Este fin de semana, 7 y 8 de noviembre, Mallata participará en la emisión especial en aragonés y catalán que organiza Radio Topo y que ya va por su quinta edición. D’estrela a estrela busca ser un espacio desde el cual acercar las lenguas minoritarias de Aragón a la sociedad, demostrando que se puede hacer radio en cualquier idioma. Esta emisión nació en 2011 como conmemoración de la firma de la Carta Europea de las Lenguas Minoritarias.
El programa especial que emitirá Mallata se podrá escuchar el sábado 7 a las 14 horas y contará con la presencia de la etnógrafo Félix Rivas, quién nos acercará al mundo pastoril y a su importancia en la cultura aragonesa.
La emisión completa de esta quinta edición del D’estrela a estrela podrá oirse en directo a través del streaming de Radio Topo, y en el 101.8 de la FM zaragozana. La semana que viene lo compartiremos en este blog para quienes no puedan escucharlo en directo. Además, podrá seguirse en las redes sociales con el hashtag #estrela5.
Yo tendría 12 ó 13 años, incluso menos, pero aquella pancarta en la plaza del Pilar se me quedó grabada en las retinas y nunca la podré olvidar. Fue durante una manifestación contra el famoso Plan Hidrológico Nacional, cuando miles de aragoneses unidos pedíamos juntos que no se hiciera el trasvase, y así, a ixena, lo conseguimos. Y no, no lo hacíamos porque fuéramos insolidarios, como nos tachaban desde algunos medios estatales, sino porque sabíamos las consecuencias que tienen los pantanos, consecuencias que hemos vivido en nuestras propias carnes, al igual que hemos vivido, y vivimos, los efectos del secano.
Con 16 años tuve la oportunidad de entrevistar junto con dos compañeros de clase a Pedro Arrojo, sus palabras también me marcaron “cuando se hacen pantanos, los sedimentos que arrastra el río se acumulan en el fondo del embalse, y deja de llegar arena a las playas“ y ponemos obstáculos a las especies que han vivido siempre ahí, haciendo disminuir la biodiversidad. Tan sencillo, tan obvio, que no entendía porque los políticos insistían en esas políticas tan absurdas. Con esa edad descubrí dos de mis novelas favoritas: Imán y O bolito d’as sisellas. La primera, de Ramón J. Sender, una preciosa novela de 1930 donde su protagonista vuelve a casa después de una guerra y se encuentra con que no hay casa, ni pueblo, sino un pantano; la segunda, de Ánchel Conte, narra la experiencia del último verano de un adolescente en su pueblo antes de que lo inunden para construir un embalse. ¡Qué triste, y cuánto dice de Aragón que dos novelas escritas con 70 años de diferencia por dos personas del mismo pueblo tengan un mismo final!
Hoy, 85 años después de aquella novela de Sender, seguimos exactamente igual. El gobierno piensa que el desarrollo es echar a la gente de sus casas para construir pantanos, ignorando los informes geológicos, ignorando que tenemos ya demasiados pueblos vacíos como para echar a la gente que vive feliz en los que quedan vivos, ignorando los deseos de esas personas de vivir en las casas que levantaron los abuelos de los abuelos de sus abuelos e imputándolos por negarse a irse de ellas, ignorando que no necesitamos esos pantanos para nada.
El pasado fin de semana, el programa Salvados dedicó su espacio a Jánovas, porque hay algo aún más doloroso que que te echen de tu pueblo para hacer un pantano: que te echen de tu pueblo tirándote los muebles por la ventana para que te vayas con el fin de hacer un embalse, que luego no lo hagan y, además, te nieguen el derecho a volver a tu casa, como pasó en Jánovas.
Tendríamos que recordar lo que nos hizo salir en contra del PHN y salir todos a pedir que los vecinos de Jánovas puedan volver a su pueblo y que los de Artieda no se tengan que ir jamás.
Ojalá los políticos se enteraran, como dice una de las canciones de La Ronda de Boltaña, de “que la tierra es de sus hijos, el agua de todos, y los ríos son del mar“, para no tener que volver a leer nunca más esa pancarta que decía “¿Tu madre tiene pueblo? A la mía se lo inundaron“.
