Poniendo en el mapa iniciativas sostenibles en espacios naturales protegidos

El 24 de mayo se celebra el Día europeo de los Parques, una iniciativa de la Federación EUROPARC, y que conmemora la declaración de los primeros parques nacionales en Europa, que se declararon en Suecia hace más de un siglo.
 
¿A quién no le gusta visitar espacios naturales protegidos y embriagarse de tanta naturaleza? Sin embargo, estos espacios no existirían sin las personas que habitan el territorio y que dan forma y llenan de vida estos ecosistemas. Para resaltar la importancia de las personas que habitan en el entorno de estos parques y de las iniciativas sostenibles que llevan a cabo, Mallata.com ha creado un mapa para dar a conocer diferentes experiencias. Está disponible en la sección Mapas de iniciativas del blog, donde también se pueden encontrar un mapa de iniciativas impulsadas por mujeres en zonas rurales y un mapa de iniciativas laneras sostenibles.
 
El mapa de iniciativas desarrolladas en espacios naturales protegidos recoge diferentes experiencias sostenibles que desarrollan su actividad en espacios naturales protegidos o en su área de influencia.
Los colores indican el tipo de espacio natural protegido:
– En amarillo: parque nacional
– En verde: parques naturales o regionales
– En azul: Reserva de la biosfera o geoparque
– En rosa: Red Natura 2000
 
Se pueden incluir nuevas iniciativas rellenando el formulario disponible en https://bit.ly/formularioespaciosnaturales
 


Medio rural

Poniendo en el mapa iniciativas sostenibles en espacios naturales protegidos

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Jaca celebra la Semana de luchas campesinas y el Día de la Tierra

Con motivo de la semana de luchas campesinas y del Día de la Tierra se va a proyectar el…


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No puedes comprar el sol

Desde el tren, observo las cigüeñas moverse con sus largas patas buscando comida por los…

Jaca celebra la Semana de luchas campesinas y el Día de la Tierra

Esta semana se celebran diferentes actividades en todo Aragón para conmemorar la Semana de Luchas Campesinas y el Día de la Tierra. Entre ellas, cabe destacar la proyección del documental Rebeldía rural, la luz llega al pueblo dirigida por Susan Labich y estrenada recientemente en el Festival Espiello de Boltaña y una mesa redonda sobre ganadería industrial que se celebrarán en Jaca los días 20 y 21 de abril

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No puedes comprar el sol

Desde el tren observo las cigüeñas moverse con sus largas patas buscando comida por los campos. La pastora absorbe la energía que nos brinda el sol, mientras las ovejas comen la hierba que ha nacido gracias a la magia de la fotosíntesis, y pájaros de diversas especies acompañan al ganado, atraídos por los insectos que viajan con las ovejas y las semillas que van dispersando por el camino. ¿Quién podría privarnos de esto? ¿Quién puede comprar nuestro sol?

Estos días Elon Musk, creador de Tesla y considerado la persona más “rica” del mundo, está acaparando un poco todos los noticiarios por diferentes razones. Una de ellas se debe a que sentenció en su cuenta de Twitter que “España debería construir una matriz solar masiva que podría alimentar a toda Europa”.

Pedro Duque, astronauta y exministro de Ciencia, Innovación y Universidades le respondía a través de la misma red social que “damos la bienvenida a las inversiones en España para impulsar nuestra ya gran producción de energías renovables. Todo nuestro marco legal está preparado para ello. ¿Conoces algún inversor?”

Sorprende que, por mucho que los periódicos (digitales y en papel) publiquen palabras sobre la Guerra de Ucrania, a pesar de los duros testimonios de las corresponsales de guerra que escuchamos en la radio y de las dolorosas imágenes que el televisor nos ha traído esta semana desde Bucha, es muy poco lo que hemos aprendido de esta guerra.

Da la sensación, por un lado, de que el fin justifica cualquier medio, y cualquier precio, y que ahora, que Europa quiere independizarse de la energía fósil rusa, urge -rápido y de cualquier manera- buscar alternativas con las que, obviamente, hay quien hace negocio. Y si estas alternativas implican llenar nuestro medio rural de placas solares, pues que viva Europa y caiga todo lo demás.

Pero, si llenamos nuestros campos de placas solares, ¿qué pasará con nuestros paisajes y con el turismo rural? ¿Qué ocurrirá con nuestra agricultura y ganadería? ¿Sacrificarán también nuestros bosques por el bien de la energía de “toda Europa”? Y, si no hay cultivos, ¿qué pasará con nuestros pájaros, con nuestros polinizadores, con la fauna salvaje? ¿De dónde saldrá nuestra comida? ¿Bastarán los ahora ensangrentados campos de trigo de Ucrania para alimentarnos o abrirán más macroexplotaciones porcinas que llenen de nitratos el suelo ensombrecido por las placas solares? ¿O acaso nos alimentaremos del humo industrial y de los patinetes eléctricos de las ciudades?

Y, ¿qué pasará con la gente que mantiene vivos nuestros pueblos, nuestra cultura, nuestra arquitectura tradicional, nuestras razas autóctonas, nuestros paisajes y espacios naturales protegidos? ¿Quién podrá y querrá vivir en una isla entre un mar de placas?

