Nosotras somos semilla

Hace meses que quería escribir este post.

Lo he ido dejando –como se dejan tantas cosas importantes– por lo que se suelen dejar las cosas siempre: por falta de tiempo.

El ritmo del día a día —el trabajo, la crianza, la comunidad, el propio libro— ha hecho que invirtiese mi tiempo en otras cosas, en otros espacios, en otros lugares. Y en medio de todo eso, no encontraba el huequito para escribir este post. Ese pequeño espacio –ese pequeño lugar– donde una puede sentarse, respirar, y mirar de frente lo que le está pasando.

Porque, después de tres meses maravillosos a la par que frenéticos en los que me están pasando cosas increíbles, empiezo a ser consciente de que este libro me está pasando.

Y, por fin, ha llegado la primavera.

Y la primavera, ya sabéis, tiene algo de permiso. De tregua. De darte la energía necesaria para decirte: ahora sí.

Porque estoy convencida de que ha sido la primavera la que me ha traído un esguince para que parara un poquito. La que me ha dejado (re)posarme, como deja a las mariposas posarse en sus flores.

Y aquí estoy. Compartiendo —tres meses más tarde— que he conocido a 39 mujeres maravillosas. Treinta y nueve.

Con sus historias. Con sus territorios. Con sus formas de cuidar la vida.

Mujeres que siembran, que resisten, que sostienen. Mujeres que no salen en los mapas, pero que sostienen el mundo.

Las he escuchado. Las he sentido. Las he llevado conmigo durante meses.

Y sus semillas han germinado en mí.

Porque eso es lo que hacen las historias cuando se escuchan con el cuerpo: se convierten en raíz.

Este libro nace de ahí: de sentarse a escuchar, de dejar que otras voces ocupen el centro, de entender —una vez más— que cuidar la tierra es cuidar la vida.

Que alimentar no es solo producir comida, sino sostener el mundo. Que muchas veces son manos de mujer —desde el silencio— las que están haciendo ese trabajo invisible.

Nosotras somos semilla recoge esas historias.
Historias que vienen de América Latina, de Norteamérica, de África, de Asia, de Europa, de Oceanía.
Historias que atraviesan montañas, ríos, desiertos y pueblos pequeños.
Historias que hablan de lucha, sí, pero también de ternura, de comunidad, de esperanza, de futuro.

No es un libro solo para leer. Es un libro para dejar que te pase. Para que algo dentro de ti también germine. Para que, cuando lo cierres, mires la tierra —y la vida— de otra manera.

Además, los beneficios de la autoría de este libro regresan a la tierra, ya que se donan íntegramente a la ONG Justicia Alimentaria.

Porque quizá de eso va todo esto.

De cambiar la forma en que miramos.
De aprender a ver lo que antes era invisible.
De reconocer que hay mujeres, en muchos lugares del mundo, que ya están sembrando el futuro.

Y de darte cuenta de que tú también eres semilla.

Más de cerca

Por si os apetece acercaros, acuerparnos, vernos, alibrarnos y liberarnos. Os comparto un dossier con información sobre el libro, así como los lugares por los que voy a sacar a pastorear este libro, llenando de semillas el territorio.

Y también, por si queréis indagar más, os dejo todo el jardín que he ido sembrando en distintos medios.

Pincha aquí para abrir la presentación en una nueva pestaña.

Destacando el papel vital de las mujeres en la construcción de un futuro resiliente para nuestros sistemas alimentarios

Artículo publicado originalmente en inglés en el blog de Datamars Sustainability Foundation el 15 de octubre de 2025. Disponible aquí. 

Cuando hablamos de agricultura a nivel mundial, la imagen que suele venirnos a la mente es abrumadoramente, y de forma estereotipada, masculina: el hombre en el tractor, el terrateniente eligiendo el cultivo, el científico impasible presentando resultados en una conferencia. Sin embargo, cuando nos damos una vuelta por los campos, los mercados o las reuniones comunitarias que mantienen viva la vida rural, la realidad es otra: las mujeres están en todas partes. Son diversas en sus orígenes y funciones, a menudo invisibles en las estadísticas, pero indispensables en la práctica.

En la agricultura regenerativa, esa invisibilidad empieza poco a poco a romperse. Las mujeres no solo cultivan o apoyan las explotaciones familiares; están rediseñando la propia idea de lo que significa cultivar. Experimentan con prácticas que mejoran la salud del suelo, crean redes locales de apoyo y vinculan la producción de alimentos con el cuidado —de las familias, las comunidades y los ecosistemas.

En muchos contextos rurales, el cuidado es el hilo invisible que lo conecta todo. Las mujeres rurales son a menudo quienes cuidan tanto de las personas como de los paisajes, y al hacerlo, también cuidan de los animales que los sostienen y regeneran. Desde el manejo de pequeños rebaños hasta la gestión de fincas integradas, el trabajo de las mujeres encarna la comprensión de que los ecosistemas sanos dependen de la armonía entre suelo, plantas y animales.

El impacto real y potencial de las mujeres en la agricultura regenerativa

El contraste es evidente: a nivel mundial, las mujeres representan una parte significativa de la fuerza laboral agraria, pero a menudo carecen de acceso equitativo a la tierra, los recursos y el poder de decisión. Según la FAO, las mujeres constituyen aproximadamente el 36 % del empleo agrícola en todo el mundo. Sin embargo, ganan menos: en promedio, las mujeres empleadas en el sector agrario cobran un 18,4 % menos que los hombres, según el informe Estado de las mujeres en los sistemas agroalimentarios 2023 de la FAO.

Este desequilibrio no solo refleja desigualdad; también representa un potencial desaprovechado. Las prácticas regenerativas prosperan con la diversidad, la resiliencia y la visión a largo plazo, precisamente las cualidades que las agricultoras y líderes aportan de manera constante.

Pensemos en las mujeres que introducen rotaciones de cultivos donde antes dominaban los monocultivos, o en aquellas que convencen a las cooperativas para reducir el uso de productos químicos y restaurar la biodiversidad. Su labor rara vez aparece en los titulares, pero deja una huella profunda en nuestros paisajes: suelos más sanos, comunidades rurales más fuertes y nuevas oportunidades para las generaciones más jóvenes.

