Mallata finalista en los Premios 20blogs

Este blog, Mallata.com, ha resultado finalista en la categoría Blogosfera verde de los Premios 20blogs que organiza el diario 20Minutos con el patrocinio de Movistar y la colaboración de Fundación La Caixa, SM e Icárion.

Estos premios, los más prestigiosos de los concursos dedicados a los blogs en habla hispana, comenzaron hace quince años «con la vocación de poner en valor la creatividad, la capacidad de divulgación, la originalidad y el buen hacer de los blogueros», según destacan desde 20minutos. Y eso es lo que precisamente ha valorado el jurado, formado por Encarna Samitier, directora de 20minutos; Marta Benedicto, Responsable de Comunicación Online de Comunicación Corporativa en Telefónica; Elena Moreno López. Coordinadora de Marketing Digital en Grupo SM; Silvina Prado. Head of Social Media en Icárion; Cristina Moret, Project Manager en Fundación La Caixa; Marisa Navas, presidenta de LaInformación.com y los redactores jefes de 20minutos Pablo Segarra y Melisa Tuya.

Los blogs premiados en cada una de las 20 categorías (20 bits, animaleros, blogosfera verde, ciencia, cinemanía, crianza y conciliación, deporte y bienestar, educación, gastroadictos, moda y tendencias, personal, salud, solidario, tu bolsillo, TV y series, viajes y videoblogs) se conocerán el próximo jueves 7 de octubre en una gala que se podrá seguir en streaming a partir de las 20 horas en el canal de youtube de 20minutos.

Además, de entre los 20 premiados en cada categoría se elegirá el Premio Mejor Blog 2022, que, además de recibir una dotación económica de 5.000 euros, se convertirá en bloguero de 20minutos.

Podéis consultar a continuación los blogs finalistas en cada categoría. ¡Feliz lectura y mucha suerte a todos los blogs finalistas!

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El mundo escondido bajo las hojas de las hayas

Hay piedras sagradas que aparecen marcadas en los mapas y en las guías turísticas, y que guardan huesos y leyendas de tiempos pasados. Voces que recogió el viento y que en los peores temporales vuelven, como llegadas del más allá.

También hay bosques sagrados. Silenciosos. A veces olvidados, que bajo sus hojas secas conservan anécdotas de otros tiempos. Secretos que deberíamos recordar para hacer de este mundo un lugar más sostenible. Sobre todo, en un contexto de cambio climático en el que toda la sabiduría ecológica tradicional debería reivindicarse como forma de vida.

En el corazón de la montaña aún quedan bosques de hayas, esos árboles sagrados que en otro tiempo fueron el hábitat de seres mitológicos y que nos dieron leña para sobrevivir a los peores inviernos. Sus frutos, los hayucos, nos alimentaron en las peores hambrunas, y hay quien los maceraba y obtenía licores. Y su madera nos dio cobijo en las largas y húmedas noches.

Bajo tierra, sus raíces mantienen reservas edáficas de agua. Y así, ocultándoselas al sol, impidiendo el ciclo del agua, ayudan a conservar el bosque.

Cuando la nieve desaparece y los días largos de la primavera comienzan a llenar de vida el monte, las hojas de las hayas comienzan a salir, al tiempo que estallan sus flores. Sus frutos aguardan al otoño, para regalarnos su energía cuando las hojas adoptan el color de la tierra. Cuando las hayas crecen solas, se extienden a lo ancho, mientras que cuando lo hacen en comunidad, crecen a lo alto, como queriendo tocar el cielo. Juntas, cogidas de las ramas, las hayas parecen infinitas e invencibles. Cuando las llamas de un incendio las acarician, las hayas poderosas resisten el fuego mejor que otras especies.

Las hayas: tan hermosas y silenciosas. Tan misteriosas y a la vez tan empleadas: por su madera, por su leña, por sus propiedades medicinales…

Sus hojas servían de alimento a cabras, ovejas y vacas, igual que los gromos (flores* masculinas) y que los hayucos (los frutos de las hayas), que o bien se recogían y se daban de suplemento al ganado, o se aprovechaban mediante el pastoreo. Y al mismo tiempo, esas hojas se empleaban también de cama para el ganado, que luego, mezclada con las heces, servía para abonar los campos.

El haya se ha usado en la medicina popular desde la época grecorromana. En los valles oscenses de Hecho y Ansó el agua del carbón de haya servía para tratar las inflamaciones bucales mediante enjuagues, y la decocción de la corteza para rebajar la fiebre; mientras que en los Picos de Europa la brea que quedaba en las chimeneas al quemar la madera de haya, se empleaba mediante friegas o tomando la decocción para tratar las pulmonías.

Con su madera se hacían tablillas para las roturas de los huesos y se elaboraban diversas herramientas (arados, mangos, cucharas, esquís…), así como abarcas, peonzas o sillas; aunque sobretodo se empleaba para leña. En Asturias dicen que “no hai bebida como l’agua, no hai pan como lo d’escalda, no hai lleñe como lo del haya”. Su leña se empleaba también para curar la matanza y para secar o ahumar quesos. También fue una de las principales fuentes de carbón vegetal en el norte de nuestra península.

Y lo que mucha gente no sabe es que, en algunos lugares, para obtener la energía para sobrellevar los trabajos más duros se masticaban sus hojas jóvenes o se chupaba la telilla que hay debajo de la corteza en los brotes verdes.

Hay quien dice que cuando un rayo impacta contra un haya esconde una piedra de rayo en las raíces del árbol. Quizás por eso en el País Vasco y Navarra existe la creencia de que las hayas protegen de los rayos.