Reconozco que las matemáticas nunca fueron mi fuerte, pero es que por más que hago números, no me salen las cuentas. Quizás lo que aprendí durante la carrera sobre nutrición animal y fisiología sea mentira o tal vez existan fórmulas mágicas que consigan que las vacas produzcan leche sin alimentarse. No lo sé, pero leo las ayudas publicadas en el BOE el pasado 28 de septiembre, y no entiendo nada. El Gobierno español destinará un fondo de 20 millones de euros para, supuestamente, paliar la crisis del sector lácteo. Sin embargo, solo podrán «beneficiarse» de dichas ayudas aquellas ganaderías que reciban por cada litro menos de 0,285 euros. Es decir, no se ayuda a los productores, sino a la industria láctea, que es la que pone los precios.
Quizás la culpa sea mía, que falté a clase el día que explicaron la fórmula mágica, pero que alguien me explique qué beneficio saca un ganadero que vende el litro de leche a esos precios, si tiene que pagar el pienso, el forraje, el veterinario, la luz, el agua… Eso sí, por el lado de la industria y de los intermediarios las cuentas me salen. La verdad es que de vez en cuando me paseo por el pasillo de la leche UHT y por las neveras de la pasteurizada del supermercado, y me pongo de mala leche, no puedo evitarlo, pero alguien se aprovecha de los consumidores y de los productores, y nadie hace nada.
La leche es el alimento más completo que existe desde el punto de vista nutricional, y gracias a las subvenciones podemos adquirirla a precios muy por debajo de los costes reales de producción. En Cantabria, además, existen iniciativas que permiten la compra directa de leche a los productores, y a precios por debajo de los de los supermercados: mientras que comprar 1,5 litros de leche pasteurizada a ganaderos cántabros cuesta entre 1,20 y 1,40 euros, en el supermercado el precio está entre los 1,60 y 1,70 euros. Hay máquinas expendedoras por todo Cantabria, e incluso ganaderos que hacen distribución a domicilio.
Los ganaderos cántabros son los más afectados por la crisis del sector lácteo, entre otras cosas, por la falta de cooperativas. Es necesario acortar distancias entre productores y consumidores y dar valor añadido a este producto. Es necesario que visitemos explotaciones ganaderas y conozcamos de primera mano uno de los principales pilares económicos de Cantabria. Si el sector lácteo se hunde, nos hundimos todos.
Fauna, flora y prados verdes con vacas son algunas de las cosas que alguien espera encontrar en el entorno de un Parque Nacional, aunque no sólo eso, los turistas también buscan en estos parajes productos únicos que llevarse consigo. Además, la transformación artesanal es una forma de dar valor añadido a la producción agroganadera, y de fijar población en zonas rurales desfavorecidas, es decir, que si un ganadero en vez de producir leche, transforma esa leche en queso, o en vez de vender lana, vende directamente bufandas, el valor de ese producto aumenta, por otro lado, hace que los productores no sean tan dependientes de los precios del mercado.
Sin embargo, a día de hoy, este tipo de producción está limitada en Aragón, puesto que las exigencias que se piden son las mismas en el caso de una producción artesana que de una gran industria. Desde la Fundación para la Conservación del Quebrantahuesos (FCQ) y el Ayuntamiento de L’Aínsa-Sobrarbe consideran que es necesario que el Gobierno de Aragón regule la producción artesanal alimentaria y aplique criterios de flexibilización sin cuestionar las exigencias en materia de seguridad alimentaria, dado que, señalan, “no es razonable que el diseño y explotación de una quesería artesanal tenga que atender a requisitos y exigencias propiamente industriales”.
Con la finalidad de conseguir desarrollar esta actividad en Aragón, la FCQ y el Ayuntamiento de L’Aínsa-Sobrarbe mantuvieron una reunión el día 21 de octubre una reunión con el Consejero de Desarrollo Rural y Sostenibilidad, en la cual le propusieron conseguir la aprobación institucional y política de una legislación sobre artesanía alimentaria vinculada a explotaciones agrícolas y ganaderas en Aragón.