Esto no es todo, porque si se fomentan macroproyectos que alimentan de energía a las macrociudades, y si se sigue la propuesta de Musk y se abastece de energía a Europa, ¿qué ocurrirá si quienes compren esa energía el día de mañana deciden dejar de comprarla como pasó en 2014 cuando de la noche a la mañana se dejó de exportar fruta y verdura por el veto ruso?

No podemos vender nuestro medio rural, nuestra principal riqueza, al primer postor que nos ofrezca pan para hoy y hambre para mañana. No podemos olvidar que la principal energía que necesitamos los seres humanos, como animales que somos, es el alimento; y que si no lo tenemos garantizado, da igual la energía que nos de calor.

Por tanto, deberíamos ir más allá, mirar el futuro que viene, el contexto de emergencia climática en el que nos encontramos y apostar por la soberanía alimentaria y energética. Promover la presencia de una placa solar en cada casa, en cada edificio, y proyectos colectivos sostenibles como la comunidad energética que se ha creado en Luco de Jiloca (Teruel) y que es la primera de este tipo en España.

Dar vida al suelo para que nos de frutos que nos den de comer a personas, ganado, pájaros, mamíferos silvestres, reptiles, insectos… Intentar autoabastecernos para proveernos un futuro.

Pequeños proyectos en lugares pequeños que generen la verdadera riqueza, la que no puede almacenarse en un banco y que no se cuenta en números, la que nos llena de salud y felicidad.

Quizás habría que recordarle a Elon Musk que, a pesar de ser la persona más “rica” del mundo, no puede comprar el sol.

Tú no puedes comprar al viento
Tú no puedes comprar al sol
Tú no puedes comprar la lluvia
Tú no puedes comprar el calor
Tú no puedes comprar las nubes
Tú no puedes comprar los colores
Tú no puedes comprar la alegría
Tú no puedes comprar mis dolores

(Latinoamérica. Calle 13)

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Por un feminismo de hermanas de tierra (2022)

Hemos declarado costumbre que amanezca y miremos al cielo en busca de señales de lluvia, en una tierra asolada por la sequía. En algunos puntos comienza a derretirse la escarcha, crecen los arroyos; el musgo envuelve cortezas, piedras, árboles, recordándonos que la vida sigue, que nosotras también estamos aquí, que también somos parte del territorio.

El último informe del IPCC vuelve a recordarnos que somos vulnerables al cambio climático, y que ya no valen las medias tintas. No podemos alargar más la inacción: si no, perderemos esa pequeña y fugaz ventana de oportunidad que puede asegurar, para todas las personas, un futuro habitable y sostenible.

Este invierno primaveral no puede distraernos de la emergencia climática, de la falta de agua que agrieta nuestros suelos, de los macroproyectos que acosan nuestro territorio y que amenazan las múltiples formas de vida de nuestros medios rurales. Por eso estamos aquí, alzamos la voz, sostenemos el territorio, no dejamos de tejer redes entre nosotras, ayudándonos y visibilizando todo aquello que nos amenaza y nos quiere hacer caer. Juntas podremos enfrentar las adversidades y superar todos los tropiezos, porque sin la alegría y la empatía no somos ni seremos nada.

Hermana de tierra,
otro marzo más
volvemos a llenar nuestras plazas y calles, reivindicando que otro mañana es posible; un futuro de igualdad, diversidad y sostenibilidad. Hoy queremos, todas juntas, empezar a habitarlo: no perder nunca la esperanza.

La pandemia continúa sacudiéndonos, pero nosotras hemos sabido avanzar siendo rebaño. Como todas esas ovejas que se agrupan y protegen sus cabezas debajo del cuerpo de sus compañeras. No pensamos un medio rural sin el colectivo: sin la ayuda y el apoyo mutuo no podremos seguir adelante.

No queremos formar parte de esa ruralidad solitaria y cerrada que se quiere imponer, que se aprovecha, que engaña y que se aferra a una nostalgia peligrosa que romantiza la desigualdad y el machismo que —por desgracia— vivieron nuestras madres y abuelas. Que nos reprime y solo nos reduce a tradición y maternidad, que no quiere —y al que no le interesa— abrir una ventana a la diversidad y a la realidad de nuestros medios rurales.

Porque necesitamos nuevas ruralidades llenas de feminismos, agroecología, diversidad, pero también de memoria. En estos tiempos en los que la incertidumbre nos atraviesa, es importante saber de dónde venimos para pensar e imaginar veredas que nos lleven a un futuro mejor; caminos que puedan enseñarnos, desde otros aprendizajes, hacia dónde podemos y queremos ir.

Por eso aguardamos otro año más con la misma paciencia a que florezca el saúco, a que las malvas inunden los campos, a que el olor de la menta y la albahaca regrese al aire que respiramos. También a recoger juntas los frutos de los árboles, las hortalizas de la tierra. Volveremos a compartir nuestras recetas, a visibilizar todo ese conocimiento que tantas veces se despreció por no venir de la academia. Tal como nos enseñaron tantas mujeres que nos precedieron, como nuestras abuelas, desovillaremos los saberes y uniremos los hilos, rehaceremos las madejas; podremos formar parte de un telar que acoja pero que también se pregunte, que actúe como puente entre aquellas de las que venimos y aquellas que vendrán.