Rompiendo barreras: acceso, equidad e innovación

Por ejemplo, el programa Empoderamiento de las mujeres a través de la agricultura resiliente al clima en África Occidental y Central (dirigido por ONU Mujeres) ayuda a las mujeres a acceder a la tierra, la financiación y los mercados. Como resultado, las mujeres han liderado la adaptación en sus comunidades, impulsando una mayor productividad, ingresos más altos y comunidades más resilientes. En otro caso, el programa Groundswell West Africa AE+6 descubrió que la integración de prácticas agroecológicas junto con estrategias para empoderar a las mujeres fortaleció notablemente la resiliencia de los sistemas agrarios en tierras secas y mejoró los medios de vida familiares en el Sahel.

Mientras tanto, en otros países, como Estados Unidos, las explotaciones agrícolas y ganaderas dirigidas por mujeres están transformando la agricultura convencional. Están recuperando tradiciones indígenas, afroamericanas, latinas y asiáticas que preceden a la agricultura industrial, adoptando prácticas regenerativas y catalizando cambios más amplios en los sistemas alimentarios locales. Estas mujeres destacan por fomentar la colaboración, la empatía y la visión a largo plazo, al tiempo que contribuyen a suelos más saludables y sistemas alimentarios más resilientes.

Apoyar a las mujeres = más regeneración

Apoyar a las mujeres en la agricultura regenerativa no es solo una cuestión de justicia. Es una cuestión de eficacia. La investigación demuestra que cuando las mujeres pueden tomar decisiones transformadoras, adoptar estrategias resilientes al clima y controlar los recursos, mejoran el bienestar y la sostenibilidad.

Ante los desafíos del cambio climático y la inseguridad alimentaria, conviene mirar con más atención quién está liderando y quién está imaginando alternativas. Muchas de ellas son mujeres, arraigadas en los ritmos cotidianos de la vida agraria, pero con la valentía de imaginar un futuro resiliente para los sistemas alimentarios locales y regionales. No están esperando permiso. Están regenerando, aquí y ahora.


Mujeres rurales: raíces del presente y futuro de nuestros pueblos

Cada 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer nos invita a reflexionar sobre los avances conseguidos, pero también sobre los retos pendientes en materia de igualdad. En este episodio de Mallata en La Cadiera, ponemos el foco en quienes, históricamente invisibilizadas, sostienen los pilares de nuestras comunidades rurales: las mujeres del medio rural.

Te invito a escuchar el último episodio del podcast.

Puedes escuchar más episodios de la sección de Mallata en La Cadiera de Aragón Radio en la web de Aragón Radio, en ivoox o en spotify. ¡No olvides suscribirte para no perderte los próximos episodios! 🙂

 ‍ ¿Por qué visibilizar a las mujeres rurales?

Las mujeres rurales han sido guardianas de la tierra, del hogar, del saber ancestral y del tejido comunitario. Sin embargo, muchas veces su trabajo ha sido infravalorado o directamente ignorado. En este 8M, hablar de ellas es darles el lugar que siempre han merecido, como motor esencial para la sostenibilidad, la fijación de población y la conservación del conocimiento ecológico

 Desigualdad aún persistente

Aunque representan casi el 49 % de la población rural en España, solo el 30 % son titulares de explotaciones agrarias. Obstáculos como la propiedad de la tierra, la falta de formación específica, el acceso limitado a financiación o la escasez de servicios públicos son algunas de las razones por las que muchas mujeres jóvenes se ven obligadas a abandonar sus pueblos

 Sabiduría que cuida el territorio

Las mujeres han sido y siguen siendo las principales transmisoras del conocimiento ecológico tradicional: el uso de plantas medicinales, la conservación de alimentos, el manejo sostenible de la tierra y la ganadería, la gestión del agua o la diversidad de cultivos. En tiempos de crisis climática, perder estos saberes sería perder herramientas claves para la resiliencia.

 ¿Quién fija población en el medio rural?

Son muchas veces las mujeres quienes deciden si quedarse o irse. Cuando hay escuelas, centros de salud, acceso a vivienda y oportunidades laborales para ellas, los pueblos viven. Pero cuando estos recursos faltan, el despoblamiento avanza. Apostar por el desarrollo rural pasa necesariamente por crear condiciones que retengan y atraigan a mujeres.

 ️ Proyectos que transforman

La entrevista a Cecilia Falo, cofundadora del proyecto Reviviendo, nos acerca a una de esas iniciativas que está cambiando el panorama rural. Desde Torralba de los Sisones (Jiloca), Cecilia trabaja para recuperar viviendas vacías y facilitar que nuevas personas —muchas de ellas mujeres— puedan establecerse en el mundo rural.
Porque sin acceso a vivienda digna, no hay posibilidad de futuro en los pueblos.

 ¿Qué necesitamos?

  • Políticas que garanticen el acceso a la tierra y a la titularidad de explotaciones.

  • Mejora de servicios públicos básicos en el entorno rural.

  • Apoyo al emprendimiento femenino y a redes de colaboración.

  • Apuesta por el acceso a la vivienda asequible y la conectividad digital.

  • Valorar el rol de la mujer no solo como cuidadora, sino como lideresa y motor de cambio.

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Trabajadoras de la tierra: doblemente invisibles garantizan la seguridad alimentaria

Publicado originalmente en El Español, el 15 de octubre de 2024.

Un año más, al llegar al ecuador del mes de octubre conmemoramos el Día Internacional de las Mujeres Rurales, una fecha que subraya la importancia de las mujeres en las zonas rurales y su contribución fundamental a la seguridad alimentaria, la gestión de la tierra y el desarrollo sostenible.

Con todo, a pesar de su relevancia, las mujeres que vivimos en zonas rurales seguimos enfrentando una realidad marcada por la desigualdad de género y la falta de reconocimiento. De hecho, la mayoría de la sociedad visualiza hombres cuando piensa en quienes trabajan el campo. Y, sin embargo, la mitad son mujeres, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, en sus siglas en inglés).

Es más, una de cada tres mujeres en el mundo trabaja produciendo alimentos y una de cada cinco lo combina con otras actividades no remuneradas como el trabajo doméstico y el cuidado de familiares, añade la coalición Por Otra PAC —a la que pertenece Justicia Alimentaria—. En resumen, no solo son una parte fundamental en la seguridad alimentaria, sino que también fijan población en un entorno rural que, solo en España, supone más del 80% del territorio.

Las desventajas con respecto a los hombres van desde la propiedad de la tierra hasta el acceso a recursos financieros y ayudas públicas, como la Política Agraria Común (PAC). Esta es la partida presupuestaria con mayor presupuesto de la Unión Europea y es uno de los subsidios fundamentales para, en principio, lograr rentas dignas en las personas agricultoras. Pero parece que no tanto si se es mujer. Según datos de Por Otra PAC, las españolas reciben el 27% de las ayudas directas, frente al 73% que perciben ellos. Una diferencia que se debe en parte a un problema estructural e histórico: el desigual acceso a la tierra.