Aún es de noche, pero el gallo ya ha empezado a cantar. Lleva toda la vida escuchándolo -no al mismo, sino a toda la saga de gallos que han habitado el gallinero de casa desde que nació-, y ahora, no lo soporta más: día que canta el gallo es día que sigue vivo. “Cualquier día le retuerzo el cuello”, piensa, pero sabe que seguirá amaneciendo, y que, en realidad, el pueblo está ya bastante silencioso como para acabar con el último resquicio de vida que queda en él. Le cuesta aceptar que los pocos que quedaban se hayan muerto, y aún siguen en la era la caja, la banqueta y la silla, ahora rota, donde pasaban las tardes sin hablar, pero en compañía.
El pasado 15 de octubre se celebró el día de las mujeres rurales, esas trabajadoras invisibles que alimentan el mundo. Sin embargo, a pesar del trabajo y la responsabilidad que cargan a diario sobre sus hombros, y aunque representan una cuarta parte del conjunto de la población mundial, son las grandes olvidadas. De hecho, ni siquiera en su día lograron colarse en las portadas de los periódicos para recordar al mundo que sus manos dan calor al marginado medio rural.
La verdad es que se me cae el alma a los pies cada vez que veo el machismo generalizado de la sociedad en la que vivimos, y como ese patriarcado es aún más fuerte en el ámbito rural. En el año 2015 lo sufrí en mis propias carnes, cuando me excluyeron de un proceso de selección de un empleo de veterinaria por el sólo hecho de ser mujer, así me lo hizo saber la telefonista –mujer- “es que queremos que sea hombre”, me dijo, y me quedé congelada. Sigo sin entender qué extraña relación hay entre el cromosoma Y y dar asistencia veterinaria en una granja de gallinas. Pero por desgracia, es algo generalizado. Siempre pensamos en hombres cuando pensamos en ganaderos o en agricultores, y cuando la prensa tropieza con una mujer que se dedica a estas profesiones, la entrevistan como si estuviesen ante un hecho insólito que no se sabe cuándo volverá a repetirse. El asombro es aún más acentuado si la mujer se dedica al caso de la ganadería: como si una fémina no pudiese sacar a pastorear a las ovejas o llevar una explotación por el simple hecho de ser mujer.
Sin embargo, la ONU señala que en los países en vías de desarrollo las mujeres rurales representan el 43% de la mano de obra agrícola y producen la mayor parte de los alimentos disponibles. Además, cabe señalar que el 76% de la población mundial que se encuentra en situación de extrema pobreza vive en zonas rurales. Si todas esas mujeres se uniesen para plantar cara a las injusticias que padecen, si decidiesen declararse en huelga, y no tuviésemos que comer, entonces, el mundo vería que no somos nada sin ellas, y que están mucho más presentes de lo que nadie imagina.
Hace falta un empoderamiento del medio rural, que deje de estar subordinado a las necesidades urbanas y que las decisiones que le afectan dejen de emitirlas quienes no han pisado nunca el campo, desde unos despachos muy céntricos y elegantes, en ciudades muy grandes, desde donde, a pesar de los grandes ventanales, ni siquiera se intuyen las huertas, ni los tractores, ni se oye cantar a los gallos anunciando el amanecer. Pero ese empoderamiento rural no será sin el empoderamiento de las mujeres. Porque nosotras somos la sístole que hace latir la tierra.
Recuerdo que cuando cursaba en la carrera la asignatura optativa Patología de la nutrición de grandes animales y de granja, el profesor nos contó en una de las clases que en las explotaciones de ovino en las que trabajaban mujeres, el índice de mortalidad de los corderos era mucho menor, ya que estaban más pendientes de encalostrarlos, darles el biberón cuando la madre no los amamantaba, y separarlos en cuanto había algún caso de diarreas. «Quizás se deba al instinto maternal», nos decía, o quizás, simplemente, a que se toman más en serio su trabajo.