Las amenazas de hoy no dejan de ser, en parte, las mismas de siempre, disfrazadas bajo las palabras «progreso» y «prosperidad». Pero nosotras somos como esas casas de nuestras aldeas, fuertes, levantadas con las piedras del propio paisaje, hechas de árboles y diálogos con la tierra. A pesar de los embalses, del abandono y del exilio forzado, muchas de ellas se mantienen en pie, testigos del ansia de un sistema hiper extractivista que solo piensa en dinero y en producción, en usar las palabras verdes y renovables para lavarse las manos; para permitir, con toda la impunidad del mundo, que proliferen por todo el territorio macroproyectos que ponen en riesgo espacios naturales protegidos y de alto valor ambiental. Monocultivos de placas solares y parques eólicos, desiertos verdes, naves intensivas donde se rompe el vínculo entre el territorio, la persona y el animal. Explotaciones industriales que contaminan nuestros suelos y el agua que bebemos. No queremos esta fiebre de industralización que contamina, precariza y mata. Que olvida a todas aquellas personas que habitan y hacen posibles nuestros pueblos, invisibilizando y vulnerabilizando a colectivos como el de las mujeres migrantes, aún sin condiciones dignas de trabajo y de vida. Aquí estamos para alzar la voz, para deciros que no dejaremos de luchar por garantizar una tierra digna.

Hermana de tierra,
no dejamos de ser árboles. Enraizadas entre nosotras, con nuestras acciones y palabras también podemos ser simbiosis, rizomas, bosques. Entrelazadas hoy nos manifestamos, cantamos, nos damos la mano, echamos a andar sin miedo, siempre hacia adelante. Lo vemos en el resurgimiento del pino canario después del volcán, también en las coladas marinas que ven crecer las primeras algas. A pesar de la lava y la ceniza, siempre vuelven los brotes.

Hoy más que nunca pensamos en todas las hermanas ucranianas, pero también en todas aquellas que sufren en tantos conflictos armados invisibilizados. Hoy ellas luchan, huyen hacia las fronteras buscando otro mañana con sus hijas, dejando atrás a su gente, a sus raíces. Mientras vemos en las pantallas cómo en Ucrania muchas recogen nieve para poder beber, para algunos parece que la única preocupación es el aumento del precio en el cereal para sus producciones intensivas. También ellas llenan de semillas los bolsillos de algunos soldados rusos para que la tierra nunca deje de florecer, a pesar de la guerra, de la violencia, de la muerte.

Hermanas, no estáis solas.

Otro año más, seguimos aquí, estamos aquí. A pesar de la pandemia, de la sequía, del volcán, de las guerras… Aquí nombramos, aquí nos sentimos más unidas que nunca. Aquí hacemos frente, compartimos nuestros temores, dejamos a un lado el silencio. Reivindicamos que existen muchas maneras de habitar el territorio, muchas ruralidades que dialogan, que construyen, que cuidan y acogen. Una de hermanas de tierra: llena de feminismo y diversidad, de agroecología, de memoria, de interdependencia, esperanza y alegría.

Por un feminismo de todas,
por un feminismo de hermanas de tierra.

*La ilustración es de Mayte Alvarado. Podéis descargarla aquí.

**(Este Manifiesto fue escrito por Lucía López Marco y María Sánchez. Gracias a los consejos y aportaciones de Celsa Peitado, Blanca Casares, Patricia Dopazo, Karina Rocha, y Elena Medel. Y a tantas que habéis hecho llegar vuestras aportaciones.)

***El texto en cursiva pertenece a la traducción del último informe del IPCC del periodista Eduardo Robaina en La Marea.

El manifiesto está disponible también en los siguientes idiomas

Aragonés

Aranés

Asturiano

Cántabru

Catalá

Estremeñu

Euskera

Galego

Portugués

Francés


Manifiesto 2019

Manifiesto 2020

Manifiesto 2021
Manifiesto 2022

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Los castaños de indias de Kiev

Los dos miramos el cielo azul, el castaño sin hojas con sus ramas llenas de gotitas resplandecientes, las gaviotas y demás pájaros que al volar por encima de nuestras cabezas parecían de plata, y todo esto nos conmovió y nos sobrecogió tanto que no podíamos hablar.

Ana Frank

Hace justo una semana estaba en Huesca asistiendo a la gala de entrega de los Premios Félix de Azara. Un día antes había estallado la guerra en Ucrania. Es curioso, en los últimos meses he dedicado mis pocos ratos libres a investigar sobre heroínas y héroes de guerra -no reconocidos como tal- que arriesgaron sus vidas para salvar razas autóctonas y variedades locales de semillas. Porque en todas las guerras, además de los corazones que dejan de latir para siempre y de las pérdidas materiales, desaparecen conocimientos ancestrales y parte de nuestra biodiversidad, tanto salvaje como cultivada.