El dinero público de la PAC lo recibe la persona propietaria de la explotación agraria y, en gran parte, depende de la superficie que tenga: cuanto más grande, más percibe. En España, no llega al 30% las mujeres que son titulares de unidades agrarias, frente al 70% que gestionan los hombres. Además, las propiedades en manos de ellas suelen ser más pequeñas.

El Plan Estratégico de la PAC (PEPAC) -que establece el marco normativo para vehicular esta ayuda comunitaria en España- ha introducido algunas medidas con la intención de reducir estas desigualdades. Entre ellas, destaca el incremento del 15% en las ayudas para mujeres jóvenes que se incorporan al trabajo agrario. Sin embargo, estas iniciativas, aunque bien intencionadas, no parecen ser suficientes para cerrar la brecha de género en el campo.

Por ejemplo, no tendrá un impacto en las mujeres rurales de más de 40 años, que siguen siendo las más invisibilizadas. Tampoco mejorará la situación de las que no son titulares de las explotaciones, muchas de ellas migrantes, y, por tanto, triplemente invisibilizadas: por ser mujeres, por ser rurales y por ser migrantes. Por tanto, aunque se promueven medidas específicas, se necesita un enfoque más amplio y ambicioso para abordar las desigualdades de género en el medio rural.

Además, estas medidas, deberían ir acompañadas de proveer a los medios rurales con más servicios. Porque, al ser las principales cuidadoras, ellas son las que más padecen la falta de hospitales, de centros de día, de escuelas infantiles, de transporte público y de carreteras adecuadas. Y esa falta de recursos, al final, repercute en tener que reducir sus jornadas laborales, limitar sus posibilidades de ascenso y, en muchos casos, conduce a la renuncia y al abandono laboral.

En definitiva, como recoge el manifiesto Por un feminismo de hermanas de tierra de este 2024, «urge un cambio de modelo, uno que ponga en el centro la vida, la conservación del territorio y la biodiversidad, que nos alimente con comida sana y que no nos enferme, y en el que todas las personas que trabajen en él tengan condiciones de vida dignas«. Y eso solo podemos alcanzarlo en una sociedad informada y dispuesta a actuar de una manera diferente y a pedir políticas públicas que visibilicen y apoyen suficientemente a la mujer rural.


Por un feminismo de hermanas de tierra (2024)

Un marzo más, tras un invierno casi ausente debido a las altas temperaturas que provoca la emergencia climática, nosotras volvemos a alzar la voz para contar lo que nos atraviesa.

Este año tenemos que empezar hablando de Palestina, una tierra que lleva décadas siendo expoliada y que ahora sufre un genocidio por parte del Estado de Israel. La población civil de Gaza está siendo víctima de bombardeos, hambruna y enfermedad. Así también se destruye un pueblo, negando el acceso a la tierra y a su soberanía alimentaria. Nos duele Palestina: es insoportable ver cada día imágenes del genocidio en las pantallas y continuar con nuestras vidas como si nada. Desde nuestros pueblos exigimos un alto al fuego y una Palestina libre para sus habitantes.

Por ellas, por las mujeres de Palestina, que resisten y luchan contra la ocupación y que, como pueden, cuidan de sus familias y sus comunidades intentando que llegue algo de alimento y agua, protegiendo, sobreviviendo, amparando, en una guerra declarada contra la tierra y la vida.

Hermanas de tierra,
vivimos días convulsos, con tractoradas en las calles; parte del campo se moviliza. El eco de las protestas da de lleno en una mirada paternalista, condescendiente y muy ligada a la ciudad. Una mirada y una manera de contarnos, reduciéndonos a un solo tipo de campo y de relato. Por supuesto, somos conscientes de los intereses que responden a esa apuesta comunicativa, y nos preocupa la confusión que ello genera. ¿Qué se reivindica? ¿Quiénes lo hacen? ¿Quiénes lo pueden hacer? ¿Desde qué lugares se hace? En el manifiesto de los ‘Levantamientos de la Tierra’, de los movimientos franceses por la defensa del territorio, leíamos que la ecología será campesina y popular o no será. Añadimos que nuestro campo, el campo que estamos construyendo, será agroecológico y popular o no será. Queremos que lo componga el campesinado y no la agroindustria. Urge un cambio de modelo, uno que ponga en el centro la vida, la conservación del territorio y la biodiversidad, que nos alimente con comida sana y que no nos enferme, y en el que todas las personas que trabajen en él tengan condiciones de vida dignas. Creemos firmemente que es en la propuesta agroecológica donde cabemos todas. La totalidad del territorio funciona de manera acompasada, respetando los límites de nuestros bienes naturales, tejiendo una red afectiva, sociocultural y económica a través de los alimentos que generamos y consumimos; a través del reconocimiento de la valoración y el cuidado mutuo entre las personas que alimentan y las que son alimentadas. Estamos hartas de discursos de odio que señalan como enemigo al igual, y nos dejan sin energía para denunciar el sistema que nos quiere enfrentadas. Todas somos hermanas, y pensamos que, desde el respeto, la honestidad y el apoyo mutuo podremos hacer un medio rural vivo, diverso, en el que podamos estar todas. Sería importante hacer el ejercicio de preguntarnos cómo nos gustaría alimentarnos y saber qué nombres, historias y vidas trae consigo nuestro plato de comida. Creemos que es urgente la redignificación de las personas que trabajan haciendo posible nuestra alimentación. Vivimos en un sistema donde la comida se tira como si nada, en el que no se valora el acto de comer y donde muchas veces llenamos el carrito de la compra de manera mecánica, sin pensar en qué hay detrás de cada alimento que cogemos. Por supuesto, no queremos caer en el discurso que culpabiliza. Somos conscientes de la comida que llega a los supermercados, del tiempo que hace falta para comprar de forma consciente y para cocinar, y del sistema en el que estamos que nos precariza y agota. Reivindicamos el derecho a la imaginación. Queremos no dejar de imaginar, formar parte de discursos en los que sean deseables otros mundos. Una política del deseo que vaya mucho más allá del afán de consumir (sea lo que sea, siempre más, siempre inmediatamente). Queremos discursos que generen esperanzas, que rompan con la superioridad moral ligada a las academias y los centros.