El caso es que la mujer ha sido siempre la gran olvidada, en el medio rural y fuera de él. Siempre detrás de los hombres, y siempre con todas las faenas a la espalda. Cuando hice el estudio sobre Etnoveterinaria del Valle de Tena y Tierra de Biescas, la mayoría de las mujeres mayores a las que entrevisté, dejaban que fuesen los hombres quienes hablasen, y, si acaso, si veían que ellos no estaban diciendo algo que ellas sabían, se les escapaba de la boca alguna palabra. Cuando a continuación les preguntaba mirándolas a ellas y exclusivamente esperaba su respuesta, nerviosas, me decían, «que te conteste él, que sabe más, que ha estado siempre en el campo». Sin embargo, aunque no quieran reconocerlo, son las mujeres rurales las que nos han transmitido el patrimonio cultural y gracias a quienes se ha conservado.
A pesar de que siempre sean ellos quienes den la cara, en quienes pensamos cuando hablamos de ganadería y agricultura, los que salen en los reportajes y en las entrevistas, y, muy a menudo, los que tienen a su nombre la explotación agraria; son las mujeres las que se han hecho cargo de la casa y las que han criado a los hijos. Las que salían a llevar la comida, se hacían cargo de la huerta, de los animales que había en casa, las que, además, se dejaban la piel en el campo siempre que era menester. Es más, hay quien para recolectar ciertas frutas, sólo contrata mujeres, por ser más cuidadosas. Lo mismo pasa en muchas ganaderías, donde sólo se fían de mujeres para ordeñar a sus vacas.
Son las mujeres quienes fijan población en el medio rural y le dan continuación. En definitiva, las que dan vida a un entorno olvidado y moribundo.
Gracias, mujeres rurales. Todos los días deberían ser vuestro día.
Los próximos 5 y 6 de noviembre se celebrará en Ax-les-Thermes (Midi-Pyrénées) el simposio europeo «Jornadas sobre agricultura campesina de montaña», organizado por la Confederation Paysanne de l’Ariège y la Confereration Paysanne National.
En el encuentro se hablará del papel y los retos de la agricultura familiar de montaña, y se compartirán experiencias entre agricultores montañeses, tanto franceses como de zonas vecinas. Por otro lado, se desarrollarán cinco talleres temáticos, en los que participará, entre otros, la Escola de Pastors de Catalunya, que tratarán el papel de la agricultura en la montaña, las producciones no pastorales, la valorización de los productos, el futuro del pastoralismo y la instalación-transmisión. Estos talleres permitirán el intercambio y desarrollo de propuestas. Además, se visitarán varias fincas para poder conocer la realidad del sector sobre el terreno.
El ministro de Agricultura francés, Stéphane Le Foll, y numerosos funcionarios electos, han asegurado su presencia en el debate y el intercambio durante los dos días que duran las jornadas.
Para participar, sólo hay que rellenar este formulario.
Cuando vivía en Cochabamba (Bolivia), una vez fui con unos amigos a un supermercado en la zona norte de la ciudad. Era un supermercado dirigido a la clase alta, al estilo de los hipermercados europeos. Paseándome por los pasillos, me detuve durante un rato largo en el de los dulces. Había nutella, tabletas de chocolate… y otras delicias que hacía tiempo que no veía. La que más me llamó la atención, fue la leche condensada, y no porque echara de menos su sabor, sino porque era increíblemente barata. Lo más curioso es que era holandesa. ¿Cómo podía costar 1€ una lata de leche condensada importada de los Países Bajos? Reconozco que me dio un escalofrío y por mi mente se derramaron los litros y litros de leche que Nestlè, y otras multinacionales, vendieron en forma de leche en polvo a países latinoamericanos y africanos tras el accidente nuclear de Chernobyl por estar prohibido el consumo de este producto contaminado en Europa.
