no hicieron caso».

Vivimos en un planeta finito, cuyos recursos son limitados, y deberíamos comprender que la sobreexplotación de los mismos está acelerando el calentamiento global y que las consecuencias son irreversibles. Tenemos que aprender a escuchar a la Tierra y a producir de forma sostenible de acuerdo a nuestras necesidades, porque sino acabaremos secando todos los lagos y deforestando todas las selvas y… ¿qué comeremos entonces?

¡Que viene el lobo!

Artículo publicado el 10 de diciembre de 2015 en El diario.es Cantabria.

U

Una vez un ganadero de La Vall de Boí (Lérida) me contó que lo habían invitado a un debate de la televisión catalana sobre la reintroducción del oso. En un momento dado él dijo: «¿Queréis oso en los Pirineos? Pues yo tiburón blanco en La Barceloneta».

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