En el trayecto en coche hasta Huesca me percaté de que estaba nerviosa, muy nerviosa, pero no por el premio, sino por la guerra que se acababa de desatar en el Este de Europa. No paraban de venirme imágenes a la cabeza que se iban apilando como un collage mental. Me vino a la cabeza mi abuela, con la que había soñado un par de semanas antes. En el sueño, casualmente, estábamos en guerra y mi abuela me decía “no estoy bien, no estoy bien, no estoy bien”. Como si la Pachamama, la madre tierra, hubiera tomado forma en el cuerpo de mi difunta abuela para advertirme de que el planeta está peor de lo que nos imaginábamos. Porque hace dos semanas no nos esperábamos estar a las puertas de un conflicto de tal magnitud.

En el viaje me venía a la mente también Félix de Azara, que cansado de esperar en un punto perdido del Paraguay a una delegación portuguesa que nunca llegaba, decidió salir a ver el maravilloso y exótico mundo que le rodeaba, a dibujar especies de plantas, mamíferos, aves y reptiles y a informar al resto del universo de sus descubrimientos. Él, que se sentía un fracasado por no poder realizar una tarea que nunca le llegaban a encomendar, acabó inspirando a Darwin y siendo retratado por Goya. Entrenado para la guerra, terminó asombrado por un lugar en paz, anotando las formas de vida ancestrales -y sostenibles- de las personas nativas, enamoradas de un territorio al que respetaban por encima de todas las cosas.

Y todo eso se entremezclaba en mi collage mental con la imagen del castaño de indias de flores blancas de más de 170 años que, junto con los pájaros que sobrevolaban el cielo de Ámsterdam, fue el único resquicio de vida exterior que Ana Frank pudo ver durante los dos años que estuvo escondiéndose de los nazis en la Casa de Atrás. El castaño le hacía ansiar la libertad y le inspiraba esperanza y se refirió a él en varias ocasiones en su famoso diario. El 23 de febrero de 1944 escribía a su amiga ficticia Kitty (con la que fantaseaba patinar en una Suiza neutral y, por tanto, en paz) la siguiente carta:

Mi querida Kitty:

Desde ayer hace un tiempo maravilloso fuera y me siento como nueva. Mis escritos, que son lo más preciado que poseo, van viento en popa. Casi todas las mañanas subo al desván para purificar el aire viciado de la habitación que llevo en los pulmones. Cuando subí al desván esta mañana, estaba Peter allí, ordenando cosas. Acabó rápido y vino a donde yo estaba, sentada en el suelo, en mi rincón favorito. Los dos miramos el cielo azul, el castaño sin hojas con sus ramas llenas de gotitas resplandecientes, las gaviotas y demás pájaros que al volar por encima de nuestras cabezas parecían de plata, y todo esto nos conmovió y nos sobrecogió tanto que no podíamos hablar. Peter estaba de pie, con la cabeza apoyada contra un grueso travesaño, y yo seguía sentada. Respiramos el aire, miramos hacia fuera y sentimos que era algo que no había que interrumpir con palabras. Nos quedamos mirando hacia fuera un buen rato, y cuando se puso a cortar leña, tuve la certeza de que era un buen tipo. Subió la escalera de la buhardilla, yo lo seguí, y durante el cuarto de hora que estuvo cortando leña no dijimos palabra. Desde el lugar donde me había instalado me puse a observarlo, viendo cómo se esmeraba visiblemente para cortar bien la leña y mostrarme su fuerza. Pero también me asomé a la ventana abierta, y pude ver gran parte de Ámsterdam, y por encima de los tejados hasta el horizonte, que era de un color celeste tan claro que no se distinguía bien su línea.

—Mientras exista este sol y este cielo tan despejado, y pueda yo verlo —pensé —, no podré estar triste.

Para todo el que tiene miedo, está solo o se siente desdichado, el mejor remedio es salir al aire libre, a algún sitio en donde poder estar totalmente solo, solo con el cielo, con la naturaleza y con Dios. Porque solo entonces, solo así se siente que todo es como debe ser y que Dios quiere que los hombres sean felices en la humilde pero hermosa naturaleza. Mientras todo esto exista, y creo que existirá siempre, sé que toda pena tiene consuelo, en cualquier circunstancia que sea. Y estoy convencida de que la naturaleza es capaz de paliar muchas cosas terribles, pese a todo el horror.

¡Ay!, quizá ya no falte tanto para poder compartir este sentimiento de felicidad avasallante con alguien que se tome las cosas de la misma manera que yo.

Tu Ana.

Para el año 2005 se supo que el viejo castaño estaba enfermo, y antes de que muriera en agosto del 2010, se recogieron algunas de sus castañas y se dejaron germinar. Los nuevos brotes descendientes del castaño que hizo soñar a Ana Frank se regalaron a escuelas y 150 de ellos se plantaron en el Bosque de Ámsterdam. Otros viajaron a otros puntos del planeta, para recordar las miserias de la guerra y sembrar la importancia de la paz en otros puntos del mundo.