Hermanas de tierra, seguimos aquí las que, en ocasiones, no podemos permitirnos ni salir a la calle ni protestar. Seguimos las atadas a una cama o a un sillón, sin opción al más mínimo movimiento. Las excluidas, las etiquetadas por vivir otras maneras de sentir, de hacer o decir. Seguimos las rechazadas por tener un diagnóstico psiquiátrico, las que cobramos menos en un mismo trabajo por alguna discapacidad. Seguimos las maltratadas, dentro de relaciones perversas y crueles. Seguimos las invisibilizadas a pesar de años de saberes. Seguimos TODAS las ninguneadas por no cumplir con los mandatos de sociedades machistas, capacitistas, cuerdistas o edadistas.
Y con esta diversidad, seguimos enriqueciendo territorios llenos de vulnerabilidades y fortalezas, construyendo otras formas de habitar, de compartir y de vivir.

Hermanas de tierra,
no nos olvidamos de todas las mujeres migrantes que trabajan, muchas veces estacionalmente, en fábricas, campos e invernaderos. Con remuneración distinta en función de su origen, sin libertad de hablar mientras trabajan, sin garantía de hacer las horas contratadas y cobrarlas si no hay producción. Además de todo lo mencionado, en el caso de las mujeres que trabajan en las fábricas de selección, destrío, almacenamiento de fruta en verano, haciendo su labor a pocos grados para garantizar el estado de la fruta que será posteriormente distribuida y con horarios variables, también de noche, que ponen muy difícil una conciliación familiar, más siendo en tiempo estival sin aulas.

Hermanas de tierra,
queremos traer la alegría a este manifiesto. Y reivindicamos con orgullo a nuestras vecinas, esas mujeres que siempre se paran en las calles de nuestros pueblos a charlar, que sacan sus sillas al fresco, que comparten brasero y comidas, que siempre están ahí formando comunidad. Queremos una vida digna para todas, que sintamos alegría y suerte de vivir donde vivimos. Por todas esas mujeres que se preocupan de quien vive en su pueblo y respetan que cada quien sea como quiera ser. No hay tiempo de juzgar, sino de estar para quien lo necesite. Sin olvidarnos de que, a veces, podemos ser nosotras las que necesitemos apoyo, porque la fortaleza y la vulnerabilidad son atributos que nos pertenecen.
Queremos mirar al futuro y vernos en él, así. Pero para ello, necesitamos el acceso a servicios básicos, y necesitamos que la cultura no sea exclusiva de las ciudades y que no sólo suceda en días de fiesta. Nuestros pueblos también son cultura. ¡Encontremos la forma y la fórmula!
Es esencial mantener espacios para articular una biblioteca, una ludoteca, un teatro, una sala para proyectar películas… Espacios que se transforman y hacen posible la vida en común. Espacios para el diálogo y la comunidad.

Aquí nombramos, aquí nos sentimos más unidas que nunca. Aquí hacemos frente, compartimos nuestros temores, dejamos a un lado el silencio. Reivindicamos que existen muchas maneras de habitar el territorio, muchas ruralidades que dialogan, que aprenden, que construyen, que cuidan y acogen. Una de hermanas de tierra: llena de feminismos y diversidad, de agroecología, de solidaridad con los pueblos oprimidos, de memoria, de interdependencia, de apoyo mutuo, esperanza y alegría.

Por un feminismo de todas,
por un feminismo de hermanas de tierra.

  • El cartel es obra de Iraia Okina. Podéis descargarlo aquí
  • Este texto ha sido locutado por Blanca Casares Guillén. Puedes escucharlo aquí.
  • Este manifiesto ha sido posible gracias al trabajo colectivo de Leire Milikua, Blanca Casares, Patricia Dopazo, Lareira Social, María Sánchez, María Montesino, Jornaleras de Huelva en Lucha, Lucía López Marco y Colectivo Arterra. Hermanas de tierra es un manifiesto para el 8M que fue impulsado desde 2018, por María Sánchez y Lucía López Marco.
  • El manifiesto en otras lenguas:

Por un feminismo de hermanas de tierra 2023

Regresa marzo, entre heladas e incertidumbres, pero nosotras volveremos a llenar las calles, a levantar nuestras voces, a romper los centros con nuestros márgenes y periferias. Un marzo más reivindicamos nuestros derechos, visibilizamos lo que nos atraviesa y afecta. Sentimos que no es buena noticia que este año, entre las compañeras, hablemos de que este manifiesto sea más necesario que nunca. La situación y las problemáticas que estamos viviendo en nuestros territorios nos interpelan de forma urgente y directa para encontrar la fuerza y la palabra entre nosotras: para crear vínculos, sacar las sillas a la calle, no callar nunca más, no volver a sentirnos solas.

Queremos hoy poner la memoria, el cuerpo y la voz. Sin miedo, sin pudor, sin reparo.

Por todas aquellas que no pueden dejar hoy su puesto de trabajo o su papel de cuidadoras, que viven paralizadas por la violencia, que trabajan día tras día sin derechos, que no pueden hablar porque necesitan el pan y el jornal para que vivan los suyos. Que no pueden visibilizarse en una manifestación, que no pueden permitirse salir a la calle, unirse a la protesta. Esto es también por las que no podrán salir de casa debido a barreras físicas, sufrimientos o malestares, por estar encerradas en instituciones o hospitales. Fuera de los discursos de los centros, de las instituciones, de la academia. Queremos ser altavoz, plataforma para todas aquellas a las que el sistema expulsa, explota, maltrata, deja conscientemente siempre a un lado.

Ya pensamos en el verano que se acerca, con una sequía que nos duele y angustia. Los paisajes en los que crecimos, vivimos y trabajamos están desapareciendo, nuestra geografía física y sentimental se transforma en otra cosa. Aún no sabemos ni tenemos palabras, pero también este manifiesto quiere hablar en voz alta de ese dolor que muchas llevamos ya dentro, que transforma nuestros cuerpos y vínculos, nuestros afectos y comunidades. Pero no queremos dar oportunidad a los discursos llenos de catastrofismo y colapso. Aquí no pueden enraizar los sermones que culpabilizan, que enfadan, que aleccionan, que dejan recaer todo el peso en las personas, sin saber de sus circunstancias y vulnerabilidades. Preferimos crecer y compartir desde la alegría. Queremos trabajar juntas por otro porvenir, aprender a volver a conmovernos. Pensamos que desde los afectos y el asombro podremos germinar juntas en nuevos espacios y encuentros. Para ello también necesitamos compartir y nombrar nuestras fragilidades, vulnerabilidades y sufrimientos. Puede que este sea un buen motivo para luchar y seguir adelante en esta emergencia climática. No podemos permitirnos el desánimo, el pesimismo, la desesperanza.