En España hay 37 hayas catalogadas como árboles singulares. Una está en el País Vasco, tres en Navarra, cinco en Castilla y León, nueve en Cantabria, otras nueve en Cataluña y diez en Aragón.

En las novelas de la saga de Harry Potter, hay un haya al borde del Lago Negro, en los terrenos del Castillo de Hogwarts. A mí no me cabe duda de que tras sus troncos, entre el musgo, se esconden duendes y hadas que habitan en los bosques de hayas.

Cuando vayáis a un bosque de hayas, mostrad respeto a estos poderosos árboles y guardad silencio, con suerte igual veis alguna criatura mágica escondida entre sus hojas.

 

* El gromo es el nombre que recibe el amento masculino. El amento es una inflorescencia formada por muchas flores dispuestas en forma de racimo.

Bibliografía:

Pardo de Santayana, M., Morales, R., Aceituno-Mata, L., & Molina, M. (2014). Inventario español de los conocimientos tradicionales relativos a la biodiversidad.

Villar Pérez, L., Palacín Latorre, J. M., Calvo Eito, C., Gómez García, D., & Montserrat-Martí, G. (1992). Plantas medicinales del Pirineo Aragonés y demás tierras oscenses.

Wiki de Harry Potter. Disponible en: https://harrypotter.fandom.com/es/wiki/Haya

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Escribo estas letras rodeada de piedras que acumulan más historia que polvo, que esconden el sudor de las personas que habitaron este lugar antes de que llegáramos nosotros, y que conservan orgullosas unas rayas que indicaban el número de pacas de paja que hacían cada año. Lo construyeron y llenaron de vida aprovechando todo lo posible los recursos que les ofrecía el territorio, siempre de forma sostenible. Siempre poniendo por delante la casa, antes que a las personas.

Hoy quiero compartiros una palabra hecha de piedras que murmuran historias que han escuchado desde hace siglos. Historias, que igual que los usos que le han dado a este espacio, han cambiado con el paso del tiempo. Me encuentro entre unas paredes que han oido conversaciones sobre acordar matrimonios, de cazas de lobos, historias de gente que se fue y nunca más volvió, y que ahora escuchan los lloros y risas de mi hija.

Las cosas han cambiado mucho en muy poco tiempo.

Estas paredes, que se han convertido en mi casa, han sido hasta hace muy poco la casa de los aperos de labranza, del trillo, de las gallinas, del heno… Sus puertas han presenciado diferentes huertos y han visto trillar a varias generaciones. A menudo me pregunto cuántas variedades diferentes de plantas habrán crecido en esta tierra que yo piso, qué animales se habrán alimentado en esta era e incluso fantaseo con la posibilidad de encontrar en ella algún día alguna semilla intacta que por razones extrañas haya preferido no medrar, no evolucionar, y permanecer quieta para siempre hasta que unas manos la recojan y vuelvan a sembrarla y devolver la fuerza de su genética a la tierra.

La borda:

Ese espacio único,

esa palabra mágica común a todos los territorios pirenaicos. Tan presente en nuestro vocabulario como desconocida es su importancia en la conservación de una cultura en extinción, de un paisaje en desaparición.

Carlos Ferrer dice de ellas en su Diccionario de Pascología, que “normalmente eran construcciones de piedra de dos plantas con tejado de pizarra: en la planta alta se almacenaba el heno y se guardaban los aperos de siega y henificación y en la planta baja se ubicaba el ganado. Un sistema de bordas permitía tener el ganado fuera del pueblo e irlo trasladando de una a otra para pastar, fertilizar y estercolar los prados y, en invierno, consumir el heno almacenado. Como principal inconveniente del sistema estaba la necesidad de acceder a las bordas desde el pueblo, cuestión que resultaba complicada cuando caían grandes nevadas. El origen de la palabra borda parece estar en el francés bordé referido a un terreno cercado”.

Un sistema que cuidaba plantas, animales e incluso personas en un tiempo en el que no se podía entender la agricultura sin la ganadería y viceversa. Pensado en la rotación organizada. Ahora hablamos de pastoreo Voisin, custodia del territorio, compost, conservación paisajística… Antes lo llamaban vida. Así, sin más. Libre de plásticos, de aditivos, y por supuesto que de OMG.

Las bordas eran la base que garantizaba la sostenibilidad ambiental, social y económica de una sociedad asentada en un territorio de difícil orografía y peor tiempo atmosférico. Y son, sin ninguna duda, un patrimonio a conservar para poder garantizar un futuro rural sostenible a estas tierras pirenaicas. Un ecosistema de bordas, un sistema ‘eco’ de bordas.

Una planta protectora con forma de sol llamada carlina

Durante el verano las calles de los pueblos pirenaicos se llenan de vida y se rompe el silencio invernal. Desde lo alto, los espantabrujas de las chamineras observan a los viandantes, que se topan con nuestras simpáticas chimeneas al mirar al cielo. Pasan desapercibidas a sus ojos, sin embargo, unas imponentes flores con forma de astro, clavadas en puertas y ventanas. Son las carlinas, que nos protegen de brujas y enfermedades.

Esta llamativa planta, la Carlina acaulis L. se cría en zonas de pasto entre los 1.000 y 2.000 metros de altura y debe su nombre al emperador Carlomagno, del que cuentan que curó la peste que asolaba a su ejército con la raíz de esta planta. También se la conoce como gardincha y como cardo de broxas al ser, junto con la ruda, la planta más efectiva para protegerse de las brujas.

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