Curiosamente, el castaño de indias es el árbol más común en Kiev y se le considera un símbolo de la ciudad. De hecho, durante la época soviética, el escudo de Kiev representaba un arco y una hoja de castaño con la estrella de ciudad heroica. Está tan presente en la urbe que, según cuenta Jonathan Drori en La vuelta al mundo en 80 árboles, en Kiev “los folletos turísticos presumen de que no existe un lugar mejor para disfrutar de ellos”. 

Hoy muchos niñ@s en Ucrania estarán soñando con el fin de la guerra observando las ramas de un castaño de indias desde sus ventanas, reviviendo la historia. Repitiendo la historia. Ojalá las hojas de los árboles les hagan soñar y les protejan de las bombas. Ojalá la estrella de ciudad heroica, de ciudad pacífica, se vislumbre sobre los imponentes árboles de Ucrania y ciegue las ansias de guerra enemigas.

Ojalá aprendamos a salvarnos en la naturaleza que nos rodea, poniendo en el centro a la Pachamama, viviendo de acuerdo a los recursos de nuestro entorno, como las personas con las que se cruzó Félix de Azara en su periplo por América Latina, y no haya más guerras.


Cladoir: La oveja irlandesa que salió de la extinción

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Cladoir: La oveja irlandesa que salió de la extinción

Hace una década, o quizás un poco más, mi padre me regaló por mi cumpleaños un libro precioso en el que un rebaño de ovejas irlandesas se mostraba afanado en resolver el misterio de quien había asesinado a su pastor. Podía haber sido un rebaño cualquiera de los muchos que mantienen los impresionantes paisajes de la Isla Esmeralda, pero no. En una de las últimas páginas del libro se desvelaba que esas ovejas no eran un grupo más de rumiantes, sino “el último rebaño de Cladoir de toda Irlanda. Una antigua raza irlandesa; es una vergüenza que no se críe en ninguna otra parte”. El libro en cuestión se titula Las ovejas de Glennkill y seguramente a su autora, Leonie Swann, le daría un ataque de risa cuando alguien le contara que ese rebaño al que ella dio vida en la ficción, había vuelto de la extinción en junio de 2021.

La noticia debería haberse colado en las páginas de los diarios de todo el mundo, aunque fuese a modo de anécdota, más allá de los titulares de la prensa irlandesa. No obstante, a mí me ha resultado imposible encontrar una sola palabra en castellano sobre tremendo acontecimiento, al que llegué esta semana por casualidad. ¿Quién no ha soñado con rescatar parte de ese patrimonio ancestral que moldeó nuestros paisajes y nuestra cultura? Poder recuperar esos recursos genéticos que un día consideramos que no merecían ser conservados y abrieron paso a otras razas y otras variedades de semillas y animales. Poder guardar esos maravillosos bienes para siempre.

Aquí, en nuestra magnífica y diversa Península Ibérica hemos dejado perder muchas de nuestras razas autóctonas, como la mantequera leonesa, esa raza de vaca que un día fue el estandarte de una provincia eminentemente ganadera, y que hizo que la mantequilla de León fuese considerada de las mejores de Europa. La mismísima Audrey Hepburn en una visita a Madrid en los años 60 se fotografió delante de un puesto que Mantequerías Leonesas tenía en la capital, dejando para la eternidad un recuerdo negro de una memoria blanca. De un sabor único que, es probable, nunca podamos volver a degustar. Poco queda ya de aquella raza de la que se dejó de valorar la calidad de su proteína y de su materia grasa y se fue dejando sustituir por animales de genética extranjera que producían leche en mayor cantidad. En 1979 la mantequera leonesa estaba prácticamente extinta. Hoy intentan recuperarla desde la Asociación para la Recuperación de la Raza Bovina Mantequera Leonesa a partir de ejemplares que conservan resquicios de la genética de estos maravillosos bovinos. Ojalá algún día consigan resucitar las características lecheras de aquellos viejos ejemplares. Y, quien sabe, quizás las mantequeras leonesas vengan desde el pasado para salvarnos de nuestro presente.

Porque eso, más o menos, es lo que pasó en Irlanda hace siete meses, cuando, entre olas de un virus venido de tierras lejanas, una peculiar raza de ovejas viajaba en el tiempo y aparecía un cuarto de siglo después de haber sido declarada extinta. Se trata de la raza Cladoir, que hasta hace 200 años era muy apreciada por la calidad de su lana, y se criaba en pequeños rebaños para abastecer de lana al núcleo familiar. Luego llegó la hambruna de la patata y comenzó su decadencia. En la segunda mitad del siglo XIX, se introdujeron razas inglesas, y la Cladoir se fue recluyendo al sur del paraíso natural de Connemara, donde sobrevivieron en pequeños rebaños localizados en zonas costeras, de ahí su nombre, que significa ‘habitante de la costa’ en gaélico irlandés.