Hermana de tierra, que algunos hagan lo imposible por impedirnos imaginar nuevos futuros no significa que no podamos soñar, y pelear por tenerlos.

Nos preocupan especialmente los discursos que regresan, romantizando la vida de nuestras madres y abuelas, convirtiéndolas en heroínas, ocultando con palabras y artimañas una dictadura llena de represión, desigualdad y violencia.

Hermana de tierra,

venimos de aquellas niñas que trabajaron la tierra sin poder decidir, que cargaron a sus espaldas con mochilas enormes llenas de renuncias y silencios. Compartimos territorio con colectivos oprimidos. No podemos olvidarnos de que aquellas violencias siguen entre nosotras: con nosotras hoy especialmente están las temporeras, las migrantes, las mujeres trans. Sin ellas no contemplamos la lucha. No podemos imaginar ni pensar los nuevos futuros habitables y sostenibles sin ellas ni sus reivindicaciones.

Somos descendientes de todas aquellas y también seremos, algún día, antepasadas para las que vengan. Nunca olvidemos de dónde venimos, más en estos tiempos en los que tanto nos preguntamos hacia dónde queremos ir.

No caigamos en la amnesia, no caminemos sin la memoria.

Llevamos con nosotras una genealogía de resistencia: nos duele que desde ciertos colectivos urbanos, siempre desde el centro, borren de un plumazo nuestros relatos y movimientos de lucha, obvien y simplifiquen nuestros debates. Que no estéis al tanto no significa que en nuestros pueblos no estén sucediendo cosas, que no estemos trabajando por el cambio. Nos parece injusto con todos los colectivos y grupos rurales que incansables luchan y se mueven por otros medios y territorios posibles. Creer que no existen otras luchas ni debates en nuestros pueblos nos parece una visión terriblemente injusta, paternalista y condescendiente.

Sin nosotras no se entiende el territorio. Y no podemos quedarnos calladas ante las medidas y discursos que siempre nacen y ordenan en nombre del desarrollo y la sostenibilidad. Ya basta de convertir nuestros medios rurales en zonas de sacrificio, en meras despensas, en vertederos, en simples zonas de recreo para la gente de la ciudad.

En nuestros territorios se encuentran las herramientas y los saberes que puedan convertirse en aliados para mitigar los efectos de la emergencia climática en la que vivimos. Pero la realidad es que cada año seguimos viendo cómo aumenta el número de explotaciones industriales e intensivas en nuestros pueblos, y cómo se abren paso macroproyectos energéticos en espacios de alto valor ambiental sin tener en cuenta a quienes habitan la tierra, expulsándonos de nuestros pueblos.

Celebramos la visibilidad y los nuevos relatos que cada día están más presentes en los medios. Pero la realidad que vivimos en el campo a veces no concuerda con lo que nos devuelve el espejo: seguimos sin poder tomar decisiones, sin acceso a una vivienda digna, a la tierra. Sin herramientas para poder poner en marcha proyectos que trabajen por la soberanía alimentaria: es más fácil desarrollar un proyecto industrial que un proyecto agroecológico que produzca alimentos que cuiden nuestra tierra y no nos enfermen.

Hermanas de tierra,

¿quiénes son los que deciden por nosotras? ¿Quién se beneficia del uso de la tierra? ¿Quién tiene el altavoz?

Queremos .

Que todas las personas tengan acceso a una alimentación saludable, local y sostenible. Queremos ciudades y pueblos en los que se acceda con facilidad a alimentos que preserven y cuiden el paisaje. Queremos que todas las personas que quieran trabajar la tierra tengan la posibilidad de hacerlo.

Hermana de tierra,

las amenazas que nos ponen en peligro hoy siguen siendo las mismas de ayer, aunque se vistan de términos como «progreso», «sostenibilidad» y «prosperidad». Nosotras somos como aquellos árboles que eran un habitante más en nuestros pueblos: en su sombra y cobijo se tomaban todas las decisiones, se hablaba y se compartía, se celebraba a quienes venían y se despedía por última vez a quienes se marchaban para siempre.

El sistema agroalimentario en el que vivimos arrasa las pequeñas ganaderías, los proyectos familiares, las iniciativas agroecológicas llenas de saberes, relaciones y formas de trabajo respetuosas con la tierra. Hace imposible el relevo generacional, las incorporaciones de jóvenes que quieren vivir en nuestros pueblos. Desaparecen así maneras únicas de habitar el territorio, de conservar y proteger nuestra biodiversidad y sus ecosistemas.

Aquí estamos juntas para alzar la voz, para recordar que no dejaremos de luchar por garantizar una tierra digna.

Hermanas de tierra,

por mucho que quieran talarnos, sabemos que juntas no caeremos.

Hermana de tierra,

aquellas que contamos con el privilegio y con las herramientas necesarias podemos ser las primeras en revisar nuestras luchas y debates. Cómo trabajamos, cómo nos organizamos, cómo nos nombramos. También nosotras estamos dando forma a nuevos relatos, y es imprescindible hablar y pensar desde dónde y cómo los hacemos.

Porque necesitamos más que nunca nuevas ruralidades llenas de feminismos, agroecología, diversidad, pero también — como decíamos — de memoria.

Hermanas, no estáis solas.

No estamos solas.

Otro 8 de marzo más, seguimos aquí, estamos aquí.

Aquí nombramos, aquí nos sentimos más unidas que nunca. Aquí hacemos frente, compartimos nuestros temores, dejamos a un lado el silencio. Reivindicamos que existen muchas maneras de habitar el territorio, muchas ruralidades que dialogan, que aprenden, que construyen, que cuidan y acogen. Una de hermanas de tierra: llena de feminismos y diversidad, de agroecología, de memoria, de interdependencia, de apoyo mutuo, esperanza y alegría.

Por un feminismo de todas,

por un feminismo de hermanas de tierra.

*El cartel es obra de La Galana collage (Cecilia Jiménez). Podéis descargarlo aquí.

**(Este Manifiesto fue impulsado por María Sánchez y Lucía López Marco. Gracias a los consejos y aportaciones de Blanca Casares, Patricia Dopazo, Karina Rocha, Julia Álvarez, Neus Miquel, Elisa Oteros, Colectivo Arterra y Elena Medel. Y a tantas que habéis hecho llegar vuestras aportaciones.)