Sin embargo, la leche condensada que yo tuve entre mis manos no estaba prohibida en Europa, simplemente, estaba altamente subvencionada por la Unión Europea gracias a la Política Agraria Común (PAC) y por eso tenía un precio de venta tan bajo. Pero para entender esto, primero, tenemos que conocer un poco más sobre la más famosa de todas las políticas europeas. Resulta que la PAC nació en el seno de una Europa de postguerra en la que la producción agropecuaria se había visto disminuida y el abastecimiento de alimentos estaba en peligro, en unos años de grandes migraciones del campo a la ciudad. Con este panorama, no hubo más remedio que desarrollar medidas que favoreciesen la producción agrícola, garantizando un suministro estable a los consumidores, para lo cual, había también que asegurar unos precios elevados a los agricultores. Las medidas fueron tan eficaces, que la UE no sólo alcanzó su autosuficiencia alimentaria, sino que, en los años 80, el problema pasó a ser la sobreproducción y la solución terminó siendo exportar el exceso de productos de origen agroganadero a terceros países.
En este punto es donde se cruza la historia de la PAC con la de mi leche condensada, y donde comienzan los problemas y una historia muy turbulenta. Resulta que a la UE no le gusta tirar la comida, pero también da la casualidad de que los países en vías de desarrollo producen alimentos mucho más baratos que los europeos, así que si Europa no quiere tirar cantidades ingentes de comida tiene dos opciones: producir menos o venderlas a un precio muy inferior al de producción a terceros países, y Europa opta por la segunda. Esta decisión provoca en los países receptores una disminución de la producción local (porque los agricultores no pueden competir con los precios tirados de los productos subvencionados europeos) y, a su vez, grandes desplazamientos de campesinos hacia las ciudades.
Para garantizar la producción local, algunos países optaron por proteger a sus agricultores poniendo aranceles a la importación de productos europeos, pero Europa respondió amenazando a aquellos países que tratasen de impedir las importaciones europeas con perder los préstamos y las ayudas en materia de cooperación que les da la Unión Europa, obligándoles de esta manera a comprar comida europea y perdiendo su autosuficiencia.
Puede resultar curioso que, a pesar de la sobreproducción, la UE siga subvencionando los productos agrícolas para competir con países donde los costes son más bajos, y, sin embargo, no proteja de la misma manera a otros sectores que desplazan sus industrias a terceros países para abaratar los costes de producción. Lo que pasa es que el sector primario es primario por algo, quiero decir, que llegado un momento de escasez o de guerra, en el que los países cerraran fronteras, podríamos sobrevivir sin un montón de cosas, pero no podríamos sobrevivir sin comida. Dice la frase popular “piensa mal y acertarás” y, si pensamos mal, resulta que la UE está consiguiendo que muchos países sean dependientes de ella en materia agroalimentaria. Resulta que los efectos de que un país cierre fronteras a la venta de productos europeos (como pasó el año pasado con el veto ruso) implica para la UE tener una gran cantidad de producto por el que ha pagado grandes cantidades para producirlo y que al que no pueda dar salida. Sin embargo, al revés, las consecuencias son mucho más nefastas. Si la UE cerrase de pronto la venta de productos agrícolas a un país al que ha obligado a ser dependiente de ella, se vería afectado por el hambre, dado que la mayoría de sus productores han abandonado las labores agrícolas y tendrían que empezar de cero en la producción, lo que llevaría un tiempo hasta la autosuficiencia y no podrían garantizar el abastecimiento de alimentos a toda su población.
Dos mujeres ordeñan una vaca en una granja boliviana.
En Bolivia, el sector lácteo local intenta asomar la cabeza en un país en el que no hay tradición de consumir este producto y donde Perú y Europa intentan imponerse. Para rebelarme contra la leche condensada europea, decidí pasarme al mate de coca, de producción y tradición local y apoyar a los ganaderos y agricultores bolivianos que luchan por vivir de su tierra. Pero hay países en situaciones mucho peores que Bolivia, donde sus labradores se han cansado de luchar, y han abandonado la azada por el humo de grandes ciudades. Países condenados a depender de Europa, hasta que en Europa digamos basta.
De todos los movimientos especulativos que se mueven a nuestro alrededor, probablemente el más cruel sea el de la alimentación. No sabemos nada de los alimentos que consumimos, y no sabemos nada de los alimentos que subvencionamos, porque la PAC, que supone un 40% del presupuesto de la UE, la pagamos todos.