En los años 70 del siglo XX, Michael O Toole, un investigador se encargó de unir en un rebaño algunos de los pocos ejemplares Cladoir que quedaban en la estación de investigación de Maam. Cuando este centro cerró, trasladaron a las ovejas al centro de investigación Creagh, en Ballinrobe, años después de jubilarse O Toole, cuando la estación de investigación Creagh también echó el cierre, el rebaño se vendió, para sorpresa de O Toole, y se le perdió el rastro. La raza fue considerada oficialmente extinta en 1995.

Sin embargo, un asesor agrario, hoy jubilado, Seán Cadden, siguió durante todos estos años tratando de averiguar dónde habían ido a parar aquellos últimos ejemplares de una raza única, y con la ayuda de Tom King, un ganadero que quedó prendado de la historia de estas peculiares ovejas, comenzó una exhaustiva labor de investigación para intentar localizar a los animales. Vamos, un poco como en la novela de Leonie Swann, solo que al revés, ya que no eran las ovejas investigando qué había pasado con su pastor, sino los pastores los que querían saber cómo habían acabado las ovejas.

Así, fueron identificando y recopilando ejemplares que podían provenir de aquel rebaño de Maam y que tenían características de la raza Cladoir. Juntaron el primer rebaño que reunieron en el Parque Nacional de Connemara en octubre de 2019, al que unieron otro grupo de posibles ovejas Cladoir un año después. En otoño de 2020 se tomaron muestras de ADN al total de 65 ovejas que conformaban el rebaño, de ellas, 56 tenían una porción significante de ADN de ovejas Cladoir, declarándose la raza como no extinta en junio del año 2021.

Y así, con una historia digna de una novela, volvió a la vida no solo esta raza de ovejas, sino una porción importante de la historia y cultura irlandesas que hace resurgir de las cenizas a tantas manos que hilaron y cardaron la lana de las Cladoir, el sudor de quienes seleccionaron estos ejemplares hasta conseguir no solo la adaptación al medio de estas ovejas, sino también, unas características en ellas, como la calidad de su fibra, que ayudaba a las personas a adaptarse a su vez al frío y húmedo ecosistema de Connemara.

Ojalá cambie el final del libro de Swann, y este rebaño, el último de ‘habitantes de la costa’ de toda Irlanda, se multiplique y se críe más allá de las playas del condado de Galway, donde un día fueron recluidas, para ayudar al territorio irlandés a recuperar parte de su identidad, que se extinguió cuando creyeron que la raza también lo había hecho.

*Fotografía: Rebaño Cladoir. Archivo fotográfico de la Irish Native Rare Breed Society (INRBS).


Los cuernos de la tudanca


El mundo escondido bajo las hojas de las hayas


La lana de la ansotana


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Los primeros brotes

A finales del mes de octubre escribía en este blog sobre la primera semilla que convertiría la lava del volcán de La Palma en algo nuevo, en tierra fértil, en un nuevo paisaje… Pero está también la vegetación que sobrevive a la lava, a las cenizas, a los gases tóxicos. Árboles por cuya savia corre la herencia de miles de años adaptándose a un ecosistema volcánico.

Hace unas semanas, el pino canario era noticia. Algunos ejemplares de esta especie habían quedado completamente embadurnados de lava, pero a pesar de ello habían permanecido en pie, nadie sabía si vivos o muertos, y, de repente, como por arte de magia, comenzaron de nuevo a salir de sus troncos las primeras manchas verdes: los primeros brotes de esperanza. Los primeros signos de que la herencia genética de las especies que habitan un lugar alberga más recuerdos que nuestra memoria colectiva.

Porque, sí, el pino canario ha sido capaz de soportar unas temperaturas imposibles causadas por una erupción volcánica, a nuestro juicio sin precedentes, pero, sin embargo, sus ancestros ya habían pasado por esto, y por situaciones peores, y supieron adaptarse y hacer de la isla de La Palma el Reino del Pino Canario. El Reino de la memoria genética.

Debería haber sido una de esas noticias que abren todos los telediarios, que paralizan las emisiones radiofónicas para dar paso a una nueva que hace que parezca que el mundo deja de girar. La foto de este súperárbol debería haber salido en la portada en todos los periódicos. Y, sin embargo, pasó como noticia discreta. Nuestras plantas nativas, como nuestras razas autóctonas y nuestras variedades locales, están preparadas para sobrevivir a un volcán y, seguramente, a mucho más.

Cada vez que hay grandes incendios en el noroeste peninsular, alguna voz discreta nos recuerda que hay especies nativas que resisten mejor el fuego y hacen que los incendios no se propaguen tan rápido. Pero a la mano que planta eucaliptos, no le interesa que eso se sepa. Y así, las personas somos -fuimos y seremos- la mayor amenaza que tienen nuestros ecosistemas, nuestro hábitat, nuestra casa…

Cuando dejemos de escudarnos en el cambio climático, o, mejor, cuando seamos realmente conscientes de que detrás de la situación de emergencia climática en la que nos encontramos estamos los seres humanos; cuando no le quede vida a la tierra, ni fuerza a los troncos secos para que vuelvan a emerger sus brotes, ni pájaros, ni cabras que dibujen el paisaje ¿quién conservará semillas de plantas nativas con las que comenzar de cero?