(A lo largo del día iremos subiendo las traducciones del manifiesto)

  • Traduït al català per Mar García Gálvez
  • Traduciu a l’aragonés por Lucía López Marco.
  • Traducíu al asturianu por Inaciu Galán
  • Traducido ao galego por David Lourido (O Tempo da Aldea).

Por un feminismo de hermanas de tierra (2022)

Hemos declarado costumbre que amanezca y miremos al cielo en busca de señales de lluvia, en una tierra asolada por la sequía. En algunos puntos comienza a derretirse la escarcha, crecen los arroyos; el musgo envuelve cortezas, piedras, árboles, recordándonos que la vida sigue, que nosotras también estamos aquí, que también somos parte del territorio.

El último informe del IPCC vuelve a recordarnos que somos vulnerables al cambio climático, y que ya no valen las medias tintas. No podemos alargar más la inacción: si no, perderemos esa pequeña y fugaz ventana de oportunidad que puede asegurar, para todas las personas, un futuro habitable y sostenible.

Este invierno primaveral no puede distraernos de la emergencia climática, de la falta de agua que agrieta nuestros suelos, de los macroproyectos que acosan nuestro territorio y que amenazan las múltiples formas de vida de nuestros medios rurales. Por eso estamos aquí, alzamos la voz, sostenemos el territorio, no dejamos de tejer redes entre nosotras, ayudándonos y visibilizando todo aquello que nos amenaza y nos quiere hacer caer. Juntas podremos enfrentar las adversidades y superar todos los tropiezos, porque sin la alegría y la empatía no somos ni seremos nada.

Hermana de tierra,
otro marzo más
volvemos a llenar nuestras plazas y calles, reivindicando que otro mañana es posible; un futuro de igualdad, diversidad y sostenibilidad. Hoy queremos, todas juntas, empezar a habitarlo: no perder nunca la esperanza.

La pandemia continúa sacudiéndonos, pero nosotras hemos sabido avanzar siendo rebaño. Como todas esas ovejas que se agrupan y protegen sus cabezas debajo del cuerpo de sus compañeras. No pensamos un medio rural sin el colectivo: sin la ayuda y el apoyo mutuo no podremos seguir adelante.

No queremos formar parte de esa ruralidad solitaria y cerrada que se quiere imponer, que se aprovecha, que engaña y que se aferra a una nostalgia peligrosa que romantiza la desigualdad y el machismo que —por desgracia— vivieron nuestras madres y abuelas. Que nos reprime y solo nos reduce a tradición y maternidad, que no quiere —y al que no le interesa— abrir una ventana a la diversidad y a la realidad de nuestros medios rurales.

Porque necesitamos nuevas ruralidades llenas de feminismos, agroecología, diversidad, pero también de memoria. En estos tiempos en los que la incertidumbre nos atraviesa, es importante saber de dónde venimos para pensar e imaginar veredas que nos lleven a un futuro mejor; caminos que puedan enseñarnos, desde otros aprendizajes, hacia dónde podemos y queremos ir.

Por eso aguardamos otro año más con la misma paciencia a que florezca el saúco, a que las malvas inunden los campos, a que el olor de la menta y la albahaca regrese al aire que respiramos. También a recoger juntas los frutos de los árboles, las hortalizas de la tierra. Volveremos a compartir nuestras recetas, a visibilizar todo ese conocimiento que tantas veces se despreció por no venir de la academia. Tal como nos enseñaron tantas mujeres que nos precedieron, como nuestras abuelas, desovillaremos los saberes y uniremos los hilos, rehaceremos las madejas; podremos formar parte de un telar que acoja pero que también se pregunte, que actúe como puente entre aquellas de las que venimos y aquellas que vendrán.

Las amenazas de hoy no dejan de ser, en parte, las mismas de siempre, disfrazadas bajo las palabras «progreso» y «prosperidad». Pero nosotras somos como esas casas de nuestras aldeas, fuertes, levantadas con las piedras del propio paisaje, hechas de árboles y diálogos con la tierra. A pesar de los embalses, del abandono y del exilio forzado, muchas de ellas se mantienen en pie, testigos del ansia de un sistema hiper extractivista que solo piensa en dinero y en producción, en usar las palabras verdes y renovables para lavarse las manos; para permitir, con toda la impunidad del mundo, que proliferen por todo el territorio macroproyectos que ponen en riesgo espacios naturales protegidos y de alto valor ambiental. Monocultivos de placas solares y parques eólicos, desiertos verdes, naves intensivas donde se rompe el vínculo entre el territorio, la persona y el animal. Explotaciones industriales que contaminan nuestros suelos y el agua que bebemos. No queremos esta fiebre de industralización que contamina, precariza y mata. Que olvida a todas aquellas personas que habitan y hacen posibles nuestros pueblos, invisibilizando y vulnerabilizando a colectivos como el de las mujeres migrantes, aún sin condiciones dignas de trabajo y de vida. Aquí estamos para alzar la voz, para deciros que no dejaremos de luchar por garantizar una tierra digna.

Hermana de tierra,
no dejamos de ser árboles. Enraizadas entre nosotras, con nuestras acciones y palabras también podemos ser simbiosis, rizomas, bosques. Entrelazadas hoy nos manifestamos, cantamos, nos damos la mano, echamos a andar sin miedo, siempre hacia adelante. Lo vemos en el resurgimiento del pino canario después del volcán, también en las coladas marinas que ven crecer las primeras algas. A pesar de la lava y la ceniza, siempre vuelven los brotes.

Hoy más que nunca pensamos en todas las hermanas ucranianas, pero también en todas aquellas que sufren en tantos conflictos armados invisibilizados. Hoy ellas luchan, huyen hacia las fronteras buscando otro mañana con sus hijas, dejando atrás a su gente, a sus raíces. Mientras vemos en las pantallas cómo en Ucrania muchas recogen nieve para poder beber, para algunos parece que la única preocupación es el aumento del precio en el cereal para sus producciones intensivas. También ellas llenan de semillas los bolsillos de algunos soldados rusos para que la tierra nunca deje de florecer, a pesar de la guerra, de la violencia, de la muerte.

Hermanas, no estáis solas.