La primera semilla


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10 pueblos amenazados por la ganadería industrial

En los últimos años, ha aumentado considerablemente el número de explotaciones dedicadas a la ganadería industrial. Las mal llamadas “macrogranjas”, porque no son granjas, sino macroexplotaciones o macropocilgas, están en auge, albergando cada vez un mayor número de animales y poniendo en peligro los ecosistemas donde se encuentran, así como alterando la vida de los municipios donde se hallan.

Paralelamente al aumento de este tipo de explotaciones ganaderas, han aumentado los movimientos vecinales que se oponen a este tipo de producción porque sienten amenazados los municipios donde se levantan.

Aquí van 10 municipios donde hay un importante movimiento vecinal contra la ganadería industrial:

1. Loporzano (Huesca)

Ubicado en la provincia de Huesca, en el corazón del Parque Natural de la Sierra y los Cañones de Guara, Loporzano es sinónimo de lucha contra la ganadería industrial desde que en el año 2015 se creara en esta localidad la Plataforma Loporzano sin Ganadería Intensiva. El motivo que impulsó la unión de los habitantes de las 15 localidades que conforman el municipio de Loporzano con esta causa fue el rechazo que generó la amenaza de construcción de dos explotaciones industriales de porcino, y que amenazaba directamente algunas de las actividades económicas del municipio, como el turismo rural, en un entorno protegido y de alto valor ecológico.

La Plataforma Loporzano sin Ganadería Intensiva fue la principal impulsora de la creación de la Coordinadora Estatal Stop Ganadería Industrial.

2. Noviercas (Soria)

Noviercas es un pueblo soriano de alrededor de 150 habitantes que se ha hecho famoso por un proyecto impulsado por una empresa navarra que pretende instalar en él la explotación de vacas lecheras más grande de Europa, y la tercera más grande a nivel mundial, que albergaría, nada más y nada menos que más de 23.500 vacas. Sus impulsores defienden que el proyecto traería empleo a la zona más despoblada de Europa, lo que no detallan son las características de esos empleos, ni a cuántas personas más se emplearía si en vez de ser una macrogranadería industrial, esas vacas estuvieran repartidas en pequeñas ganaderías familiares a lo largo y ancho de la comarca de Tierras del Moncayo.

Lo que tampoco se ha contado es que en Noviercas vivió largas temporadas el aclamado poeta Gustavo Adolfo Bécquer, que escribió en él algunas de sus conocidas leyendas. De hecho, aún se conserva la casa en la que vivió junto con Casta Esteban, la que fuera su esposa, y que a día de hoy es un alojamiento de turismo rural. ¿Qué poemas escribiría hoy Bécquer si supiera que quieren transformar el pueblo que le inspiró en la mayor explotación ganadera de Europa?

3. Gabaldón (Cuenca)

Cuenca es una de las provincias donde más ha crecido el número de explotaciones ganaderas industriales en los últimos años. Lejos quedan ya los ecos de los cencerros de las vacas y ovejas que atravesaban esta provincia por la famosa Cañada Real Conquense, en un ejercicio de imitar los ciclos naturales de los rumiantes en su búsqueda de pasto, de recursos naturales con los que alimentar de forma natural y sostenible a los animales en una práctica en peligro de extinción llamada trashumancia y que sembró nuestra península ibérica de bellos paisajes.

Uno de los municipios que se han visto amenazados por el auge de las macropocilgas es Gabaldón, que con una población de 170 habitantes (humanos) se halla bajo la amenaza de un proyecto de ampliación de una explotación que busca llegar a tener 18.000 cerdos al año y que se sitúa a solo 1,5 km del núcleo urbano, en el paraje Navajo de las Piedras. Dicha ampliación implica el consumo por esta explotación ganadera de 29,5 millones de litros de agua, lo que supone más del triple de agua que a día de hoy consume la población. A este consumo desmesurado de agua, hay que sumar los 15,5 millones de litros de purín que generarían los animales, el equivalente, según señalan en la web de Pueblos Vivos Cuenca, a 5 piscinas olímpicas de purín al año.

4. Valtorres (Zaragoza)

No solo es la ganadería industrial porcina la que amenaza la integridad de los municipios, muchas localidades están en pie de guerra por instalaciones que albergan, o pretenden albergar, pollos de engorde. Es el caso de Valtorres, un municipio de 61 habitantes en la Comarca de Comunidad de Calatayud, en Zaragoza, que se opone a la instalación de una granja de 72.000 pollos de engorde, que aunque situada en el término municipal de Terrer, se encontraría a tan solo 600 metros del municipio de Valtorres, y a 1000 metros de La Vilueña.

En una petición de apoyo en la plataforma change.org, los habitantes de Valtorre recogían que “la propia memoria del proyecto dice que la actividad está calificada como molesta e insalubre por emisión de malos olores, además del estiércol de pollo que generará. Lo peor de todo es que la granja estará rodeada de numerosos campos de cerezos, melocotoneros y demás frutales, que es el sistema de vida de los agricultores que viven en Valtorres (…) Además, el olor llegará hasta el municipio ya que la granja está 15 metros más alta que el pueblo, por lo que el efecto de los vientos dominantes hará que llegue el olor, más los mosquitos y más insectos”.