Otro año más, seguimos aquí, estamos aquí. A pesar de la pandemia, de la sequía, del volcán, de las guerras… Aquí nombramos, aquí nos sentimos más unidas que nunca. Aquí hacemos frente, compartimos nuestros temores, dejamos a un lado el silencio. Reivindicamos que existen muchas maneras de habitar el territorio, muchas ruralidades que dialogan, que construyen, que cuidan y acogen. Una de hermanas de tierra: llena de feminismo y diversidad, de agroecología, de memoria, de interdependencia, esperanza y alegría.

Por un feminismo de todas,
por un feminismo de hermanas de tierra.

*La ilustración es de Mayte Alvarado. Podéis descargarla aquí.

**(Este Manifiesto fue escrito por Lucía López Marco y María Sánchez. Gracias a los consejos y aportaciones de Celsa Peitado, Blanca Casares, Patricia Dopazo, Karina Rocha, y Elena Medel. Y a tantas que habéis hecho llegar vuestras aportaciones.)

***El texto en cursiva pertenece a la traducción del último informe del IPCC del periodista Eduardo Robaina en La Marea.

El manifiesto está disponible también en los siguientes idiomas

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Todos los días de la mujer rural

Es viernes, pero podría ser cualquier otro día de la semana. Es verdad que la última luz de la tarde de hoy será antes que la de mañana, pero también más tarde que la de ayer. Pero, es tan poco el tiempo de diferencia, que pasa prácticamente imperceptible.

Sin embargo, hoy es ese día del año, en la mayoría de los casos el único del año, en el que los medios se acuerdan de que hay pueblos y mujeres que viven en ellos. Hoy casi todos los periódicos y televisiones se fijan en que más allá de los muros de las casas de los pueblos donde pasan parte de sus vacaciones hay mujeres que trabajan, hay mujeres que cuidan de personas, de animales, de paisajes…

Pero no solo los medios, también organizaciones, incluso el propio Ministerio de Agricultura o el Ministerio de Igualdad, parece que solo el 15 de octubre ponen en foco en las personas que más dinamizan y mantienen vivo el medio rural.

Hoy todo son anuncios en radios impulsando a mujeres a emprender una actividad en el medio rural.

El resto del año, prácticamente silencio. Sin embargo, las mujeres que vivimos en el medio rural, vivimos en él también los otros 364 días restantes. Trabajamos en él más allá del 15 de octubre, y hacemos todas esas cosas que parecen extraordinarias un día como hoy y que por eso salen en los reportajes.

Por eso, hoy, lo importante es reivindicar que todos los días son 15 de octubre, porque todos los días hay mujeres increíbles haciendo cosas extraordinarias gracias a las cuales mantienen latiendo nuestros medios rurales.

Y a quienes se sorprenden por descubrir un proyecto fascinante impulsado por una mujer en un pueblo, les invito a pasearse por este mapa, donde cientos de mujeres desarrollan más de 350 iniciativas maravillosas que hacen estallar de vida nuestros pueblos, nuestros ecosistemas rurales.

Feliz día, hoy y todos los días, a todas las mujeres que tienen la suerte de vivir en un pueblo.


Leer el Manifiesto Por un Feminismo de Hermanas de Tierra


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Por un feminismu d’hermanes de tierra 2021

Esti añu que dexamos tras, pero qu’inda abasnamos, impúnxonos a munches mirar la vida al traviés d’una ventana; a otres tantes, afaenos ensin remediu a les midíes urbanu-céntriques que se pensaron dende y pa les grandes ciudaes. La primavera avérase y siguimos nuna pandemia que llevó demasiaes vides que nun van volver, y qu’acentuó más la crisis, la precariedá y la falta de servicios na que vivimos. Tuvo que venir un virus para demostrar qu’esti sistema que nun orbita alredor de la vida y nel que mos atopamos atrapaes nun ye caltenible, y que namás ye l’empiezu y agravamientu d’otres crisis y pandemies. A esta emerxencia climática, nestos últimos tiempos xuniéronse la emerxencia social y sanitaria, y nun podemos entamar esti manifiestu ensin trayer equí a toles persones cutíes pol virus y el sistema.

Quiciabes podamos cayer nel erru de pensar que les pallabres nun son capaces de muncho. Pero nós pensamos que siguen siendo importantes. Magar de la incertidume y del dolor, les nueses pallabres son tamién ecosistemes de pensamientos y acciones que nun esisten n’otros llugares. Gracies a elles podemos ver el mundu, formar parte d’él, reimaxinar y facer posible pensar y creyer n’otros futuros fuera d’esti sistema. 

Hermana, esti 2021 nun vamos salir a la cai como otros años. Vamos tar dixebraes por una distancia que nos robó los besos, los abrazos que llevamos un añu ensin sentir, y eses sorrises que despintaron los mázcaros. Por eso, nesti añu nel que les places van tar más vacíes que nunca, convidámosvos a lleer estes pallabres, a faceles vueses, dende los balcones, dende los llares, y dexar que’l fumu de les chimenees s’encargue de xuntar les nueses voces, que l’aire faiga llegar bien lloñe.

Esti 8 de marzu nun podemos dexar d’alzar la nuesa voz como muyeres rurales. Porque l’andanciu tamién traxo minutos de lucidez; minutos nos que vimos como la mesma ciudadanía s’organizaba y s’encargada d’aquello a lo que les polítiques públiques nun quixeron llegar, porque nun tuvieron al altor nin fueron abondo. Por eso queremos davos les gracies: por enseñanos qu’otres formes de convivir y de sofitu mutuu son posibles. 

Gracies a eses muyeres productores y pensadores, que dende embaxo s’organizaron pa que los sos alimentos llocales y de proximidá pudieren llegar hasta toles cases. Alcordámonos especialmente d’iniciatives como SOS Campesináu, y de toles xornaleres migrantes que l’añu pasáu quedaron atrapaes dientro de les nueses fronteres, nun país que nun yera’l suyu, lloñe de les sos families y nunes condiciones bien lloñe de poder denominase dignes. Tamién de toes aquelles persones trabayadores nel sector agrícola y ganaderu que s’infestaron de covid-19 mientres la primavera y el branu pasaos por cuenta de les condiciones infrahumanes nes que trabayaben y vivíen, poniendo de manifiestu un sistema de producción intensivu que se sostién a base de nun respetar los drechos humanos más básicos, nin el bientar animal, nin los recursos naturales nin el territoriu que nos sostienen. 

Gracies a toes eses muyeres que nun dexen nin un solu día de curiar del so ganáu, de la tierra, de caltener les nueses races autóctones y granes llocales, calteniendo los nuesos ecosistemes y la so biodiversidá. Nin el virus nin les grandes nevaes d’esti iviernu consiguieron parales. Porque, si los nuesos medios rurales nun son zones catastrófiques, ye gracies a el so esfotu y el so trabayu altruista, que la mayoría de les vegaes sigue siendo invisible y non reconocíu. 

Anguaño quedemos más güérfanes que nunca por culpa d’esti virus. Perdimos a munches persones a les que queríamos: que formaben parte de la nuesa familia, de les nueses amistaes, cómplices nel día ente día… Y, sobremanera, perdimos esa gran sabiduría que s’escuende tres los güeyos y les manes de tantes muyeres rurales d’edá avanzada. Una conocencia de la tierra, del mediu que nos arrodia, heredáu de les güeles de les güeles de les sos güeles, qu’agora van curiar les flores y les piedres, y que con elles coló pa siempres.

Tamién colaron con elles munches pallabres que yá nunca van volver. Dalgunes, con suerte, quedaríen recoyíes nes fueyes de dalgún diccionariu llocal, esperando a que daquién les despolvorie. Porque nun podemos escaecer tampoco de la riqueza llingüística que curiaron les muyeres rurales, dando nome a tolos elementos que nos arrodien, y gracies a les cualos güei tenemos la suerte de poder siguir escuchando una gran variedá de llingües y acentos que faen únicos y diversos los nuesos medios rurales. Detrás de la llingua y de la pallabra hai formes de vida y venceyos maraviyosos y únicos. 

Tampoco escaecemos a toles muyeres que se ven discriminaes pola so diversidá y de les nueses hermanes trans. Nun podemos escaecenos d’eses muyeres que falen y ven coles sos manes, nin de les muyeres que caminen a otros ritmos. De les muyeres rurales con sufrimientos y malestares emocionales, d’aquelles con capacidaes distintes. Llamaes lloques, llamaes rares, llamaes discapacitaes. Señalaes por ser distintes. Doblemente escaecíes y doblemente afectaes pola pandemia. 

Toes somos distintos, 

y toes, xuntes, coles 

 nueses diversidaes, curiamos los nuesos medios rurales. Enllenar de vida y enredámonos pa siguir p’alantre, escaeciéndonos d’eses pallabres qu’entamen per “deas-” y que tanto gusten a los medios de comunicación. 

Dicíamos que l’andanciu robónos los abrazos, pero teximos más redes que nunca pa suplir esa falta de servicios que fueron agravaos pola pandemia. Organizándonos pa llevar alimentos a quien nun podíen salir de les cases, visitando a quien nun podíen ver a la familia por tar lloñe, y dedicando más tiempu que nunca a curiar de quien tenemos cerca.

Nestos tiempos difíciles, munches muyeres tuvieron que combinar los trabayos nel campu, otres el teletrabayu, otres siguieron al pie del cañón nos centros de salú; con ser maestres, cuidadores, enfermeres… Teniendo que tar disponibles pa los demás tol tiempu. 

Oyimos de forma constante que tenemos muncha suerte de vivir nun pueblu, porque tenemos contactu directu cola naturaleza. Pero lo que naide ve ye qu’equí los servicios básicos viéronse menguaos por partida doble; unos servicios que yá yeren escasos y qu’en munchos casos sumieron. Col virus como xida peslláronse centros de día y comedores, y amenorgóse l’horariu de munches guarderíes y otros espacios dedicaos a los cuidos. Amás, munches families tuvieron que sacar de les residencies a los sos mayores por mieu a que s’infestaren, atopándose munches muyeres ensin otra alternativa que tener qe buscase la vida pa poder conciliar los sos trabayos col cuidu de los sos familiares dependientes.

Alcordámonos tamién de toles compañeres que sufrieron ERTES, o que tuvieron que pesllar los sos negocios pola crisis derivada del andanciu. Vimos cómo, mientres muncho tiempu, dende les alministraciones s’impulsó nes zones rurales el turismu como (cuasi) única fonte d’ingresos. Anguaño la pandemia fixo que munches families nel rural dedicaes al turismu tar pasando realmente mal y nun tengan otres opciones. 

La pandemia apinó, más que nunca, la fienda dixital. Nun añu nel que’l teletrabayu remaneció nel nuesu país, atopemos con que mientres nes grandes ciudaes ta llegando yá’l 5G, en munchos de los nuesos pueblos nun hai nin siquier banda ancha. Incorporemos la pallabra «teletrabayu» a la nuesa rutina, y pa munchos medios y alministraciones convirtióse en panacea y salvación de los nuesos medios rurales. Nós güei queremos reivindicar el tierratrabayu. Queremos siguir lluchando por tener accesu a la tierra y a una vivienda digna nel mediu rural. Queremos que s’ayude y facilite les producciones agroecolóxiques y estensives que tán amestaes al territoriu, produciendo alimentos d’altu valor ambiental, creando un venceyu únicu ente persona, animal, grana y tierra. Queremos dignidá y drechos pa les persones migrantes que trabayen nos nuesos campos. Queremos los servicios públicos calidables que merecemos. 

Llueu va tornar la primavera.

Los nuesos campos yá llucen un color verde que nos fai pensar n’otra mañana. Nun importa lo que venga, porque vamos siguir xuníes llantando cara a les adversidaes. Porque nin siquier esti virus consiguió vaciar el nuesu territoriu. Siguimos xuntes frente al andanciu. Siguimos xuniendo los nuesos pueblos texendo redes y venceyos, coles nueses manos tiñíes pol color del terruñu. Y quedamos equí na tierra y conxugamos el verbu «aterreñar», una pallabra del norte que nos devuelve la esperanza y la lluz. Significa ver y triar la tierra de nuevu dempués de la nieve, non solo nós, sinón tamién los animales, que vuelven tres les grandes nevaes a alimentase de la campera. Sabemos que llueu vamos poder enllordiar les manes de tierra, toes xuntes; miranos, y sorrir. 

Por un feminismu de toes, por

un feminismu d’hermanes de tierra.

*La ilustración ye d’Eva Piay. Podéis descargala equí.

**(Esti Manifiestu foi escritu por Lucía López Marco y María Sánchez. Gracies a los conseyos y aportaciones de Celsa Peitado, Ana Pinto, Blanca Casares, Patricia Dopazo, Mentxu Ramilo, Karina Rocha, Elisa Oteros y Elena Medel. Y a tantes que fixistis llegar les vueses aportaciones.)

***Esti manifiestu foi traducíu al asturianu por Inaciu Galán.