5. Les Useres (Castellón)

Otro municipio amenazado por la ganadería avícola industrial es Les Useres, en Castellón, donde en 2019 nació Plataforma Les Useres, un colectivo ciudadano creado con el fin de frenar la creación de dos explotaciones industriales dedicadas al engorde de pollos broiler y que concentrarían a más de 84.000 animales en total, pudiendo ser ampliadas para albergar hasta 120.000 pollos. Para desarrollar la actividad, la empresa que promueve el proyecto ha solicitado el consumo de 12.000.000 de litros anuales de agua. Desde Plataforma Les Useres denuncian que “a este elevado consumo hídrico hay que sumar el tránsito constante de camiones pesados por los caminos y vías pecuarias en las inmediaciones del Camí dels Pelegrins, considerado Monumento Natural; la contaminación visual y acústica, los malos olores, el daño a la salud y la afectación al turismo y a la producción vinícola de la población, que está empezando a despegar y aspira a conseguir la denominación de origen”.

6. Taberno (Almería)

En el Valle del Almanzora, en Almería, se encuentra Taberno, un municipio de menos de 1.000 habitantes donde en los últimos años se han venido desarrollando distintos proyectos ligados al medio natural de la localidad. Sin embargo, desde mayo de 2020 la tranquilidad de este idílico pueblo se ha visto alterada por la aprobación de la licencia de construcción de una explotación que albergaría 6.000 cerdos.

7. Lobeira (Ourense)

La comarca de la Baixa Limia se ha convertido en una piscina de residuos ganaderos que, vertidos aguas arriba del río Limia, acaban en el embalse de As Conchas y que soporta unos altos niveles de contaminación, por lo que su agua no se puede beber, y los habitantes de Lobeira han tenido que dejar de bañarse en este pantano. Esta situación llevó a crear en 2019 la Plataforma Auga limpa xa!, formada por vecinos y vecinas de la zona preocupados por el impacto que tienen en los ríos, embalses y acuíferos de A Limia los residuos de más de 400 macrogranjas.

Según lamentaba en diciembre de 2021 un reportaje de El Español, “los microorganismos que han aflorado esta última década en sus aguas, verdes y putrefactas, son un termómetro de lo que está ocurriendo en la región”. Tal y como se indicaba en ese mismo artículo, una investigación encargada por la Confederación Hidrográfica Miño-Sil para esclarecer el origen de dicha contaminación, concluyó que había una alta carga de nitratos y purines, y señalaba a la ganadería industrial como culpable del estado insalubre de las aguas del embalse de As Conchas.

Desde la organización ecologista Greenpeace, señalan que “con unos 20.000 habitantes, la zona soporta una carga de residuos ganaderos que equivaldría a los residuos fecales de una población de 1.600.000 personas”.

8. Jumilla (Murcia)

En el año 2020 nace en Jumilla la plataforma Salvemos Nuestra Tierra, ante la preocupación de las gentes de este municipio murciano, conocido por el vino que se elabora en la zona. El origen de esta agrupación vecinal se encuentra en la solicitud de duplicar la capacidad de una explotación de 12.000 lechones en funcionamiento desde el año 2016. Desde Salvemos Nuestra Tierra reivindican que conocen de primera mano las consecuencias de este tipo de instalaciones y que por tanto, “es lícito que la ciudadanía y las diferentes entidades y colectivos de la comarca, en ejercicio de nuestro derecho constitucional a un medioambiente saludable, nos unamos para defender una forma de vida sostenible, con la que seamos capaces de dejar a las generaciones venideras los recursos necesarios para una vida plena”.

9. Pozoantiguo (Zamora)

Con motivo del proyecto de instalación a 1,5 km de Pozoantiguo, una localidad donde residen 180 personas en Zamora, de 2 explotaciones de porcino industrial para albergar más de 9.000 cabezas en total, se creó en 2018 la Plataforma contra Macrogranjas Porcinas en Pozoantiguo. Un mes después de su creación, se convocó una manifestación en el municipio y la respuesta de los habitantes fue masiva. Dos meses después se constituiría Pueblos Vivos Zamora, en la que se encuentra integrada la plataforma vecinal de Pozoantiguo.

10. Villamalea (Albacete)

Villamalea es un municipio albaceteño considerado zona vulnerable a la contaminación por nitratos desde el año 2003 y en el que en los últimos quince años se han secado la mitad de sus fuentes naturales. Sin embargo, a pesar de esta situación, se ha proyectado la construcción de una explotación porcina para albergar 1999 lechones de cebo repartidos entre 2 naves localizadas en un perímetro de 2.000 metros cuadrados. Según señalan desde Plataforma Stop Ganadería Intensiva Porcina de Villamalea, este tipo de instalaciones “no requiere de proceso de evaluación ambiental porque no supera las 1999 cabezas, y además, a lo largo del proceso no ha tenido alegaciones en contra. El motivo es que pocos conocían la intención de una empresa de instalarse en esta localidad”.


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